domingo, 10 de octubre de 2010

ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE LUCIO VICTORIO MANSILLA


Nació en Buenos Aires; luego de haber sido educado en Buenos Aires, se sintió hastiado del trabajo del saladero familiar y, a los diecisiete años de edad, partió para la India regresando en 1851.
Al año siguiente, luego de la caída del gobierno de Rosas, acompañó a la familia a Francia, donde prosiguió sus estudios; pocos años después regresó a Buenos Aires, pero halló difícil sobrellevar su parentesco con el ex dictador; ingresó en el ejército y se inició en la carrera de las letras; ofreció sus servicios a la Confederación de Urquiza y fue secretario del vicepresidente Salvador María del Carril; forjó una estrecha amistad con Dominguito, hijo de Domingo Faustino Sarmiento (a quien había conocido antes); continuó escribiendo y traduciendo obras francesas; luchó (1865-1868) en la guerra del Paraguay, siendo herido en un hombro en el combate de Curupaytí, en el cual vio morir a Dominguito.
Enviado en carácter de comandante militar de la frontera meridional de la provincia de Córdoba, emprendió, con un reducido destacamento, la exploración y estudio del territorio indio entre los ríos Cuarto y Quinto; fundó el fuerte Sarmiento alrededor del cual se desarrolló la población del mismo nombre; como gobernador del Chaco austral, en 1878, fundó la ciudad actual de Formosa en 1879, y luego ejerció funciones en el Congreso (1882-1892).
Volvió como ministro de Guerra, en el gabinete de José Evaristo Uriburu; enviado a Europa en 1895 con la misión de estudiar las escuelas militares y obtener ideas adaptables para las academias argentinas; el General Mansilla se retiró del ejército al año siguiente (1896).
Representó a la Argentina en la corte del káiser Guillermo en Alemania, en 1897; regresó a Buenos Aires donde siguió escribiendo, siendo uno de sus ciudadanos más distinguidos. Se lo considera como uno de los más característicos voceros de la Generación de 1880, "un producto espiritual de nuestro tiempo," uno de los mejores cuentistas argentinos; entre las más conocidas se cuentan; "De Adén a Suez" (Paraná, 1855); "Una excursión a los indios ranqueles", basada en sus viajes hechos a territorios indios, mientras era comandante de frontera de Córdoba en 1869, apareció por primera vez en La Tribuna de Buenos Aires en 1870; más tarde se publicaron muchas ediciones y una de las primeras en Leipzig; ganó mención honorífica, conferida en la reunión del congreso internacional de Geografía celebrado en París; sumamente elogiado (así como también criticado por carecer de profundidad, por contemporáneos tales como José Manuel Estrada); atrajo singular atención pública debido al nuevo interés hacia los indios, pero aun con mayor razón en virtud del don y talento especial de Mansilla por los relatos emocionantes y sus esmeradas descripciones de ese casi desconocido ámbito junto con su penetración y discernimiento en la sociedad; "Retratos y recuerdos", en torno de las hombres de Paraná en 1852; "Mis memorias; Rosas". "Ensayo histórico-psicológico", meditado intento de bosquejar un objetivo retrato de su tío a quien él conoció bien, pero cuya memoria se hallaba todavía vastamente aborrecida en la Argentina, apareció en París, en 1898, habiendo sido publicadas, en otras partes, varias ediciones posteriores; hallándose profundamente atribulado acerca de las condiciones imperantes en la Argentina a principios del siglo XX , Mansilla escribió "En vísperas" (Buenos Aires, 1910); murió en París el 10 de octubre de 1913.

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sábado, 9 de octubre de 2010

ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL GENERAL JUAN GALO DE LAVALLE


El día 9 de octubre de 1841 se produce el asesinato del General Juan Galo de Lavalle. Uno de los forjadores de la libertad argentina. Fue un guerrero de un valor y decisión sin límites y un gran líder de hombres de coraje. Peleó en la Guerra de la Independencia y en la Guerra del Brasil. Como soldado partidario del orden también combatió contra el dictador Juan M. Rosas, perdiendo y ganado combates. Estando alojado en la ciudad de Jujuy, fue muerto por una partida que lo perseguía en su huída hacia Bolivia.
Después de la derrota sufrida en Famaillá el 19 de septiembre de 1841, el General don Juan Lavalle mandó ensillar, y con los 200 hombres que le quedaban se retiró hacia Jujuy. Al llegar a Salta conoció a Damasita Boedo, hermana del Coronel Boedo, una hermosa joven rubia, de ojos azules, que no llegaba a los 25 años de edad, y, enamorado de ella, se la llevó en su retirada. En la madrugada del 7 de octubre hizo alto sobre el río Sauce, desde donde destacó al Comandante don Pedro Lacasa hacia Jujuy, llegando él ese mismo día por la noche. En Jujuy encontró que las autoridades habían fugado hacia la quebrada de Humahuaca, dejando acéfalo el gobierno. A las 02.00 horas del día 8, el General Lavalle hizo acampar a sus tropas en unos potreros de alfalfa en los suburbios de la ciudad, en el lugar llamado La Tablada. El general llegó enfermo, después de una marcha de dieciocho leguas en quince horas al tranco, los disgustos del día y el abatimiento que se había apoderado de su espíritu al ver derrumbarse todas las posibilidades de seguir la lucha. Ocupó una casa en la ciudad en la que había estado alojado el doctor don Elías Bedoya, en calidad de enviado del general la noche del 8 de octubre, con su secretario don Félix Frías, el Teniente don Celedonio Álvarez con ocho hombres de su escolta y su ayudante Lacasa, que era ese día el edecán de servicio; por supuesto que también iba Damasita con el general. En medio del profundo silencio de la noche comenzó a despuntar el alba del sábado 9 de octubre de 1841. En la madrugada trágica, una partida federal con unos 30 hombres, al mando del Teniente Coronel Fortunato Blanco, llegó al paso de sus cabalgaduras cerca de la casa donde se alojaba Lavalle. Al ruido, salió Damasita, e interrogada por el paradero de Lavalle, contestó que, efectivamente, habíase alojado allí, mas que, en ese momento, se encontraba en el campo de La Tablada. Cerróse la puerta de calle enseguida; Lacasa, que se hallaba durmiendo en la habitación de enfrente, a la derecha, en compañía de Félix Frías, se despertó y prestamente salió al zaguán, y por la puerta que no se había cerrado todavía alcanzó a divisar una partida de federales. Rápidamente dio la voz de:
-¡A las armas!
Las huestes enemigas parecían completamente desorientadas y no aprovecharon la circunstancia favorable de hallarse abierta la puerta de calle. Ignoraban, por otra parte, que en ella se encontraba el General Lavalle. Lacasa hizo poner de pie a los soldados que se encontraban en el patio y corriendo al fondo de la casa se dirigió al general para pedirle órdenes. No era Lavalle un hombre de intimidarse lo más mínimo por este suceso, y antes de tomar medidas, inquirió:
-¿Qué clase de enemigos son?
-Son paisanos- respondió Lacasa.
-¿Como cuántos?
-Veinte o treinta.
-No hay cuidado entonces; vaya usted, cierre la puerta y mande ensillar, que ahora nos hemos de abrir paso.
La puerta de calle fue cerrada con precipitación, lo que produjo aun mayor recelo en la fuerza enemiga, que viendo en ello una señal de resistencia, decidió echarla abajo por algún procedimiento. Lavalle salió al segundo patio cubierto con una bufanda de vicuña, dado lo temprano de la hora y estado de salud. De valor personal, temerario y de acuerdo a su costumbre, no es extraño que se presentara en el momento de peligro sin ceñir su espada. El acero que lo acompañó en las guerras de la Independencia lo extravió su asistente en la batalla de Famaillá, por lo cual su secretario le obsequió una espada que fue la que le acompañó hasta su muerte. Quería disponerlo todo por sí mismo con su arrojo y su intrepidez ante el peligro. Pero ahora no se trataba de combatir con 97 granaderos contra 500 soldados enemigos, como en Río Bamba, o 100 contra 300, como en Pasco; ahora era una escaramuza, una especie de búsqueda policial inquiriendo de qué se trataba. Al llegar a la siguiente puerta, que estaba cerrada, el general observó la partida por el ojo de la cerradura; en ese momento sonó un balazo..., luego dos más, tirados contra la fuerte y tosca puerta de cedro que guardaba la entrada principal de la casa. Este fuego sin dirección, hecho por la patrulla federal contra la casa, tuvo una virtud que ellos no soñaron. Una de las balas penetró por la cerradura e hirió mortalmente al General Lavalle, quien se dobló hacia adelante. La bala, que luego conservaría el General don Bartolomé Mitre como una reliquia, se alojó en su garganta. La herida era mortal. El general cayó cerca del zaguán. Su sangre, que manaba en abundancia, empapó su bufanda de vicuña. El autor de su muerte era un mulato llamado José Bracho, quien luego habría de conocerse entre algunos federales como el "héroe de la cerradura". Lacasa, que había precedido a su jefe penetrando en la habitación, salió precipitadamente y encontró a Lavalle en el suelo en los estertores de la agonía.
Luego quedó inmóvil, con los ojos abiertos hacia la puerta del zaguán que habría de ser famosa, y por donde su arrojo había pensado buscar la libertad en una arremetida audaz. Nada podía ser más inesperado que el trágico fin del jefe que los había llevado a tantas batallas. Algunos corrieron a incorporarse al grueso de las fuerzas que no lejos de allí estaban al mando de Pedernera, quien desde aquel momento tuvo que asumir el mando de las huestes, cada vez más diezmadas. Estando en los preparativos para continuar la retirada, con el cadáver del general, se presentó Damasita al General don Juan Esteban Pedernera, quien al verla le dijo:
-Mire usted, Damasita: el general ya ha muerto; me parece por lo mismo que su presencia aquí ya no tiene objeto. Seguramente que usted desear volver al seno de su familia, y si esto es así, le haré dar todos los recursos necesarios para que usted regrese a su casa.
Pero ella, que era de un alma entera, replicó con admirable entereza:
-Señor general: cuando una joven de mi clase pierde una vez su honra, no puede volver jamás a su país. Prepáreme usted una mula para seguir yo también adelante, y vivir y morir como Dios me ayude.
En casa del General don Juan Gregorio de Las Heras, a los pocos días de la muerte del General Lavalle, se hallaban reunidos el General Deheza, el Coronel de la Plaza y el General Don Mariano Necochea. Al tener conocimiento de la tragedia, el último dijo:
-¡Pobre Juan! Los malos ejemplos de don Simón le habían trastornado la cabeza.
-El terreno estaba bien preparado- agregó otro de los presentes.
El cadáver permaneció bastante tiempo tirado en el suelo hasta que el General Pedernera dispuso que fuese levantado. Así cayó el bravo General don Juan Galo de Lavalle, el héroe de Río Bamba, el magnífico soldado de Nazca, el rey de los arenales de Moquehuá. Su cuerpo inanimado fue colocado en su hermoso tordillo y la caravana triste y silenciosa comenzó su santa peregrinación hacia la catedral de Potosí, tras el jefe muerto, puesto a la vanguardia para evitar que cayese en poder de las fuerzas de Oribe, que lo ansiaban tenazmente para llevar su cabeza a Rosas. A veinticuatro leguas de Jujuy, como la descomposición del cadáver del general dificultaba la marcha, dispusieron descarnarlo, y el Coronel don Alejandro Danel practicó esta penosa operación. Con el propósito de disecar mejor los huesos, fueron tendidos al sol sobre el techo de un rancho. Inesperadamente un cóndor descendió vertiginosamente de las nubes y apoderándose del cúbito del brazo derecho de Lavalle, remontó a las alturas. Aquel cóndor, expresión de gallardía y fiereza de esos inmensos dominios solitarios y agrestes de la montaña y el espacio, tal vez quiso levantar en alto llevando y mostrando como trofeo el hercúleo brazo sableador del ínclito Granadero de San Martín. La caravana hizo 163 leguas. El 22 de octubre de 1841, a las 21:00, llegó a Potosí siendo recibida por el Presidente de Bolivia, quien dispuso que los restos del General Lavalle fueran depositados en la Catedral. Damasita Boedo marchó con la caravana a Bolivia; llegó a Chuquisaca, y allí volviéronse locos los coyas más engreídos y retobados de amor por ella, y, conocedores de la aventura de que había sido objeto y por quien ahora peregrinaba sola en el extranjero, pretendieron reemplazar a Lavalle en la posesión de tan peregrina beldad. Pero no pudieron. La joven no había nacido para los coyas. Un chileno cargó al fin con ella. Era Billinghurst, ministro plenipotenciario de Chile. Bajo su amparo pasó a Chile, donde vivió con el lujo y la holgura que le prodigaba su generoso amante; y lo que fue más tachable en ella es que regresó a Salta, punto de la tierra donde tan bizarramente había protestado ante el cuerpo del General Lavalle no volver jamás por culpa del muerto y causa de su deshonra. Pero abandonó su juvenil rubor, volvió a la tierra de los suyos, que había hecho votos de no volver; deslumbró e incitó la envidia por sus trajes riquísimos y sus chales de seda con que se paseó por las calles, se zarandeó por paseos y se arrodilló en los templos, resplandeciendo todavía al lado de sus sedas y sus joya su amabilísima hermosura. Volvió a Chile, donde murió.
En 1858, los restos del General Lavalle fueron trasladados a la Capital, y actualmente descansan en el cementerio de la Recoleta, en Buenos Aires, y el epitafio de su tumba encierra el postrer y eterno homenaje del pueblo argentino:
"Granadero: vela su sueño y si despierta dile que su Patria lo admira."
Autor: Josué Igarzabal.

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viernes, 8 de octubre de 2010

ANIVERSARIO DE LA BATALLA DE PAMPA DE LOS MOLLES


La evidencia de que el poder destructivo de los soberbios ranqueles no había sido quebrado por la poderosa expedición de 1833 y por el efímero triunfo que obtuvo Ruiz Huidobro en Las Acollaradas, es clara e incontrovertible si se considera que desde ese momento en adelante en las regiones más ricas y pobladas, recrudecieron los malones con su cortejo fúnebre de saqueos, incendios y matanzas.
Los acometedores habitantes de la llanura, con más osadía y encono que nunca, en marzo de 1834 cayeron sobre Achiras y El Morro extendiendo su devastadora acción hasta dar con las estribaciones de la sierra de Intihuasi y hasta golpear en las puertas de Carolina y sus alrededores.
También aparecieron incursionando por Lince y Chischaca, llegando a tres leguas de la ciudad de San Luis extrayendo de una y otra zona un gran botín de más de 20.000 cabezas de ganado y numerosos cautivos dejando el tendal de muertos.
En vista de la afligente situación que se había creado por la posibilidad de contener la ola de salvajes que tenían aterrorizados a los habitantes de la provincia, el gobierno de San Luis consiguió la ayuda afectiva de la provincia de Buenos Aires de la que concurrió el regimiento que se denominó “Auxiliares de los Andes”, integrado por 200 hombres bien armados y disciplinados al mando del experimentado y bizarro coronel Pantaleón Argañaraz quien, “independiente de ser un conocedor del terreno y de la táctica del indio, era un bravo y sagaz soldado”.
Con esta fuerza más noventa lanceros del coronel Pablo Lucero y cincuenta soldados de caballería comandados por el comandante Argañaraz en carácter de jefe, se dispuso a la lucha sabiendo que de su heroísmo y sacrificio dependía la vida de centenares de habitantes, el consuelo de otros tantos hogares y la tranquilidad, por lo menos momentánea del pueblo de la Provincia.
El encuentro tuvo lugar en la Pampa de los Molles, al pie de los Cerros Largos, a media legua de La Toma, el 8 de octubre de 1834. La indiada pertenecía a la tribu del célebre Yanquetruz y venía capitaneada por caciques de segundo orden pero de renombre como Colipay, Carroné, Pallan, Cuitiño y otros que no fueron individualizados.
Todos estos legionarios del asalto aleve y crimen nefando, regresaban después de haber realizado una cruenta razzia en los departamentos Pringles y San Martín, al frente de más de 1.500 indios de Pelea. No entraba en sus cálculos librar un combate pues lo que les interesaba era salvar el cuantioso fruto de su correría y el rico elenco de cautivas que habían atrapado, pero una vez que vieron interceptado su paso sin poder echar marcha atrás ni dar un rodeo, se decidieron a pelear con el empuje y ferocidad que les eran característicos.
El choque fue de una extraordinaria violencia y sino hubiera sido la disciplina de las tropas veteranas y el valor de sus jefes, los indios habrían alcanzado una victoria de trágicas consecuencias para la civilización.
En el primer momento el coronel Pantaleón Argañaraz y sus soldados fueron cortados encontrándose a punto de perecer. Al mismo tiempo el comandante José León Romero se encontró en situación apremiante, defendiéndose bizarramente del terrible ataque que los indios habían concentrado sobre su sector. Por su parte el mayor José Mendiolaza, el coronel Patricio Chávez y el teniente coronel Luis Argañaraz, sostenidos eficaz y valientemente por Isidoro Torres, consiguieron reagrupar sus fuerzas y correr en auxilio de los jefes y soldados que estaban defendiendo sus vidas a lanza y sable frente al grueso de las bravas huestes indígenas.
Restablecido el equilibrio se impuso la disciplina y destreza de los cristianos por sobre la indómita bravura y el cuerpo a cuerpo preferido por los guerreros del desierto. En el campo de batalla quedaron muertos todos los caciques que hemos nombrado y además setenta y tantos de sus guerreros; fueron rescatadas veintitrés familias cautivas y 16.000 cabezas de ganado mayor. La victoria costó a las fuerzas del orden numerosas bajas entre muertos y heridos. Los despojos de los que murieron “allí quedaron, marcando con su sangre y con su vida esa etapa dolorosa de los grandes sacrificios por la civilización y la humanidad”.

Fuentes: Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado / www. revisionistas.com.ar / Pastor, Reynaldo A. – San Luis, su gloriosa y callada gesta (1810-1967) – Buenos Aires (1970).

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jueves, 7 de octubre de 2010

ANIVERSARIO DEL COMBATE DE SANTA BÁRBARA.


El día 7 de octubre de 1815 se produce un combate en la Estancia de Santa Bárbara. El jefe de la División de Santa Cruz de la Sierra, Coronel Ignacio Warnes, ataca a fuerzas realistas al mando de Juan B. de Altolaguirre, las que estaban atrincheradas después de haber quemado los edificios y envenenado las aguas. Las fuerzas patriotas atacaron con tal determinación que derrotaron totalmente a sus oponentes.


En la Imagen: El Coronel José Ignacio Warnes y García de Zúñiga. Nació en Buenos Aires. Héroe militar de la Guerra de la Independencia. Se incorporó a los blandengues como cadete; luchó contra las invasiones inglesas; se sumó a la causa patriótica de la Revolución de Mayo de 1810.Acompañó la expedición de Manuel Belgrano al Paraguay, en donde fue capturado y enviado como prisionero a Montevideo; recobrada la libertad, fue nombrado teniente coronel y asignado al ejército del Norte, comandado por Belgrano de quien fue secretario; intervino en las batallas de Tucumán, Salta, Vilcapugio y Ayohuma. Belgrano lo promovió al grado de coronel y le asignó la tarea de reorganizar las fuerzas en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) para renovar el ataque contra los realistas; bajo el mando del general Arenales, derrotó a los realistas en la batalla de Florida y tomó posesión de la ciudad de Santa Cruz.Demostró ser un excelente organizador e instructor, creando cuerpos militares efectivos con hombres de diferentes razas (liberó esclavos para incorporarlos al ejército), ocupaciones y armas; con estas nuevas fuerzas estuvo de nuevo en condiciones d conservar el área para los patriotas hasta que, a fines de 1816, una nueva fuerza realista, comandada por el coronel criollo Aguilera, atacó a Warnes en la llanura de Parí; atrapado bajo su caballo caído, lo mataron y su cabeza fue cortada para ser exhibida en la plaza de Santa Cruz, en donde luego se levantó un monumento en su memoria.
Biografía de: www. todo-argentina.net.


miércoles, 6 de octubre de 2010

UN ARGENTINO EN EL EJERCITO PERUANO


El 5 de octubre de 1905 se da la autorización por ley al Doctor Roque Sáenz Peña para aceptar el cargo de General del Ejército del Perú. En el año 1879, se alistó para combatir por el Perú en atención a sus convicciones, durante la cruenta guerra que libraba con Chile. Incorporado con el grado de Teniente Coronel asistió a la Batalla de Tarapacá, donde comandó el batallón Iquique, trasladándose después a Arica. El 5 de julio de 1880, los chilenos bombardearon desde mar y tierra esa plaza e iniciaron el asalto el día 7. El combate concluyó en el Morro y su resultado fue favorable a Chile. El Teniente Coronel Sáenz Peña combatió con valor en esa acción, viendo caer a su lado a otros jefes peruanos, como los coroneles Francisco Bolognesi y Guillermo Moore. El 25 de octubre de 1885 el gobierno del Perú lo ascendió a Coronel y años más tarde, el 26 de agosto de 1905, a propuesta del presidente del Perú José Pardo Barreda, el Parlamento le otorgó el cargo de General de Brigada.

El 6 de noviembre, en la ceremonia de inauguración del monumento al Coronel Bolognesi, se le dio el mando del Ejército del Perú al General Roque Sáenz Peña, durante la ceremonia. Se hizo tocar llamada de honor y los comandantes de cada una de las unidades hizo entrega de ellas a Sáenz Peña. El ayudante del ministro de guerra, Teniente Coronel Dupont, hizo entrega del mando pronunciando las siguientes palabras:

"De Orden Suprema, entrego el mando del Ejército del Perú al General Roque Sáenz Peña, a quien se obedecerá y respetará".

El Perú honró a Sáenz Peña con los siguientes premios y reconocimientos: Medalla de Plata de Tarapacá, honras al declararlo Benemérito del Perú y darle el Mando del Ejército Peruano para la Ceremonia del Monumento al General Bolognesi y Medalla de Oro de esa Ceremonia.


En la Imagen: El General Roque Sáenz Peña, al mando del Ejército del Perú, en la inauguración del monumento al Coronel Bolognesi.



martes, 5 de octubre de 2010

ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL SOLDADO HERMINDO LUNA


El domingo 5 de octubre de 1975 en la calurosa tarde formoseña se fraguaba una traición. Los conscriptos del Regimiento Nº 29 volvían al retén luego de un partido de fútbol. Eran jóvenes de 20 años que se hallaban realizando el Servicio Militar Obligatorio en cumplimiento de una ley de la Nación, algunos de ellos tenían un buen nivel de instrucción formal, como el santafesino Mayol, que estudiaba Derecho; otros, como el “Negro” Luna, en cambio, aprendían a leer y escribir en el cuartel. Pero todos, en toda la geografía del país, así tuviesen padres empresarios o muy humildes, usaban el mismo uniforme que los convertía en camaradas y juraron la misma bandera que los hermanaba.
Mientras se dirigían a las duchas, seguían con las “cargadas” por el resultado del partido, pero había un soldado que no se reía. Aquel día fue elegido por el grupo terrorista para llevar a cabo un espectacular golpe contra el Ejército Argentino con la firme intención de sustraer las armas de la Nación.
En esta operación se emplearon cerca de un centenar de efectivos fuertemente pertrechados con ametralladoras, fusiles FAL con 5 cargadores por hombre, escopetas, granadas, minas vietnamitas y equipos de comunicaciones portátiles. Vestían uniformes azules y contaban con una muda de ropa civil y documentos falsos. Para desplazarse disponían de 11 vehículos y una avioneta.La operación, minuciosamente planeada, establecía un asalto simultáneo al Regimiento y al aeropuerto “El Pucú” de Formosa, cuyo control era vital para la posterior evasión, la cual se realizaría en un Boeing 737 de Aerolíneas Argentinas desviado de su vuelo, Buenos Aires - Posadas. La irrupción al cuartel se efectuaría mediante un ataque a la guardia y una penetración por el área posterior de la unidad.
Mientras algunos conscriptos dormían y otros estaban ya duchándose, el santafesino Mayol, famoso por sus bromas, le arrebató el fusil a su compañero del Puesto de Guardia Nº 2 y abrió los portones para permitir el ingreso de 5 camionetas que transportaban unos treinta hombres fuertemente armados. El primer vehículo se dirigió al Puesto de Guardia Nº 1, cerca de la guardia Central, donde el sargento Víctor Sanabria estaba intentando operar una radio, y al descubrirlo lo mataron para cortar toda comunicación con el exterior. Simultáneamente, otra fracción entró al dormitorio de la guardia y asesinó a 5 soldados que estaban durmiendo. Algunos conscriptos murieron en las duchas, alcanzados por las granadas arrojadas desde las ventanas del baño.
Conducidos por el soldado entregador, Luis Roberto Mayol, los agresores sabían bien dónde se hallaban los depósitos de armas y de municiones. Cuando se acercó un subteniente que había escuchado los disparos, Mayol le apuntó con su FAL pero el arma se trabó y el oficial lo abatió. El “Negro” Luna se hallaba de guardia en la Compañía Comando, cuando de repente, 5 delincuentes saltaron de una de las camionetas y lo encararon.
- Rendite, negro, que con vos no es la cosa. -¡Acá no se rinde nadie, mierda!- Respondió Luna con su fusil en la mano mientras intentaba replegarse sobre el fondo de la Compañía , dándole tiempo a sus camaradas de reaccionar. Hubo un intercambio de disparos hasta que fue alcanzado por una ametralladora desde una de las ventanas del baño.La tenaz resistencia presentada por los “colimbas” sorprendió a los delincuentes, que esperaban encontrarse con “provincianos adolescentes más interesados en levantar los brazos que en responder con balas”, como escribió luego uno de ellos. Luego de un par de horas de feroces combates los agresores debieron retirarse sin poder llevar todas las armas que habían planeado, pero sí lograron hacerse de 18 fusiles FAL.
El Ejército Argentino debió lamentar la muerte del subteniente Ricardo Massaferro, El Sargento Víctor Sanabria Y Los Conscriptos Antonio Arrieta, Heriberto Ávalos, José Coronel, Dante Salvatierra, Ismael Sánchez, Tomás Sánchez, Edmundo Sosa, Marcelino Torantes, Alberto Villalba Y Hermindo Luna. Todos ellos cayeron defendiendo a su bandera hasta perder la vida, como habían jurado.
HERMINDO tenía 20 años y era hijo único. Había entrado al Servicio Militar sin saber leer ni escribir, porque este gaucho sólo sabía del monte y de hachar quebracho al sol con 40 grados de calor. Sus superiores lo consideraban un “sobresaliente soldado”. Todos recordaban con una sonrisa esas dos veces que se había quedado dormido en el toque de diana y comenzó su día en una pileta.
Sus padres fueron a retirar el cuerpo, de luto y descalzos, porque era gente muy pobre de un paraje del interior de Formosa. No tenían nada, excepto su hijo, y se lo dieron a la Patria con el corazón desgarrado por el dolor pero con dignidad.
Fuente: www.soldadosdigital.com

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lunes, 4 de octubre de 2010

DIA DEL SERVICIO DE VETERINARIA


Se conmemora un nuevo aniversario de la creacion del Servicio de Veterinaria y el dia de su santo patrono, San Francisco de Asis. La Fuerza saluda a todos los integrantes del servicio.

El servicio de Veterinaria es un elemento para apoyo de combate del Ejército, cuya responsabilidad primaria es el mantenimiento de la salud de los animales y su aptitud para el servicio, la inspección de los alimentos, la prevención de las zoonosis y la preservación del medio ambiente. La Dirección de Remonta y Veterinaria es el organismo encargado de la planificación tendiente a la administración y abastecimiento del caudal de animales de guerra al país, de manera de asegurar a los probables teatros de operaciones la dotación correcta, de acuerdo con las necesidades operacionales de los mismos.

Comprenderá las siguientes actividades: conservar y recuperar la aptitud física de los animales, prevenir las zoonosis, inspeccionar los productos alimenticios que consumirán las tropas, realizar inteligencia sobre el material de veterinaria capturado al enemigo y colaborar con las tropas tóxicas en el desarrollo de medidas de defensa pasiva contra la acción QBN, además de instruir al personal del servicio y proponer la instrucción correspondiente que deberá impartirse en las armas, tropas técnicas y otros servicios.

La eficiente operación impone la elaboración de un adecuado y oportuno planeamiento, se tendrá que asegurar la disposición de los medios suficientes y adecuados para el cumplimiento de la misión de veterinaria.

Se deberá considerar las medidas necesarias para enfrentar una mayor cantidad de bajas imprevistas. Los pacientes animales de la zona de combate serán reunidos en instalaciones de veterinaria, emplazadas a lo largo de los ejes de avance de sus unidades. El servicio de veterinaria deberá coordinar estrechamente con las unidades (subunidades - fracciones) de asuntos civiles, las medidas necesarias de salud pública veterinaria que contribuyan a reducir los peligros contra la salud de las tropas.



En la imagen: Grupo de Veterinaria del Colegio Militar de la Nacion.

Fuente: www.ejercito.mil.ar



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