domingo, 11 de abril de 2010

ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL CORONEL FRANCISCO CRESPO


Guerrero de la Independencia sudamericana. Nació en Buenos Aires, el 11 de abril de 1791. Inició su carrera militar el 4 de julio de 1808, como cadete en el Batallón de Andaluces, cuerpo en el cual fue promovido a subteniente de Granaderos del mismo batallón. El 26 de febrero de 1810 es teniente 2º del Batallón Nº 5, grado en el que lo sorprende el movimiento emancipador del 25 de mayo. Fue de los primeros en incorporarse al primer ejército patriota, al mando del coronel Francisco Antonio Ortiz de Ocampo, que llevaba como segundo al comandante Antonio González Balcarce. Se halló en la batalla de Suipacha, el 7 de noviembre de 1810 y posteriormente en la desgraciada acción de Huaqui, el 20 de junio del año siguiente. Formó parte del ejército sitiador de Montevideo desde el 20 de octubre de 1812 hasta el 23 de junio de 1814, fecha en que el general Vigodet capituló con toda la guarnición de aquella plaza. Este acontecimiento se produjo a los pocos días de haber pasado Crespo a la 4ª Compañía del Regimiento Nº 8 de Infantería, con fecha 5 de mayo. El 21 de noviembre de 1814, es promovido a teniente 1º de la misma compañía del Nº 8 y a ayudante mayor del mismo cuerpo, el 3 de julio de 1815. Poco después pasó a formar parte del Ejército de los Andes, marchando a Mendoza con el 1er Batallón del Regimiento Nº 8. El 21 de febrero de 1816 el Director Pueyrredón dispuso que el ayudante mayor Crespo regrese a Buenos Aires por haber sido promovido a aquel empleo en el 1er Batallón, Toribio Reyes. Crespo se incorpora al 2º Batallón del Nº 8, el cual poco después marchó también para Mendoza, y recibió el nombre de Regimiento Nº 7 de Infantería. Con este regimiento Crespo atravesó los Andes y se batió con denuedo en Chacabuco, el 12 de febrero de 1817, mereciendo la medalla discernida por las Provincias Unidas a los vencedores. Más adelante se le otorgó (noviembre de aquel año) la “Legión del Mérito” de Chile.
El Regimiento Nº 7 marchó con la columna de O’Higgins en abril de 1817, para tomar parte en las operaciones contra los españoles en el Sud de Chile y el capitán Crespo (grado al que había sido ascendido el 11 de enero de 1817), tomó intervención en las acciones que tuvieron lugar en los alrededores de Concepción y Talcahuano en el segundo semestre de aquel año. El 6 de diciembre tomó parte en el furioso asalto a Talcahuano, correspondiendo a su cuerpo ser uno de los componentes de la columna del coronel Conde, que atacó la fortaleza por el sector derecho de la defensa. Crespo se batió con denuedo en aquella memorable acción de guerra.
Marchó en la expedición al Perú, formando parte del Regimiento Nº 7, bajo el mando del coronel Conde. Asistió a la segunda campaña de la Sierra, bajo las órdenes del general Arenales, entrando a la ciudad de Lima a fines de julio de 1821. Estuvo en el sitio del Callao, en la defensa de Lima cuando fue amenazada por los españoles y en el asalto al Callao y toma de la fortaleza, el 21 de setiembre del mismo año.
Posteriormente los Regimientos Nº 7 y 8 de los Andes, se refundieron en un cuerpo que se llamó Regimiento Río de la Plata, que fuerte de 1.100 plazas, tomó parte en la famosa campaña de Puertos Intermedios, bajo el mando del coronel Cirilo Correa. Esta expedición fue dirigida por el general Alvarado y las fuerzas se empezaron a embarcar en el Callao a mitad de octubre de 1822, para desembarcar al mes siguiente en los puertos de Tacna y Arica. Se concentraron a comienzos de diciembre en la primera de las ciudades nombradas. Desde allí partieron en busca del general Valdés, a fines de aquel mes; el 1º de enero de 1823, se combatía en Calana y los días 19 y 21 del mismo, en las sangrientas y desastrosas batallas de Toraya y Moquehuá, donde el ejército de Alvarado fue reducido a la cuarta parte; y en las que se encontró el mayor Crespo, quien tuvo la suerte de figurar entre los que se salvaron de aquella memorable y desastrosa expedición.
Cuando se produjo la sublevación del Callao, en la noche de 5 de febrero de 1824, el ya teniente coronel Crespo era segundo jefe del regimiento Río de la Plata. Cayó entre los prisioneros de los sublevados, que los entregaron a los españoles. Fue brutalmente herido por el general realista Mateo Ramírez, siendo canjeado en 1825, época en que obtuvo su pasaporte para regresar a Buenos Aires. El 17 de abril de 1826 revalidó sus despachos de teniente coronel de infantería.
El 1º de noviembre de 1826 se incorporó al cuartel general del Ejército Republicano. El 1º del mes siguiente fue dado de alta en el Estado Mayor divisionario del 4º Cuerpo de Ejército, donde en junio y julio de 1827 figura como “comandante de armas”. Se distinguió por su comportamiento en la batalla de Ituzaingó, por lo cual fue promovido al grado de coronel por despachos extendidos el 31 de mayo de 1827 con antigüedad del 23 de febrero del mismo año; obteniendo la efectividad del cargo el 6 de mayo de 1830. Figura en el ejército sitiador de Montevideo desde mayo a diciembre de 1827. Como 2º Jefe del Estado Mayor del Ejército de Operaciones, figura a cargo del mismo desde el 15 de abril de 1828 hasta octubre de igual año.
Fue comandante militar de Patagones, desde enero de 1830 hasta los primeros días de 1833. En Patagones, el coronel Crespo contrajo enlace con Angela Ocampo, hija de Ramón de Ocampo y Carmen French, de la familia patricia. Crespo ostentaba en su pecho la “Orden del Sol” del Perú, otorgada por el Protector general San Martín.
Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, Crespo fue un tiempo edecán del Restaurador a quien sirvió con inquebrantable fidelidad. Revistó en la Plana Mayor del Ejército y P. M. A., desde el 1º de diciembre de 1828 hasta el 1º de enero de 1841. Nombrado capitán del Puerto de Buenos Aires, a principios de 1841 pasó a la isla Martín García. Estando a cargo de la guarnición de la misma desde el 26 de junio de 1842, sostuvo un fuerte cañoneo contra las fuerzas navales que mandaba el coronel Giuseppe Garibaldi, enviado por el gobierno uruguayo en socorro de la provincia de Corrientes, a raíz del triunfo del general Paz en Caaguazú. Garibaldi empleando un ardid prohibido por el Derecho Internacional, enarboló bandera argentina en sus tres unidades, lo cual hizo creer a los defensores de la Isla que se trataba de buques de Rosas. Cuando la superchería fue descubierta, ya habían pasado el canal de Martín García dos buques de Garibaldi, de modo que el efecto de las baterías de Crespo se hizo sentir sobre el tercero de los buques enemigos, el “Constitución”.
Jefe de las baterías establecidas en la Vuelta de Obligado y segundo del general Lucio Norberto Mansilla, en la violenta acción sostenida el 20 de noviembre de 1845, contra la escuadra anglo-francesa que pretendía forzar el paso del Paraná aguas arriba, su conducta fue digna del renombre del valeroso soldado de la guerra de la independencia sudamericana. Cuando el general Mansilla en lo más recio del combate, recibió un golpe de metralla en el estómago que lo dejó sin sentido, el coronel Crespo lo reemplazó en el comando, no obstante haber recibido una contusión poco antes. Fue digno relevante del glorioso general en jefe en aquella magnífica acción de guerra, donde las fuerzas argentinas defendieron el honor del pabellón nacional con altura y con valor, digno de sus gloriosas tradiciones. El coronel Crespo firmó el parte de la acción elevado a Rosas a consecuencia de las heridas sufridas por el general Mansilla. También se halló en las batallas del Tonelero y del Quebracho, en enero y junio de 1846 contra la escuadra anglo-francesa.
El coronel Francisco Crespo y Denis dejó de existir en el pueblo de San Isidro, el 7 de setiembre de 1849, a sus exequias concurrió su antiguo compañero de armas el brigadier general Miguel Estanislao de Soler, quien se hallaba en aquellos días algo enfermo. La asistencia al entierro del coronel Crespo le fue fatal, pues su dolencia se agravó y falleció pocos días después.
Fuentes: Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado / www. revisionistas.com.ar / Yabén, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938).

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sábado, 10 de abril de 2010

ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL GENERAL LUCIO NORBERTO MANSILLA


Nació en la ciudad de Buenos Aires en el año 1792. Recibió la mejor educación que por ese entonces era posible obtener y manifestó, ya desde sus tempranos años, la fuerza de su carácter, su clara y lúcida inteligencia y una audacia que se mostraría en toda su magnitud durante la guerra contra los anglo-franceses, en 1845.

Como tantos de sus coetáneos, en junio de 1806 se alistó en las filas de Liniers para participar en las gloriosas jornadas de la Reconquista, las cuales culminaron el 12 de agosto con la rendición del General británico Beresford. En el mes de octubre de 1806, se alistó como soldado en la fuerza que debía socorrer a la plaza de Montevideo (sitiada por los ingleses), que se encontraba al mando de Santiago de Liniers. Bajo las órdenes del Coronel Prudencio Murguiondo, intervino en la aprehensión del depuesto virrey Rafael Sobremonte.

El 2 de julio de 1807 y durante el ataque de Whitelocke a Buenos Aires, Mansilla tomó parte en los combates de los Corrales de Miserere, que dieron inicio a la segunda derrota británica en el Plata.

Cinco años después, con la jerarquía de Teniente, sirvió a órdenes del General Artigas en la Banda Oriental, contra los portugueses. Se incorporó luego al ejército de Rondeau, que sitiaba Montevideo, y en 1813 integró la expedición del Coronel Domingo French, cuyo objetivo era la conquista de la fortaleza lusitana “El Quilombo”, en la línea del Yaguarón. Durante el ataque a dicha posición, Mansilla fue herido de bala el 12 de mayo, reconociendo el gobierno su coraje en la Gaceta de Buenos Aires del día 5 de junio de 1813. Una vez curado, intervino en todas las operaciones ejecutadas hasta la rendición de las fuerzas realistas (23 de junio de 1814). Por esta campaña obtuvo un escudo de plata y fue declarado “benemérito de la Patria en grado heroico”.

En 1815, fue enviado por el gobierno a Cuyo con algunos reclutas y armamentos. San Martín lo nombró mayor de plaza en San Juan, asignándole la instrucción de 600 hombres de tropa, quienes más tarde revistarían en los célebres batallones 7 y 11, de brillante desempeño en Chacabuco y Maipú.

A continuación, fue comandante militar de Jáchal y el Libertador lo designó luego comandante general de las cordilleras del sur de los Andes.

Iniciada la campaña de Chile, el General San Martín supo apreciar su capacidad, dándole un puesto de importancia como segundo jefe de la Primera División de Vanguardia, a pesar de su jerarquía de Mayor Graduado. Como tal, peleó en Chacabuco. Fue condecorado con una medalla de oro por el gobierno nacional y Chile lo recompensó con la Orden de la Legión al Mérito en grado de Oficial, consistente en una medalla y cordones. Estuvo en Maipú y, bajo el mando de Las Heras, actuó en la campaña al sur de Chile.

En 1820, la anarquía bonaerense lo encontró en su ciudad natal. Mansilla intervino en la elaboración del Tratado del Pilar, celebrado el 23 de febrero de ese año entre Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos. Allí tomó contacto con el caudillo entrerriano Francisco Ramírez, quien, deseoso a esas alturas de liberarse de la influencia de Artigas, invitó al porteño a unirse con él para convencer al “Protector de los Pueblos Libres” de la conveniencia de aceptar el tratado. El gobernador Sarratea lo autorizó y Mansilla marchó a Entre Ríos. Se produjo luego la ruptura definitiva entre Ramírez y Artigas, que concluyó con la expatriación de éste y la muerte de aquél. Mansilla fue elegido gobernador y capitán general por los representantes de Entre Ríos. Estrechó las relaciones con Buenos Aires y concertó la paz con Santa Fe. Hizo esto a su manera: se le presentó una noche a Estanislao López, solo y desarmado, expresando que no volvería hasta haber solucionado sus diferencias.

Por su iniciativa, los territorios de Corrientes y Misiones, dependientes de Entre Ríos, fueron erigidos en provincias que elegían a sus propios gobernadores. Además, Mansilla hizo sancionar, en 1821, la primera constitución provincial para Entre Ríos, la cual él mismo había elaborado junto con Domingo de Oro y el doctor Pedro J. Agrelo. Al concluir su mandato, rehusó continuar en el cargo para no sentar precedentes, a pesar de haber sido reelecto tres veces.

Al ser elegido diputado al Congreso General Constituyente de las Provincias Unidas, se pronunció por la adopción del régimen unitario de gobierno.

En 1826, se produjo la guerra con el Imperio del Brasil. Rivadavia nombró a Mansilla comandante general de la costa en el mes de septiembre. En ese cargo, Mansilla desplegó una notable actividad, organizando varios cuerpos para el Ejército, remitiendo al cuartel general armamentos, vestuario, caballadas y materiales diversos y uniéndose finalmente, al frente de su división, a las fuerzas comandadas por el General Alvear.

Como General de División, participó en forma destacada en el combate de Camacuá persiguiendo al enemigo, por lo que mereció una mención especial. Poco después, libró la batalla del Ombú (15 de febrero de 1827), en la cual, conduciendo a los 1.800 hombres de su división, derrotó y dispersó a la mejor caballería imperial, mandada por el General Bentos Manuel Riveiro. La dispersión evitó que dichas tropas intervinieran en la batalla de Ituzaingó, tres días después. El desempeño de Mansilla en esta acción de guerra fue brillante, por lo que Alvear lo recomendó al gobierno, que le concedió el uso de un escudo y cordones.

Luego, fue jefe de Estado Mayor hasta que el Ejército Nacional se retiró a cuarteles de invierno. En ese año de 1827, Mansilla fue designado diputado por La Rioja a la Convención de Santa Fe y, con autorización del Poder Ejecutivo, aceptó el cargo. Cuando comenzó la guerra civil, Mansilla decidió no tomar parte en ella y se retiró a la vida privada.

Ya en 1834, el gobernador de Buenos Aires, General Viamonte, lo nombró jefe de policía de la ciudad. Mansilla emprendió entonces la organización de esta repartición y obtuvo resultados sobresalientes. Creó la institución de los serenos, redactó los reglamentos generales (los que luego tomaron como modelo para sus propias fuerzas policiales los gobiernos de Brasil y de la República Oriental) y emprendió varias obras públicas, como el camino del Riachuelo a la Boca y el muelle del Margen. Continuó en sus funciones hasta que se inició la guerra contra la confederación peruano-boliviana presidida por el Mariscal Santa Cruz.

Entonces, el gobierno lo nombró comandante en jefe del Ejército de Reserva, el cual debía organizar en Tucumán. Mansilla persistió en su negativa a dejarse arrastrar a las luchas civiles en que se enfrentaban unitarios y federales. Pese a ser cuñado de Juan Manuel de Rosas, mantuvo su independencia respecto de los bandos en lucha. Solamente aceptó una comisión del gobernador de Buenos Aires: acompañó al enviado francés, Capitán Eduard Halley, el 4 de diciembre de 1840, a entrevistarse con el General Lavalle, jefe unitario que había sido derrotado en Quebracho Herrado, para ofrecerle, por parte de Francia, una salida favorable si abandonaba la guerra y el país, oferta que Lavalle rechazó.

En 1838, 1840, 1842 y 1844, Mansilla integró la Sala de Representantes o Legislatura de la provincia de Buenos Aires, en cuyo recinto se alzó su voz para sostener los derechos de la nación y la justicia de su causa en la guerra colonialista que llevaba a cabo Francia contra la Confederación Argentina.

Al producirse en 1845 la llamada intervención anglo-francesa, que era, en realidad, una guerra no declarada, el General Mansilla fue designado jefe del Departamento del Norte por Rosas y recibió la orden de fortificar y artillar las costas del Paraná a fin de negar la navegación por ese río a la escuadra enemiga. Es bien conocida su heroica defensa de la Vuelta de Obligado (20 de noviembre de 1845), combate que representó una victoria táctica para los aliados, pero también, paradójicamente, una derrota estratégica, dado que los objetivos de los intervinientes no pudieron lograrse. Después de Obligado, volvió a combatir a los anglo-franceses en Acevedo, San Lorenzo y el Quebracho.

Concluida esta lucha, Mansilla no volvió a tomar las armas hasta 1852, en que Rosas lo nombró comandante en jefe de las fuerzas de la ciudad de Buenos Aires. Tras la batalla de Caseros las tropas de Urquiza marcharon hacia la capital provincial, la que cayó sin que Mansilla disparara un solo tiro. Lo más significativo fue el hecho de que se rindiera ante Urquiza con el grito de ¡Viva Urquiza! ¡Muera el tirano Rosas!

Después de Caseros, Mansilla se retiró a Francia, donde su prestigio y su don de gentes le abrieron las puertas de la corte imperial de Napoleón III y permitieron que fuera recibido en los altos círculos parisinos con el mayor de los respetos.

De regreso a Buenos Aires, se mantuvo apartado de las contiendas políticas y se dedicó a su familia y amistades. Su casa se convirtió en el lugar de reunión de los notables de la época y, en ese ambiente culto y refinado, creció quien llegaría a ser el autor de Una excursión a los indios ranqueles, el General Lucio Victorio Mansilla.

Sobrevivió a casi todos sus camaradas y cuando murió, el 10 de abril de 1871, llevaba sobre sus espaldas medio siglo de generalato, siendo el más antiguo de la República.

Las autoridades nacionales no asistieron a su entierro. Tampoco se le rindieron los honores fúnebres correspondientes a su rango. Al pie de su tumba, uno de sus amigos, Diego G. de la Fuente, expresó de esta forma el homenaje de sus compatriotas: “No sé, señores, en qué, ni cómo, se perpetuará algún día el nombre del vencedor del Ombú, del autor de la primera constitución provincial argentina, del organizador avisado de la policía de Buenos Aires, de un soldado de la Independencia, de un diputado al congreso del año 26, de un general recomendado a la gratitud pública por Bernardino Rivadavia; pero sí sé, y debo aquí decirlo, que el viajero argentino que remonta los ríos detiene siempre los ojos con noble orgullo en un recodo del gran río Paraná, donde un día la entereza del General Mansilla, rigiendo el pundonoroso sentimiento nacional en lucha desigual con los poderes más fuertes de la Tierra, supo grabar con sangre que no se borra derechos indestructibles de honor y de gloria. ¿Qué importa el murmullo del vulgo sobre hechos, de suyo efímeros, al pie de monumentos imperecederos diseñados por el heroísmo como la Vuelta de Obligado, donde se destacó la bizarra figura de Mansilla entre el fuego y la metralla, a la sombra, señores, no de otra bandera que aquélla que saludaron dianas de triunfo en los campos de Maipú y de Ituzaingó?”

Fuentes: Biografías. Ejército Argentino – Su Historia / www. revisionistas.com.ar / Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado / Malamud, Carlos. Juan Manuel de Rosas.

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viernes, 9 de abril de 2010

ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL GENERAL JOSE MARIA DE LA OYUELA


Nació en Buenos Aires en 1786, siendo sus padres, José de la Oyuela y Francisca Negrón. Era hermano del coronel José Gabriel de la Oyuela, que tan destacada actuación tuvo en el desempeño de la comandancia militar de Patagones. Se batió en la primera invasión inglesa, en 1806, siendo uno de los que se hallaron en el encuentro de la Chacra de Perdriel, a las órdenes de Juan Martín de Pueyrredón. Combatió por la Reconquista de esta ciudad, el 12 de agosto del mismo año formando parte del cuerpo de “Montañeses” del que era jefe su padre; y su nombre figura honrosamente entre los valientes porteños que combatieron con denuedo en las memorables jornadas del 5 y 6 de julio de 1807, en la Defensa magnífica de la Capital del Virreynato del Río de la Plata contra las fuerzas británicas del general Whitelocke. Poco antes había marchado a la Banda Oriental, a las órdenes de Manuel de Arroyo y Pinedo. En 1809 era teniente de la 4ª compañía del Regimiento de “Voluntarios Cántabros”, por despachos expedidos el 13 de enero de aquel año por la Real Junta de Sevilla.
En 1810 tuvo participación activa en el movimiento emancipador, cuyos principios difundió con entusiasmo, alistándose de inmediato en los ejércitos de la Patria. En junio de aquel año era alférez del Regimiento Nº 4 en la 2ª compañía, cuerpo con el cual marchó en la expedición despachada el 6 de julio del mismo año, al interior a las órdenes del coronel Francisco Antonio Ortiz de Ocampo. Se halló en la represión de la rebelión de Liniers en Córdoba y se batió con bravura en Santiago de Cotagaita, el 27 de octubre, y en Suipacha, el 7 de noviembre de aquel año memorable, obteniendo además del “escudo” una medalla especial con que lo honró la Suprema Autoridad. Participó en el avance victorioso por el Alto Perú hasta que las fuerzas independientes fueron completamente derrotadas en Huaqui o Desaguadero y en Yuraicoragua, en la funesta jornada del 20 de junio de 1811, replegándose los restos del ejército patriota sobre Jujuy. Oyuela, en el curso de este mismo año estuvo incorporado al Regimiento Nº 6 de Infantería del Ejército Auxiliar.
El 12 de setiembre de 1813 fue ascendido a teniente de la Compañía de Zapadores, pasando el 10 de diciembre del mismo año a la compañía de “Pardos y Morenos” que prestaba servicios en las baterías levantadas en Punta Gorda (hoy Diamante), por el coronel Eduardo Kaillitz, barón de Holmberg, las que estaban compuestas por la batería del Banco (orilla occidental del Paraná), que constaba de 2 cañones de a 24 y cuatro de a 12, y la de la Costa-Firme, al pie de las barrancas, que cruzaba sus fuegos con la primera y que constaba de tres piezas de a 12 y dos de a 8. Ambas baterías estaban guarnecidas por 486 hombres de los Regimientos Nº 2 y Pardos y Morenos; Blandengues de Santa Fe; milicias de Paraná; artillería y caballería de la Matanza (hoy Victoria), Nogoyá y La Bajada.
Ascendió a teniente 1º de la precitada compañía de Pardos y Morenos, el 7 de febrero de 1814 y habiendo acompañado a Holmberg en su expedición a Entre Ríos, cayó prisionero en el combate del Espinillo, cerca de Paraná, el 22 de febrero, gravemente herido. El 17 de agosto de este mismo año, fue promovido a capitán de la 1ª compañía del Batallón de Infantería Nº 10, de nueva creación, pasando a comandar la compañía de Granaderos del mismo, el 7 de diciembre de igual año (1814), e incorporándose con aquel Regimiento al Ejército del Norte, a principios de agosto de 1816, en Las Trancas, a las órdenes en aquel entonces del coronel Francisco Antonio Pinto, que después fue general de la República de Chile.
Hizo la campaña sobre Santa Fe, bajo el mando del general Belgrano, obteniendo al comienzo de la misma, en enero de 1819, licencia por 3 meses para ausentarse a Buenos Aires para “restablecer su salud”, siendo ascendido en estas circunstancias a sargento mayor graduado del batallón Nº 10, el 18 de marzo de 1819. Restituido a sus funciones en el Ejército Auxiliar, después de haber obtenido prórroga de un mes en su licencia, marchó posteriormente a incorporarse a la guarnición que había dejado en Tucumán el general Belgrano mientras operaba sobre Santa Fe, estando de la Oyuela a cargo del piquete del Regimiento Nº 10.
Producida la revolución de noviembre de 1819, encabezada por el capitán Abraham González, que puso en el gobierno a Bernabé Aráoz, pasó de la Oyuela a prestar servicios a la titulada República Federal del Tucumán, cuyo primer mandatario el extendió el 25 de mayo de 1820, despachos de teniente coronel de caballería de línea de Tucumán, documento que lleva la firma de Bernabé Aráoz.
El 23 de junio de 1821 fue ascendido a coronel del Regimiento “Dragones de Línea del Ejército de la República del Tucumán”. En esta provincia estuvo radicado varios años, pues en junio de 1826 se le encuentra allí, formando parte de una sociedad organizada para fomentar el progreso de Tucumán y su campaña.
En la guerra entre la Confederación Argentina y la República de Bolivia, el coronel José María de la Oyuela mandó el Regimiento “Coraceros Argentinos”, de 1837 a 1838, en que terminó la campaña.

En la campaña de Cuyo, en 1841, contra los ejércitos de Lavalle y Lamadrid, el coronel de la Oyuela fue enviado a la ciudad de San Juan, donde tuvo a sus órdenes el Regimiento de Milicias, fuerte de 300 plazas. En abril de aquel año el general Nazario Benavídez, gobernador de aquella Provincia, al ser ocupada la capital, el 3 de agosto de 1841 por las tropas del general Acha, aquél se retiró hacia la Punta del Monte, donde se hallaba Benavídez, al cual acompañó en su rápida reacción contra Acha, en la ruda lucha sostenida en la ciudad de San Juan, del 18 al 21 de aquel mismo mes de agosto, la que ocupada ese día por Benavídez, era abandonada el 24, ante la aproximación del ejército de Lamadrid, que entró en ella de inmediato, pasando Benavídez y Oyuela a San Luis, a incorporarse al cuerpo del ejército del general Pacheco.
Derrotado este último en la sangrienta batalla del Rodeo del Medio, el general Benavídez llegó a Mendoza a visitar y felicitar al general Pacheco, vencedor en aquella acción de guerra. Dejando nuevamente al coronel José María de la Oyuela a cargo del gobierno de San Juan. Durante el ejercicio de esta delegación, la Legislatura de esta Provincia confirió al general Pacheco, jefe de la vanguardia del Ejército de la Confederación Argentina con fecha 18 de octubre de 1841, el empleo de brigadier general de aquélla, en testimonio de gratitud de la misma “por los eminentes servicios prestados a la Patria, y principalmente, por el triunfo que éste obtuviera en el Rodeo del Medio”; alta jerarquía militar que la Legislatura sanjuanina también otorgó a Nazario Benavídez, al mismo tiempo que la de coronel mayor a José María de la Oyuela.
Ascendido a general, Oyuela desempeñó el gobierno de San Juan desde diciembre de 1842 hasta el 13 de marzo de 1843, por nueva ausencia de Benavídez, que era el titular. Fue también diputado a la Legislatura de la misma provincia en el mes de junio de 1844.
El general Oyuela perdió todas sus haciendas y fortuna en la invasión del general Acha a San Juan. Posteriormente echó mano de los bienes de su esposa y formó un arreo de hacienda con el que marchó desde aquella provincia a Buenos Aires, pero el 21 de mayo de 1844, al llegar al pueblo del Salto, en sus inmediaciones fue atacada y tomada por los indios toda la hacienda, salvando Oyuela su persona por haber ido esa noche a pernoctar en el pueblo de referencia.
En la mencionada exposición de sus servicios, hecha al Superior Gobierno el 15 de junio de 1844, y la que se halla en el Archivo General de la Nación; el general Oyuela dice que también cayó prisionero en la campaña del Alto Perú “en donde arrastré cadenas bajo los socavones de Potosí, dice, y en los trabajos públicos de dicha ciudad”. También expresa haber recibido muchas heridas en el Alto Perú y en la Banda Oriental.
En las listas de la Plana Mayor Activa de la Provincia de Buenos Aires correspondientes al mes de noviembre de 1845 fue dado de alta con la jerarquía de coronel mayor con la siguiente nota: “Ha sido incorporado por O. S. desde el 1º de mayo de 1842”. En listas de enero a diciembre de 1846 figura con la nota: “En el Exto”.
Fue uno de los firmantes del acta levantada el 18 de enero de 1847, con motivo de la colocación de la piedra fundamental de la Alameda (Paseo Leandro Alem), en esta Capital.
El general José María Oyuela, en la tarde del 20 de noviembre de 1847 tuvo un incidente en la calle Perú, en esta Capital, con el Encargado de Negocios de Portugal, Comendador Leonardo de Souza Leitte Acevedo: a las 6 de la tarde del mencionado día ambos personajes se cruzaban en la vereda de la calle Perú y entando en la de Representantes, el Encargado Leitte Acevedo, dijo al general Oyuela: “pase Ud.” El interpelado le contestó que él no pasaba, que pasase Leitte cuando gustase y que él (Oyuela) pasaría cuando le pareciese y no cuando su interlocutor lo mandase.
En tales circunstancias se acercó montado a caballo un paisano, que resultó ser Federico Loforte (sobrino de la esposa del general Oyuela), porteño, como de 25 años; el cual con su rebenque le descargó a Leitte un furioso golpe en la cabeza con el cabo del mismo, rompiéndole el sombrero y ocasionándole una fuerte contusión. Después de esto, el agresor picó el caballo diciendo en alta voz: “Mi general, dispense, este pícaro portugués de mierda no quería darle la vereda”; y partió sin que nadie le incomodase, y sin que el general Oyuela intentase detenerle. Entonces el diplomático entró en conversación con Oyuela, a quien Leitte dijo: “Que a él debía este nuevo escandaloso atentado e insulto”; a lo que respondió Oyuela: “Que lo sentía mucho, pero que él era culpable por no cederle la vereda, porque su representación era superior a la de cualquier Ministro extranjero y que no era él quien debía librar a Leitte de un conflicto de esa clase, porque estaba resentido de la injusta prisión de su hermano, el Procurador de Número Fernando Oyuela; pero que S. E el Gobernador había reconocido su precipitación en este negocio, y que el resultado de la causa, que había de publicarse, probaría el aprecio que hace el mismo Gobernador de los Oyuela”.
Evidentemente el conflicto había sido preparado por el general Oyuela, pues antes de producirse el incidente, el agresor estaba parado próximo, hablando con José Ramón Rojas, cuyo almacén frecuentaba Oyuela. Al producirse el encuentro entre Leitte y Oyuela, el agresor se acercó de a caballo, y se produjo el conflicto.
El general Oyuela se hallaba parado en la puerta de una de las casas inmediatas cuando al ver aproximarse al Encargado Leitte Acevedo, salió a su encuentro, reclamándole el lado derecho de le vereda que llevaba Leitte, diciéndole si ignoraba que él era un General de la República Argentina; contestándole su interlocutor que él también era el representante de una nación.
Leitte, a las 6.30 hs del mismo día 20 puso el hecho en conocimiento del Ministerio de Relaciones Exteriores. A las 12.20 hs de la noche del 21, el general Oyuela fue llamado al Departamento de Policía, donde fue tomado preso e incomunicado por orden del Jefe de Policía Juan Moreno; pero el agresor Federico Laforte huyó en dirección a San Juan, al parecer, donde a la sazón se hallaba la esposa de Oyuela, sin ser aprehendido. Loforte fue visto en compañía de otros dos individuos en el camino de San Antonio de Areco, el lunes 22 de noviembre; pero al parecer, no logró la policía porteña su aprehensión. (“La Gaceta Mercantil”, Nº 7222 del 30 de noviembre de 1847).
El general Oyuela fue dado de baja de la Plana Mayor Activa, en que revistaba, por O. S., el 7 de diciembre de 1847, siendo desterrado a la Guardia de Lobos, donde falleció el 9 de abril de 1849. Se había casado en primeras nupcias con Cleofé Laspiur, y fallecida ésta, se vinculó a comienzos de 1840 con una niña de la familia Rui Suárez, de la ciudad de San Juan.

Fuentes: Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado / www. revisionistas.com.ar /Yabén, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1939).

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jueves, 8 de abril de 2010

ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL DR. FRANCISCO JAVIER MUÑIZ


Francisco Javier Thomas de la Concepción Muñiz nació el 21 de diciembre de 1795 en Monte Grande, Provincia de Buenos Aires. Sus padres, Don Alberto José Muñiz y Doña Bernardina Frutos, se trasladaron a Buenos Aires para que Francisco continúe con su educación. A los 11 años, a pesar de que su edad lo eximía de tal compromiso, se alista como cadete en el Regimiento de Andaluces para intervenir en la heroica defensa de Buenos Aires y es herido de bala en la pierna derecha. En 1812, en la fundación de la Segunda Sociedad Patriótica Literaria donde Muñiz colabora con el doctor José León Banegas en la redacción del célebre Manifiesto que instaba a declarar la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata. A los 18 años se inscribe en el primer curso de teología del Colegio San Carlos.

En 1814 el doctor Cosme Argerich resuelve fundar el Instituto Médico-Militar con el fin de formar cirujanos para los ejércitos. Entre sus alumnos figura Francisco Muñiz, quien decidió servir a la patria desde las filas de la sanidad militar. En 1821, el ministro Bernardino Rivadavia, al crear la Universidad de Buenos Aires con su departamento de Medicina, clausura el Instituto Médico Militar por lo que Muñiz se ve obligado a rendir sus últimos exámenes en dicho Departamento para graduarse como médico en 1822.

Al año siguiente, pregona ideas que anticipan el federalismo y auspicia las instituciones liberales en la edición de una revista El Teatro de la Opinión. Esta etapa periodística coincide con un período de deterioro en su salud que se prolonga hasta enero de 1825 cuando, acepta el nombramiento de cirujano del Cantón de la Guardia de Chascomús. En la localidad acampa el regimiento de coraceros de Buenos Aires al mando del Coronel Juan Lavalle, de quien se hace muy amigo y a quien asiste en los combates de Sauce Grande y Toldos Viejos. El contrato de Muñiz tenía una duración de seis meses, el ejemplar médico hace caso omiso de esta disposición y continúa un mes más, hasta el retiro del último soldado herido en el pueblo. En estas expediciones al desierto realiza estudios etnográficos sobre los usos y costumbres de los aborígenes como también inaugura los trabajos iniciales de la paleontología argentina al encontrar en la laguna de esa localidad restos fósiles que omite documentar por ser un simple aficionado y que el explorador francés D’Orbigny se adjudica trece años después.

En 1826 la guerra con el Brasil lo encuentra en Buenos Aires ejerciendo su profesión y proyectando sus conocimientos en ciencias naturales. Se confía a Muñiz el cargo de médico y cirujano principal con el grado de Teniente Coronel. El General de Alvear, asume el mando de las fuerzas y se convierte en el referente de Muñiz por su agilidad mental y preparación técnica. Una bala atraviesa la parte superior de la pierna izquierda del General Lavalle a quien Muñiz atiende y pone fuera de peligro. El jefe del Estado Mayor del Ejército, General Lucio Mansilla, en abril de 1827 deja constancia del esmero del facultativo distinguido con los Cordones y Laureles de Ituzaingó y el Escudo de la República.

Muñiz solicita ser designado para ocupar la Cátedra de Partos y Medicina Legal de la Escuela de Medicina desde el campamento General del Ejército. El gobierno no hace lugar al ofrecimiento, desaire que entristece a Muñiz. Pocos meses después, vuelve sobre sus pasos y en el último día de gobierno de Rivadavia en la Presidencia de la República repara la injusticia designando a Muñiz al mando de la cátedra. El 20 de septiembre de 1827 un decreto del gobierno de Manuel Dorrego deja en suspenso y sin efecto tal nombramiento por considerar infructuosa la enseñanza de partos tomando como excusa que Muñiz no tenía el título de Doctor en medicina.

El 30 de septiembre de 1828 contrae matrimonio con Ramona Bastarte y resuelve alejarse de Buenos Aires y fijar su residencia en la Villa de Luján donde permaneció por 20 años ya que lo favorecía en su salud. Como médico de policía y encargado de la administración de la vacuna en el Departamento, instruye a los propietarios acerca de enfermedades animales (ya que el país carece de veterinarios), propaga la vacuna, pide la eliminación de curanderos y parteras, y ensaya el tratamiento de afecciones cutáneas con la inoculación múltiple o repetida de la vacuna humana logrando por esto último la designación de Miembro Honorario de la Real Sociedad Jenneriana de Londres. El 20 de marzo de 1830 es nombrado cirujano del regimiento 2 de caballería con asiento en la villa.

Durante su permanencia en Luján el doctor Muñiz efectuó fecundos y valiosos trabajos paleontológicos, sacando a luz, como dice Babini, “el extraordinario mundo fósil sepulto en las barrancas de su río”. En Luján reunió, estudió y clasificó abundante material paleontológico, en el que hay restos de megaterio, mastodontes, toxodontes, milodontes, gliptodontes, etc. En 1841 lo obsequió al gobernador Rosas, coleccionado en 11 cajas de cuyo contenido dio cuenta La Gaceta Mercantil. Rosas a su vez, obsequió dicha colección al almirante francés Juan Enrique José Dupotet –jefe de la escuadra de Francia en el Plata y reemplazante de Leblanc-, lo que ha dado lugar a severas críticas por parte de los antirrosistas. Al respecto Andrés Ivern puntualiza que la entrega de tan valioso material a Francia fue hecha por Rosas, seguramente, con el doble fin de cicatrizar heridas de guerra y de demostrar la capacidad científica argentina a una potencia que nos había creído colonizables. Desde el punto de vista de la ciencia nada se perdió con el obsequio, ya que el envío fue a poder precisamente de la nación que era el principal centro de estudios paleontológicos, con sabios como Paul Rivet. Si hubo protestas de algunos naturalistas, como Florentino Ameghino, hay que tener en cuenta que de aquel centro científico provinieron las refutaciones a ciertas conclusiones de este último. Por otra parte debe recordarse que el propio Ameghino en 1878 viajó a Europa y allí exhibió su colección paleontológica en la Exposición Universal de París vendiendo luego una colección de fósiles a ciento veinte mil francos al famoso y acaudalado paleontólogo americano Cope. El propio Muñiz ofreció en venta a Darwin otra colección y en 1861 donó otros fósiles a la Academia de Ciencias de Estocolmo.

El descubrimiento paleontológico más importante de Muñiz fue, según los historiadores de la ciencia, el del tigre fósil, por él descrito en 1845, en informe que publicó La Gaceta Mercantil. Se trata de la especie que él llamó Muñifelis bonaerensis, estudiado también por Kaup, Owen, Lund, Cuvier y Blainville, y que en la hodierna nomenclatura científica se denomina Smilodon bonaerensis (Muñiz).

También encontró en Luján huesos de un caballo fósil, bajo el esqueleto de un megaterio. Y otra novedad fue el hallazgo de un árbol fósil en la pampa, que anunció a diversos naturalistas y museos. Las determinaciones del sabio argentino sobre estos fósiles eran exactas, según aserto de Germán Burmeister.

En septiembre de 1841 Muñiz reconoce la existencia del mal de cow pox en una vaca. Saca de las ubres seis costras, las envuelve en láminas de plomo, las sella y las entrega al dueño del animal. Días después y, ante la presencia de testigos y un juez de paz, vacuna a varios niños con las costras. Los resultados positivos no se hicieron esperar. En 1844, la ciudad de Buenos Aires está desprovista de la vacuna por lo que Muñiz se traslada a la metrópoli con una de sus hijas de pocos meses, recién vacunada y con cuya linfa pudieron ser inoculadas más de veinte personas. Lamentablemente la pequeña muere al contraer una enfermedad infecciosa.

Graduado de Médico, Muñiz se aproximaba a los 50 años de edad sin haber obtenido el título de Doctor en Medicina. Entonces, el 17 de septiembre de 1844 presentó su tesis y se le fue otorgado el anhelado diploma. En marzo de ese mismo año Muñiz, pública Descripción y curación de la fiebre escarlatina, anticipándose a un concepto que aún hoy pugna por abrirse camino: el médico es del todo médico sólo si a la vez es psicólogo.

A fines de 1848 resuelve regresar a la escena metropolitana. En abril de 1849, Rosas lo designa Conjuez del Tribunal de Medicina y en febrero de 1850 se hace cargo de la enseñanza de partos, enfermedades de mujeres y niños en la Facultad de Medicina.

Organiza la remisión del material médico necesario para la asistencia de los heridos en la batalla de Caseros. Por el Pacto de San José de Flores firmado el 11 de noviembre de 1859 Buenos Aires se declara parte integrante de la Confederación y renuncia al mantenimiento de relaciones diplomáticas con las potencias extranjeras. Se convoca a elecciones de convencionales con el objeto de proponer reformas a la Constitución Nacional de 1853. En los comicios del 2 de diciembre Muñiz resulta electo pero aún no repuesto de sus dolencias recién se incorpora el 25 de abril. En las elecciones del 5 de agosto de 1860 sale electo senador por la Capital a la legislatura de la Provincia. Poco tiempo dura esta representación pues resulta consagrado diputado Nacional al Congreso de Paraná el 23 de diciembre de ese año. En 1861 remite una nota al Senado de la Provincia comunicándole que se considera separado de este cuerpo por reputar incompatible su desempeño con la diputación nacional. En septiembre de 1861 se designa a Muñiz senador por la Capital. Al año siguiente forma la Comisión de Negocios Constitucionales y establece en octubre de 1862 que la Asamblea General de la Provincia no acepta ley sancionado por el Congreso de la Nacional, en cuya virtud se federaliza por tres años el territorio de la Provincia. Es reelecto senador el 29 de marzo de 1863.

Renovada la contienda civil en 1861 entre Buenos Aires y la Confederación, Muñiz disminuido todavía físicamente ofrece sus servicios en calidad de subalterno y al no tener éxito insiste en su gestión; el gobierno lo designa Jefe de las Ambulancias establecidas en la línea de fortificaciones.

En 1865 sobreviene la Guerra con el Paraguay. Con 70 años a cuestas, Muñiz reitera su patriótica oferta. El Vicepresidente Marcos Paz la acepta y agradece en nombre del país. Vestido de paisano, con instrumental quirúrgico a cuestas se presenta en el Cuartel General de Paso de los Libres ante el sorprendido General Mitre. En febrero de 1866 se le recomienda la organización y dirección de todos los hospitales instalados en Corrientes donde combate la epidemia de cólera y ayuda a morir a uno de sus hijos. Permanece en Corrientes hasta octubre de 1868, año en que fallece su esposa.

En agosto de 1869 renuncia a sus cargos y se retira a la vida privada. La Legislatura de Buenos Aires le rinde homenaje al acordarle una pensión.

A comienzos de 1871, la epidemia de fiebre amarilla invade la metrópoli. El médico en su retiro, no olvida su deber hipocrático y auxilia a las víctimas.

Alberga en su quinta de Morón al joven Francisco López Torres, amigo de su familia, quien no consigue aislarse del mal. Muñiz lo atiende y en tal empeño contrae el mal y muere el 8 de abril. Sus restos descansan en la Recoleta.

Su nombre al frente de un hospital entraña un acto de justicia histórica.

Fuentes: Chavez, Fermín – La Cultura en la Epoca de Rosas / Ivern, Andrés – Rosas y la Medicina / www. revisionistas.com.ar /Lanuque, María Cecilia – Francisco Muñiz, Un Médico Comprometido / Los Hermanos Ameghino. Museo Argentino de Ciencias Naturales.

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miércoles, 7 de abril de 2010

EL TANGO Y EL EJERCITO ARGENTINO


En los comienzos del siglo XX, muchos músicos se inspiraron en el Ejército y brindaron su aporte en composiciones dedicadas a hechos y protagonistas de la epopeya emancipadora que marcaron nuestra historia o, simplemente, a anécdotas de la vida militar.
De las tantas partituras consultadas, privilegiamos las más antiguas, las anteriores a los años 20, una etapa de esplendor de la música ciudadana. Sin seguir un orden cronológico, citamos primero los temas dedicados a los tres enfrentamientos del General San Martín en Chile, en su recorrido libertario: Chacabuco, tango de Carlos Hernani Macchi, dedicado “Al distinguido Dr. Gowland” y llevado al disco por el Cuarteto del Centenario. El autor, violinista y flautista, integró el cuarteto La Armonía junto al Negro Thompson (guitarra), Manuel Firpo (bandoneón) y José Bonano (violín). También estuvo en los conjuntos de Juan Maglio (Pacho) y de Domingo Santa Cruz. Hernani fue gran amigo de Eduardo Arolas y, entre su obra podemos mencionar: Sarita, El reservado y Herminia. El título apuntado hace referencia a la batalla librada el 12 de febrero de 1817, en la cuesta andina de ese nombre, donde San Martín derrotó a los españoles, conducidos por el General Maroto. Los estrategas la han considerado, para su tiempo, un modelo del arte militar.
Otro tango con referencia sanmartiniana es Cancha Rayada, de Alejandro Carlos Rolla quien, acorde a la costumbre de esos tiempos, firmó la partitura con la correspondiente dedicatoria: “A los Sres. Luis A. Terragno y Ricardo B. Bergallo”. Rolla, violinista en la década de 1910, escribió un método de estudio primario de bandoneón; fue maestro de numerosos violinistas y compuso muchos temas, entre ellos: Bicarbonato, Bocanegra, De mi cosecha, El barquinazo, En punta y Plata vieja. A veces usaba el seudónimo Paul Frederik. El título del tango aludido evoca la derrota ante los realistas, conducidos por el General Ordóñez, cerca de la ciudad de Talca.

EMBLEMÁTICO
El tango Maipo, de Eduardo Arolas, registrado por muchos intérpretes (De Caro, D'Arienzo, entre ellos), data de 1918, al cumplirse el centenario de la batalla de Maipú. Un crítico musical dijo: «Notas que erizan la piel. Melodía estremecedora. Dolor con orgullo». El combate fue muy sangriento, duró seis horas y, a partir de esta victoria, se afianzó definitivamente la libertad de Chile.

Un título original
Dos en línea, identifica al tango de Pedro Soffia (1890-1976). “A mis camaradas, los conscriptos del Regimiento 2 de infantería de línea”, reza la dedicatoria. Lo grabó el Cuarteto del Centenario. Este compositor, dedicado a la música de cámara, también hizo otros tangos: Bordoneando, Echale arroz a ese guiso, El archivista, El cabo Fels. Tuvo un conservatorio, fundó la biblioteca Esnaola y, durante 30 años, dirigió la Asociación Argentina de Música de Cámara. Otro título curioso es Cabo de Cuarto, tango de Alfredo Bevilacqua. “Dedicado al Teniente Coronel de la Nación Domingo Cedeyra”. La expresión alude al suboficial encargado de conducir al personal de guardia. En esa misma línea mencionamos El lampazo, tango de Hermes Peresini. “Dedicado al teniente Juan Fernández Otaño”, alusivo al Servicio Militar. Es el mismo autor de Chela y Violetita. El gran Arturo De Bassi compuso el tango El recluta, dedicado “A mis amigos Menéndez y Arturo Astudillo”. Un elemento infaltable en el Ejército, El clarín , sirvió de título a un tango de Carlos Nasca, quien compuso también ¡Atención…! dedicado “al Sr. D. Martín” y, entre otros, El Gaucho Relámpago, “Dedicado al Teniente Coronel Fermín Barrera Pizarro”.

MÁS TÍTULOS
Por lo general, todos estos tangos fueron instrumentales, carecen de letras, como: Conscriptos, del pianista Pancho Nicolín, “Dedicado a los Señores Jorge Durán, Miguel Suárez, Virgilio Poggi y Raúl Quiroga”, y suyo también es el tango Tocalo más fuerte . El tango Derecho al Cuatro, de Juan A. Buratote, “Dedicado a mis amigos Antonio Bozzolla y Rodolfo Parodi (hijo)”, es el único que se conoce de este autor. Del tango Diana, de R. Mazzeo. “Dedicado al amigo Pedro Estillo”, tampoco hay datos del autor. Podría tratarse de Alfredo Rosario Mazzeo, quien fue violinista de Juan D'Arienzo y compositor de Lamento, Los 33 Orientales (homónimo de la obra de Eduardo Pereyra, que luego se convertiría en La uruguayita Lucía), y La muchacha del tango, con letra de Luis Rubistein, entre otros. Seguimos recordando más temas de la guardia vieja relacionados con el Ejército: R.4 (Regimiento 4 ), tango de Eusebio Severo Giorno, de 1913.
Dedicado a jefes y oficiales del R.4 de infantería”. El autor figura entre los socios de Sadaic, en los años '40. Otro título es el El artillero, de Eduardo y Juan José Villegas, “Dedicado a la clase 1895 de la R. P. Montada”. Fue llevado al disco por el Cuarteto del Centenario. Sólo Juan José, figura en Sadaic en 1941. Centinela alerta, es un tango de Arnaldo Barsanti (1889-1971), quien fue director, compositor y autor teatral. Dirigió el Quinteto Polito en la grabación del tango Chupadedo. Admiraba la música clásica; así varias de sus composiciones tangueras llevan títulos de óperas: Otello, Rigoleto, La traviata, Trovatore y de obras nacionales, es el caso de Las de Barranco. También hizo Anastasio, el Pollo (una de las mejores versiones grabadas por la orquesta de Miguel Nijenson). Fue cónsul en Alemania, antes de la segunda guerra mundial. Epopeyas (1810-1910) es el título de un tango de V. V. Guridi, sin más datos sobre este tango, obviamente relacionado con el Centenario de Mayo.

CURIOSIDAD
El tango 6ta del R2, es el título primitivo del clásico Inspiración, de Peregrino Paulos. “Dedicado a la sexta compañía del regimiento 2 de infantería”. El título se lo sugirió su hermano, el pianista Niels Jorge Paulos (luego Nelson Jorge), en homenaje a sus compañeros del servicio militar. El tema fue conocido, en 1918, a través de la orquesta de Augusto P. Berto. Cuando lo grabó Roberto Firpo, en 1922, ya tomó su título definitivo. No se conoce la partitura original. Tuvo numerosas versiones y fue Luis Rubistein quien le puso una letra que nada tiene que ver con la intención inicial. El primer cantor que lo grabó fue Agustín Magaldi.
Hay un tema de nombre Granaderos argentinos, lancero, de Miguel Sciutti, desconociéndose otra información. En la línea de fuego , es un tango de Alberto Rodríguez, dedicado “A mi querido amigo Hernando Sañudo”. El autor nació en Tacuarembó, Uruguay, era bandoneonista y está considerado el maestro de Minotto Di Cicco, quien fuera durante cuatro décadas primer fueye de su connacional Francisco Canaro. Alberto Rodríguez vivió muchos años en Avellaneda e integró las primeras formaciones de Osvaldo Fresedo, quien le registró once temas (de 1925 a 1933), entre ellos: Acuarelas, Flores, Del pasado, Percantina y Tus ojos.

CORRENTINO DE LEY
El conocido músico Manuel Campoamor compuso el tango Sargento Cabral , “Dedicado al distinguido señor Leopoldo Corretjer”. Grabado por el Cuarteto del Centenario, se trata de un homenaje al sargento correntino Juan Bautista Cabral, que el 3 de febrero de 1813, en el combate de San Lorenzo y, a costa de su vida, salvó al General San Martín de un riesgoso trance, atrapado bajo su caballo. Por su parte, el antes citado Augusto P. Berto, polifacético instrumentista y compositor (La payanca, Don Esteban) hizo el tango Curupaytí, “Dedicado a mis amigos Luis Teisseire, José Fuster y Espinosa Nava”. Era una localidad de la República del Paraguay, ubicada en la confluencia de los ríos Paraguay y Paraná.

Allí, el 22 de septiembre de 1866, las fuerzas de la Triple Alianza al mando del General Mitre, con 20.000 hombres, atacaron a los paraguayos al mando del General José Eduardo Díaz, quien rechazó el avance rival. Hubo 5.000 bajas. Seguramente deben existir más tangos, entre los 70.000 registrados en Sadaic, que involucren a nombres y acontecimientos relacionados con la lucha emancipadora de los primeros tiempos de la consolidación de nuestra patria, según la concibieron personajes que se la jugaron en momentos por cierto muy difíciles, a principios del Siglo XIX. El tango, por lo visto en esta reseña, no ha permanecido ajeno en cuanto a reconocer esos valores, ciertamente despojados de otro interés que no fuera el amor a su terruño.
Fuente: Bruno Cespi y Néstor Pinsón

Gestas patrióticas
El rechazo de Buenos Aires a una tentativa invasora, considerado como uno de los hitos en la historia argentina, dio lugar al tango Reconquista , de Alfredo Bevilacqua. “Dedicado al escribano Esteban Benza”. Lo grabó el Cuarteto del Centenario. Se refiere a la primera invasión inglesa del 27 de junio de 1806. Comandaba las tropas el Brigadier William Carr Beresford. Luego de dos semanas, cuando la ciudad ya estaba a punto de ser sometida, la resistencia criolla, bajo el mando de Santiago de Liniers, un francés al servicio de la corona española, logró reconquistarla. Los ingleses se rindieron el 12 de agosto, fecha hoy lamentablemente poco recordada. El tango Tacuarí, de Juan Maglio (Pacho), fue grabado por el autor y, también, por el Cuarteto del Centenario. Evoca la heroica batalla del 19 de marzo de 1811, en Paraguay, donde el General Manuel Belgrano con un puñado de hombres y una gran astucia, logró hacer retroceder a 2.000 soldados del enemigo, para luego pactar con el comandante español una retirada digna, con intercambio de prisioneros.


Maipo (Tango – 1918)

Vuelve a mí, recuerdo del ayer
con el brillar de luces en escena;
siempre el mismo fulgor,
las viejas candilejas

son como estrellas...
Otra vez, vibra en la noche aquel
sueño de amor y canto del pasado;
sombras que corretean
por este viejo tablado de ayer.

Marquesinas de mis sueños,
mil destellos de colores,
figuras esculturales,
nombres que están olvidados...
corre el tiempo y el recuerdo
se entrelaza con la pena...
el sabor de cosas de antes
guardadas con tanto amor...
El viejo Maipo nos vio bajo sus luces
aquellos días tan llenos de ternuras
soñar amores que fueron embeleso...
con toda el alma, con toda la ilusión,
con estas notas, con este tango triste,
quiero contarte teatro de mi pueblo
aquello que guardé en mi corazón,
tal como lo viví... tan lleno de emoción.
Música: Eduardo Arolas.


Este tango, registrado por muchos intérpretes (De Caro, D'Arienzo, entre ellos), fue compuesto en 1918 al cumplirse el centenario de la batalla de Maipú. Más actual, usufructuando la bella melodía de Arolas y su título, el escritor y autor teatral Elio Marchi le adosó la letra precedente, que nada tiene que ver con el histórico hecho, sino con el porteño teatro Maipo
Fuente: Hugo Gregorutti para Diario Soldados Digital.

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martes, 6 de abril de 2010

ALGUNOS TÉRMINOS MILITARES MUY EMPLEADOS, DE ORIGEN POCO CONOCIDO


Prácticamente todos los que profesamos la carrera de las armas, solemos utilizar la palabra “castrense”, cuando nos referimos a algunos de los aspectos que tienen relación con ella. Pero, ¿sabemos realmente cuál es el origen de este término y cuál es su significado?
Podríamos afirmar, y sin mucho esfuerzo, que es muy remoto, ya que averiguando prolijamente en sus antecedentes y etimología, descubrimos que deriva del término latino castrum. Este era el campo atrincherado y fortificado en el que las legiones romanas pasaban al descanso luego de las jornadas de marcha o de combate. Muchos de ellos, con el tiempo se convirtieron en pueblos, tal como nuestros fortines de la frontera con el indio constituyeron mojones de civilización.
Así pues, castrense, sería un adjetivo que en general puede aplicarse a todo lo que pertenece a campamentos, campos, militar, guerra y a todo lo que con estos términos y conceptos se encuentra relacionado.
La versión castellana del término latino, sería la de castro, vocablo que aparte de constituir un apellido de netas reminiscencias militares, resulta muy empleado en España, ya que viene a ser el nombre genérico con que se denominan determinados cerros y alturas desde las cuales pueden dominarse los valles y en los que, muchas veces y debido a las necesidades, se construyeron fortificaciones de importancia.
Éstos normalmente se encuentran seguidos de alguna terminación, por ejemplo Castrobol, Castro Cóntrigo, Castro del Rey, Castro del Río, Castro Gonzalo, Castrogeriz, Castromocho, Castro Nuño, etc, nombres todos hoy de pequeñas localidades o aldehuelas en los antiguos reinos de Asturias, Galicia y León.
Los estudios arqueológicos e históricos que podrían hacerse de estos sitios mostrarían la conjugación de los sistemas estratégicos practicados primero por las antiguas legiones romanas y seguido posteriormente por los señores feudales, durante la Edad Media. Este sistema tenía por objeto montar una guarnición militar en un punto dominante del terreno y a los pies de éste, para extender a sus pies los campos de cultivo y lugares de vivienda de los siervos de la gleba que servían al señor del lugar.
Particularmente en Galicia se conservan notorios vestigios de trabajos de minería, fortificación y primitivos asentamientos poblacionales, lo que denota que los romanos nunca dejaban de fortificarse. Cabe agregar también, que Castro ha devenido en convertirse en un típico apellido gallego. Como curiosidad, en un antiguo diccionario geográfico español, conocido por el apellido de su autor, Madoz, se define al Castro como una colina [...] una colina, a media legua de Ponferrada, de bastante altura, cuya cúspide se ha allanado artificialmente, rodeándola con un foso y construyendo con la tierra sacada de él, un parapeto o trinchera; en el centro hay vestigios de un foso o cisterna y en el parapeto, hay señales de haber habido una sola entrada. En el día está cubierta de madroños y otros arbustos y al arrancarlos suele encontrarse alguna moneda romana, espuelas, etc.
El curioso que viaje desde Astorga a Santiago puede observar la serie no interrumpida de estas fortificaciones con que se tenía a raya el país con pocos destacamentos, que fácilmente se auxiliaban y entendían por señales: en todas partes conservan el nombre de Castro.

Con la misma descripción, añade el mismo diccionario que estos sitios habrían sido usados como lugares de oración y ritos religiosos por parte de los antiguos druidas o sacerdotes celtas. Posteriormente, el pasaje del tiempo, les habría cambiado de ocupantes pero no de función, ya que habrían sido utilizados por los moros y luego por los señores feudales, para las funciones defensivas ya descriptas, todo lo cual remarca la importancia de la fortificación militar advertida tan remotamente y tan continuamente aprovechada.
Castros, recintos, fortalezas, fortines, cuarteles… lugares tan comunes para quienes profesan la milicia, hacen a veces cotidiano y muy usado el término, pero esconden su verdadero significado. Esos oteros, parapetos y lugares protegidos, ubicados en alturas, que servían para avizorar el horizonte, proteger del taimado y sorpresivo enemigo, tienen su origen en aquellas lejanas legiones romanas que marcaron caminos, senderos, puentes, acueductos y fortificaciones a toda la vieja Europa, dejando para la posteridad, un nombre que usaríamos hasta nuestros días, indicando la presencia de un lugar donde está presente el espíritu y la acción de la Milicia.
Fuente: Diario Soldados Digital 2010.

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lunes, 5 de abril de 2010

ANIVERSARIO DE LA BATALLA DE MAIPU


Atento al avance español, San Martín, convencido de su plena capacidad para oponerse al mismo consideró esta geografía como la más adecuada para presentar batalla. El dispositivo patriota se desplegó, el 4 de abril, sobre Loma Blanca y el realista, al mando de Osorio, sobre la elevación triangular. En las primeras horas de la mañana siguiente, el Libertador hizo el reconocimiento de la posición enemiga, observando que el grueso de las fuerzas españolas se había desplegado sobre un costado de la meseta previendo la posibilidad de un envolvimiento del mismo. El jefe realista había mandado emplazar dos cañones sobre el cerro Errázuriz y reforzado su artillería con cuatro compañías de Cazadores. Según el relato de O’Brien, San Martín exclamó: “Osorio es más torpe de lo que yo creía. El triunfo de este día es nuestro: ¡el sol por testigo!”

El plan realista fue defensivo, pues Osorio, en su parte del 17 de abril, manifestó que esperaba conocer las ideas de San Martín. El jefe español distribuyó sus fuerzas en línea, sobre la base de tres agrupaciones: Primo de Rivera (compañías de Granaderos y Cazadores), Morla y Ordóñez. En el ejército realista algunos jefes, como Ordóñez y Morgado, sostenían la necesidad de una actitud ofensiva, tal cual había ocurrido en la junta de guerra previa a Cancha Rayada. Estos disensos se hicieron sentir también durante el combate y contribuyeron a la derrota española en Maipo. Un aspecto interesante del dispositivo inicial de Osorio fue que no dejó reserva: durante la batalla intentó organizarla sobre la base de la agrupación de Granaderos y Cazadores de Primo de Rivera, pero fue imposible por estar este jefe empeñado en combate con la división de Las Heras.

El plan y el dispositivo de San Martín, en cambio, fue ofensivo, aprovechando las ventajas del terreno para lograr una rápida victoria. Comprendió dos líneas y tres divisiones: Las Heras, al oeste;
Alvarado, al centro-este y la reserva, con tres batallones a órdenes de Quintana, centro y retaguardia.
La batalla se inició con un intenso fuego de la artillería patriota, que fue contestado por la realista. Era cerca del mediodía del 5 de abril de 1818. La división Las Heras encabezó el ataque a la posición de Primo de Rivera, con el fin de conquistarla y amenazar luego el flanco del dispositivo enemigo. La artillería española de los cerrillos de Errázuriz, abrió fuego de flanco sobre el Batallón No 11, sin detenerlo, mientras que los Dragones de Morado cayeron sobre Las Heras, quien ordenó a Zapiola para que los contuviera.

Entre tanto, la artillería de Blanco Encalada trataba de neutralizar el contraataque de los Dragones. Los dos escuadrones que encabezaban la formación de los Granaderos a Caballo, a las órdenes de Escalada y Medina, arrollaron a los Dragones empujándolos hacia el flanco noroeste del dispositivo realista (división “Morla”), pero, después de sufrir bajas, fueron obligados a replegarse. Reorganizados, con cuatro escuadrones, volvieron los Granaderos patriotas al ataque, haciendo desaparecer a los Dragones del campo de batalla.

El Batallón N 19 se posesionó de una pequeña altura desde la cual amenazó a los batallones Burgos y Arequipa. Cuando la División Alvarado, acompañando el avance de Las Heras, se encontraba a media distancia de la primera línea realista, Ordóñez ordeno un contraataque frontal con toda su división, que fue acompañada por los batallones Burgos y Arequipa. El Libertador ordenó, inicialmente, que la artillería de Borgono tratara de detener tal reacción, cosa que pudo concretar “con fuego de metralla”, pero sin impedir una cierta vacilación que fue salvada por la oportuna presencia de Quintana con la reserva.

Este fue el momento crítico de la batalla. Las Heras ordenó que el Batallón “Infantes de la Patria” concurriera en ayuda de Alvarado, para equilibrar la situación. Si bien la caballería realista del flanco derecho había sido cargada y derrotada por Freire, subsistía el peligro del avance de Ordóñez. San Martín dispuso el rápido movimiento de la reserva, que con sus tres batallones ejecutó un ataque al flanco derecho del dispositivo español que había iniciado el contraataque.

El brigadier Osorio, antes de producirse la crisis patriota, había dispuesto la concurrencia de Primo de Rivera como reserva. Esta orden, que inicialmente podría haberse cumplido con cierta dificultad, se ejecutó en el peor momento, porque los efectivos de Errázuriz estaban aislados del resto de la acción. En el cuadro final de la batalla, el dispositivo realista fue rodeado por la división Las Heras al oeste, Alvarado en el centro y Quintana al este. Ambas caballerías patriotas, de Zapiola y de Freire, completaron el cerco. Osorio trató de replegarse sobre la hacienda “Los Espejos”, y no consiguiéndolo, huyó en dirección a Talcahuano. Ordóñez ofreció la última resistencia en la misma hacienda, viéndose obligado a rendirse en menos de media hora.

La batalla finalizó hacia las seis de la tarde: los españoles tuvieron 2.000 muertos y fueron hechos prisioneros unos 3.000 hombres. Perdieron toda la artillería, parque y servicios logísticos, además de numeroso armamento. El ejército patriota sufrió la perdida de 1.000 hombres, entre muertos y heridos. La batalla se ejecutó como una típica acción de aniquilamiento.

Podemos afirmar que el triunfo patriota de Maipú consolidó la independencia de Chile, contribuyendo, en gran medida, a asegurar la futura expedición sobre el Perú y a hacer posible la acción vigorosa de Bolívar en Colombia y Venezuela. Expuso, claramente, el genio de San Martín y demostró su capacidad de recuperación después de Cancha Rayada.

Fuentes: www. revisionistas.com.ar / Picciuolo, José Luis – La Batalla de Maipú – Instituto Nacional Sanmartiniano

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