Güemes se crió en el seno de una familia adinerada. Su padre, Gabriel de
Guemes Montero de la Bárcena Campero, era un hombre ilustrado y cumplía
funciones de tesorero real de la corona española. Logró que su hijo
tuviera una buena educación con maestros particulares que le enseñaron
los conocimientos filosóficos y científicos de su tiempo.
Cursó sus
estudios primarios en su ciudad natal, alternando la enseñanza formal
con el aprendizaje de las labores campesinas en la finca donde vivía con
su familia. A los 14 años se enroló en el Regimiento Fijo de
Infantería, cuyo cuartel central estaba en Buenos Aires pero tenía un
batallón en Salta a raiz de la rebelión de Tupac Amaru II desde 1781.
En
1805 fue enviado con su regimiento a Buenos Aires, ya que el Virrey
Sobremonte temía un ataque inglés. Éste se produjo al año siguiente,
iniciando las invasiones inglesas, participando Güemes en la Reconquista
de Buenos Aires. Al año siguiente participó también de la Defensa de la
ciudad y protagonizó una curiosa hazaña: al ver que un barco inglés
había encallado por una bajante repentina del río, dirigió una carga de
caballería y lo abordó. Fue una de las muy pocas veces en la historia
que un buque de guerra fue capturado por una partida de caballería.
En
1808 sufrió una enfermedad en la garganta, de la que surgió una seria
deficiencia al hablar, una pronunciación gangosa de las palabras, que
causaba la burla de sus compañeros. Todo indica que sufrió las
complicaciones que suelen acompañar a la hemofilia, enfermedad que hasta
ese momento no era conocida, y que dificulta mucho la cicatrización de
las heridas externas e internas. Logró su traslado a Salta.
Después
de la Revolucion de Mayo de 1810, fue puesto al mando de un Escuadrón
Gaucho en la Quebrada de Humahuaca y en los valles d Tarija y Lípez,
impidiendo la comunicación entre los contrarrevolucionarios y los
realistas del Alto perú. En Suipacha, único triunfo de las armas
patriotas en el intento de recuperar el valioso territorio altoperuano,
la participación del capitán Güemes fue decisiva.
Permaneció en la
zona de la Quebrada hasta después de la derrota de la Batalla de Haqui, y
prestó su ayuda a los derrotados que huían; allí comenzó su famosa
guerra de recursos, con la que posiblemente retrasó el avance de
partidas realistas antes de la llegada del ejército principal, que
mandaba el general Pío Tristan.
Con su ayuda, el General Pueyrredón
logró atravesar la selva oranense y salvar los caudales de la Ceca de
Potosí, que estaba en poder de los realistas. Pero cuando el General
Manuel Belgrano asumió el mando del Ejército del Norte, ordenó su
traslado por indisciplina, causada por un lío de polleras de otro
oficial. Permaneció en Buenos Aires, agregado al Estado Mayor General.
Al
conocerse en Buenos Aires el desastre de Ayohuma, Güemes fue ascendido a
teniente coronel y enviado al norte, como jefe de las fuerzas de
caballería de San Martín, nuevo comandante del Ejército del Norte. Se
hizo cargo de la vanguardia del ejército reemplazando en ese puesto a
Manuel Dorrego, otro oficial brillante que había sido desterrado por
problemas de disciplina.
Se presentó en Salta como el protector de
los pobres y el más decidido partidario de la Revolución (de la que
empezaban a dudar las clases altas). Pero aun así, no logró nuevos
aportes de recursos de parte de la clase adinerada. Es en esta época
cuando se evidencia la figura de su hermana María Magdalena “Macacha”
Guemes como una de sus principales colaboradores.
San Martín le
encomendó el mando de la avanzada del río Pasaje (hoy llamado Río
Juramento, porque en sus márgenes el general Belgrano hizo jurar
obediencia al gobierno de Buenos Aires, la Asamblea del Año XIII, y la
Bandera Nacional). Poco después, asumía también el mando de las partidas
que operaban en el Valle de Lerma (en el que está la ciudad de Salta).
De este modo iniciaba la Guerra Gaucha, ayudado por otros caudillejos,
como Rurela, Saravia, Gorriti o Latorre. Ésta fue una larga serie de
enfrentamientos casi diarios, apenas cortos tiroteos seguidos de
retiradas. En esas condiciones, unas fuerzas poco disciplinadas y mal
equipadas pero apoyadas por la población podían hacer mucho daño a un
ejército regular de invasión.
Con su ejército formado por gauchos del
campo, rechazó el avance del General Pezuela y posibilitó el inicio de
un nuevo avance hacia el Alto Perú. Bajo el mando del General José
Rondeau, tuvo un papel destacado en la victoria de Puesto del Marqués.
Pero, indignado por el desprecio que mostraba éste por sus fuerzas y por
la indisciplina del ejército, se retiró del frente hacia Jujuy. Daba
por descontado la derrota del Ejército del Norte en esas condiciones y,
en ese caso, necesitaría a sus hombres. Al pasar por Jujuy se adueñó del
armamento de reserva del ejército; al enterarse, Rondeau (que era
también director supremo) lo declaró traidor.
La vuelta se debía
también a razones políticas, ya que deseaba desplazar al partido
conservador del gobierno salteño. Y, por supuesto, también a sus propias
ambiciones políticas.
La retirada coincidió con la llegada a Salta
de la noticia de la caída del Director Supremo Alvear, lo que quitaba
autoridad al gobernador intendente, Hilarón de la Quintana. Por otra
parte, Quintana no estaba en Salta, sino que había acompañado a Rondeau —
que había sido nombrado Director Supremo, aunque reemplazado
interinamente por un sustitito — en su avance hacia el Alto Perú.
Cuando
llegó a Salta, el pueblo salió a la calle y pidió al cabildo el
nombramiento de un gobernador, sin participación del Directorio. Además
de ser el único candidato a la vista, Güemes tenía a su favor la
presencia de su hermano, el doctor Juan Manuel de Guemes, como uno de
los miembros del cabildo para ese año. Éste eligió a Martín Miguel de
Güemes con el título de Gobernador Intendente de Salta, jurisdicción
integrada entonces por las ciudades de Salta, Jujuy, Tarija, Oran y
varios distritos de campaña. Era la primera vez que las autoridades de
Salta eran elegidas en la propia provincia desde 1810; desde el punto de
vista de muchos salteños, hasta ese momento todo se había reducido a
cambiar las autoridades arbitrarias de España por las de Buenos Aires,
tan arbitrarias como aquéllas.
El Cabildo de Jujuy se negó a
reconocerlo, pero Güemes negoció cuidadosamente para hacerse reconocer
como tal. Como esa ciudad tardara en reconocerlo, aprovechó la amenaza
de un ataque realista para avanzar con tropas hacia la ciudad, con lo
que presionó y logró hacer que el cabildo lo aceptara. De todos modos,
el teniente de gobernador local, mariano de Gordaliza, no podía ser
considerado un subordinado complaciente de Güemes.
Dos semanas
después de asumir el gobierno, Güemes contrajo matrimonio con Carmen
Puch, miembro de una acaudalada familia con intereses en Rosario de la
Frontera.
Poco después de su llegada al poder y de saber la reacción
negativa de Rondeau, llegó a Tucumán una fuerza desde Buenos Aires que
iba en apoyo del Ejército, al mando de Domingo French. Pero como éste
tenía instrucciones de derrocar a Güemes al pasar por Salta, le negó el
paso hasta que lo hubo reconocido como gobernador. Pero ya era tarde:
cuando llegaron a Humahuaca, se enteraron de la derrota de Sipe Sipe en
noviembre de 1815.
Rondeau, enfurecido con Güemes por la revolución
en Salta y por haberle impedido llegar refuerzos, retrocedió a Jujuy.
Con apoyo de Gordaliza, se trasladó hasta Salta y ocupó la ciudad. Pero
enseguida se vio rodeado por las guerrillas gauchas y tuvo que
capitular, firmando con Güemes el tratado de los
Cerrillos,
reconociéndolo como gobernador y encargándole la defensa de la
frontera. Poco después, Rondeau era reemplazado por Belgrano en el
Ejército del Norte, y por Pueyrredón en el Directorio. Pero no habría
más expediciones al Alto Perú.
Entonces las milicias gauchas al mando del heroico salteño pasaron a desempeñarse como ejército en operaciones continuas
Güemes
y sus gauchos detuvieron otras seis poderosas invasiones al mando de
destacados jefes. La primera fue la del experimentado mariscal De la
Serna, el cual, al mando de 5.500 veteranos de guerra, partió de Lima
asegurando que con ellos recuperaría Buenos Aires para España. Después
de derrotar y ejecutar a los Coroneles Padilla y Warnes, ocupó Tarija,
Jujuy y Salta y los pueblos de Cerrillos y Rosario de Lerma. Pero Güemes
lo dejó incomunicado con sus bases ocupando Humahuaca, venció a uno de
sus regimientos en San Pedrito, y dejó sin víveres la capital de la
provincia. De la Serna tuvo que retirarse, hostigado todo el tiempo por
las partidas gauchas.
Meses después, el General Pedro de Olañata,
enemigo acérrimo del salteño, volvió al ataque y capturó al más
importante de los segundos de Güemes, el General Fernandez Campero,
popularmente conocido como el Marques de Yavi, jefe de la defensa de la
Puna. Pero no pudo pasar más allá de Jujuy.
Hubo una nueva invasión
en 1818, dirigida por Olañeta y Valdés, y otra más en 1819, mandada por
Olañeta. La más importante fue la mandó el segundo de De la Serna,
General Juan Ramírez Orozco que en junio de 1820 avanzó con 6.500
hombres. En todas éstas obligó a su enemigo a retroceder después de
haber tomado Salta y Jujuy.
Si bien la estructura militar de entonces
no contemplaba un Estado Mayor, en la práctica Güemes contaba con
cuadros superiores organizados, entre los que se encontraban el Marques
de Yavi Juan Jose Feliciano Fernández Campero; el Coronel Francisco
Pérez de Uriondo, responsable militar de Tarija; Coronel Manuel Arias, a
cargo de Orán; y el Coronel Francisco Pérez de Urdinenea, proveniente
de las filas del Ejército del Norte, en Humahuaca. En el valle de Jujuy
estuvieron los coroneles Domingo Arenas en Perico y el Teniente Coronel
Eustaquio Medina, a cargo del río Negro. Más movilidad tenían otros
jefes, como Jose Ignacio Gorriti, Pablo Latorre o José Antonio Rojas. El
frente de combate a su cargo tenía una extensión de más de setecientos
kilómetros, desde Volcán hasta más allá de Oran, y se conoció como Línea
del Pasaje.
Todo el mundo participaba en la lucha: como guerreros
los hombres, como espías o mensajeros las mujeres, los niños y los
ancianos. Las emboscadas se repetían en las avanzadas de las fuerzas de
ataque, pero más aún en la retaguardia y en las vías de
aprovisionamiento. Cuando los realistas se acercaban a un pueblo o una
hacienda, los habitantes huían con todos los víveres, el ganado,
cualquier cosa que pudiese ser útil al enemigo. Por supuesto que esta
clase de lucha arruinó la economía salteña, pero nadie se quejaba, al
menos en las clases populares. Por cierto, jamás tuvo apoyo alguno del
gobierno del Directorio; y la ayuda que le prestó el Ejército del Norte
fue muy limitada.
El papel de Güemes en el conjunto era el de
organizar la estrategia general y financiarla. Pero tenía un detalle
curioso: sus hombres se hubieran hecho matar por él, pero él mismo nunca
entraba en combate; nunca se lo reprocharon ni le exigieron que los
acompañara. Por eso sus enemigos y los historiadores del siglo XIX lo
acusaron de cobarde. No era cobarde: era hemofílico. Cualquier herida le
hubiera causado la muerte; de hecho, una herida sin importancia le
causaría la muerte.
Güemes había conversado con San Martín sobre sus
ideas de atacar Perú desde Chile. Pero San Martín necesitaba tener las
espaldas cubiertas, con fuerzas activas en la frontera norte de Salta,
para mantener ocupados los ejércitos realistas muy lejos de Lima. La
persona más indicada para dirigir esas operaciones era Güemes, y San
Martín lo nombró General en Jefe del Ejército de Observación. Éste
estaba continuamente informado sobre los movimientos de San Martín en la
campaña del Pacífico, y cuando éste desembarcó en la costa peruana,
decidió avanzar hacia el Alto Perú.
Pero ya no podía contar con el
Ejército del Norte, del que sólo quedaba una pequeña división al mando
del Coronel Alejandro Heredia (que estaba a órdenes de Güemes), y
algunas armas en Tucuman. Pero éstas estaban en poder del Gobernador
Bernabé Aráoz, que las estaba usando para tratar de volver a la
Provincia de Santiago del Estero a la obediencia a su gobierno.
A
principios de 1821, el gobernador de Santiago, Ibarra, pidió auxilio a
Güemes, y éste invadió Tucumán, más para apoderarse de las armas que
necesitaba que por solidaridad. Pero el ejército salteño, al mando de
Heredia (tucumano), fue derrotado por el tucumano al mando de Arias (que
era salteño, extraña coincidencia).
El cabildo de Salta, formado por
las clases altas de la ciudad, cansadas de pagar las contribuciones
forzosas que exigía Güemes, aprovechando la ausencia del caudillo, lo
acusó de “tirano” y lo declaró depuesto. Muchos de sus miembros se
habían puesto de acuerdo con el general Olañeta para entregarle la
ciudad. Güemes regresó sin prisa, ocupó pacíficamente la ciudad, y
perdonó a todo el mundo. Ésa fue la llamada "Revolución del Comercio";
aunque fracasada, dio inicio a un partido de oposición, conocido como
"Patria Nueva", en oposición a la "Patria Vieja", es decir, al partido
de Güemes.
Pero no todo había terminado: Olañeta ya estaba en camino,
y mandó al coronel “Barbarucho” Valdez por un camino desierto de la
Puna, guiado por miembros de la familia realista Archondo. El 6 de
junio, Valdez ocupó la ciudad de Salta, y al salir a combatirlo, Güemes
fue herido por una bala. Siguió a caballo hasta una hacienda a dos
leguas de la ciudad, pero su herida, como cualquier herida profunda de
un hemofílico, nunca cicatrizó.
Murió diez días después, el 17 de
junio de 1821, a la intemperie, en un catre improvisado por el Capitán
de Gauchos Mateo Ríos, en la Cañada de la Horqueta (cerca de la ciudad
de Salta). Tenía 36 años y fue el único general argentino caído en
acción de guerra externa.
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