miércoles, 4 de mayo de 2011

EL TALLER DE HERRERÍA Y MORRIONES DEL REGIMIENTO DE GRANADEROS A CABALLO



Una actividad artesanal que se mantiene por la mística y el sentido de identidad del cuerpo.
Se dice que la mística y el espíritu de cuerpo en las organizaciones militares, se sostiene y fomenta como una forma de fortalecer la unión dentro del personal que las integra, vertebración identitaria que permite su cohesión, subordinación, valor y eficiencia operacional. Estos valores conviven y se vivencian en forma particular en las unidades más emblemáticas, cargadas de historia y hechos de armas gloriosos.
Recorriendo el antiguo cuartel del histórico Regimiento de Granaderos a Caballo “General San Martín”, cada rincón nos ofrece un detalle particular que revela el orgullo que manifiesta su personal, de pertenecer al Regimiento que liberara a medio continente: los nombres de los escuadrones y calles internas, las distinciones de honor que recibiera en la corta pero gloriosa primera etapa de su existencia, su museo histórico, de numeroso y riquísimo acervo; monumentos y placas de bronce que recuerdan los hechos heroicos protagonizados por el Regimiento; el orgullo y sentido de pertenencia demostrado por pasadas clases de conscriptos que revistaran en esta histórica unidad, reflejados en infinidad de placas recordatorias y el cuidado y esmero que se observa permanentemente en las viejas cuadras, llenas de lustrosas placas de bronce que recuerdan a quien las observa, que está circulando dentro de un templo dedicado a honrar las tradiciones más caras de la Patria.
El Regimiento, desde su creación el 16 de Marzo de 1812, actuó durante trece años ininterrumpidos de duras y gloriosas campañas. Posteriormente, regresó desde el Ecuador, ya libre de toda opresión, al mando del coronel D José Félix Bogado, paraguayo de nacimiento, que se uniera como soldado al primitivo y recién creado Escuadrón, pocos días después del combate de San Lorenzo. En 1826, Buenos Aires acudió en tropel, al decir de Sarmiento, para ver entrar a esos últimos 120 hombres, entrar callada, altiva y orgullosamente, a depositar sus armas y estandartes en el cuartel que los cobijara por vez primera. Su tarea, había terminado y el Regimiento se disolvía, sin pompas, pensiones ni reconocimientos. De ellos, sólo 7 pertenecían a los que primitivamente se habían formado en los campos de instrucción próximos al cuartel. De un total aproximado a los 1000 hombres que se calcula que habían pasado por sus filas, sólo 120 regresaron. El resto había quedado a lo largo de todo el continente, sirviendo en otras unidades de caballería de naciones hermanas o abonando con sus huesos el suelo de las nuevas naciones ya libres de opresión.
El orgullo de la pertenencia y su identificación con la unidad, llevaron a que tras su regreso, esos centauros fueran designados, como Escolta Presidencial por Bernardino Rivadavia, y que al estallar la Guerra con el Imperio del Brasil, volvieran a la brega, participando en todas sus campañas hasta Ituzaingó, gloriosa acción, tras la cual, los últimos restos de la Unidad, desaparecieron.En 1903, setenta y siete años después de su disolución, se recreó, pasando en 1907, nuevamente, a ser designada como Regimiento Escolta Presidencial. Lucía por entonces, con algunas pequeñas pero galanas modificaciones, el mismo uniforme con el que bizarramente combatiera en una trayectoria jalonada sólo por hechos heroicos, gloriosos y cargados de generosos afanes libertarios.
Ese uniforme que aún hoy llevan, después de más de cien años de haber sido recreado, fue diseñado con características más modestas por quien fuera su organizador y primer jefe, el coronel y luego, general y Libertador, Don José de San Martín. Su estilo y confección es de inspiración francesa. Incluía como cubrecabeza, tal como continúa siendo usado hoy, un morrión o “casco”.
Como se acostumbraba en los ejércitos de aquella época, el cubrecabeza cumplía con varias funciones: protección contra el sol, la lluvia, el frío… y el enemigo, además de identificar con diversos abalorios, el país, cuerpo, arma y jerarquía de quien lo usaba. Generalmente, se confeccionaba con suela fuerte, forrada con paño, por lo general del mismo color que el uniforme y poseía una visera recogida, ribeteada en su borde en chapa de lustroso bronce. El material de confección, embotaba el filo de los sablazos. La otra cumplía con la función de proteger los ojos y nariz del sol, al mismo tiempo que de los tajos y planazos de los sables enemigos. El pompón frontal, antaño de color verde y hoy, rojo oscuro, tenía antiguamente como función, el identificar la unidad de pertenencia. Actualmente, el rojo vivo que tenía a su recreación, devino en el tono grancé, característico del Arma de Caballería.
Las cintas que circundan la parte superior, tapa o “imperial” del morrión, son rojas para la tropa y los suboficiales, amarillas con bordados romboidales para los oficiales subalternos y amarillas con bordados de laureles para los oficiales jefes.
Los cordones y borlas que cuelgan sobre el costado izquierdo, también identifican con el color rojo a los suboficiales y tropa, con rojo y amarillo, a los oficiales subalternos y con amarillo oro, a los oficiales jefes. Tienen sobre ese costado, dos “raquetas”, confeccionadas en cordón entretejido, de las que penden sendos pompones con flecos de los mismos colores que los cordones. Se llaman “forrajeras” y las mencionadas raquetas, “galápagos”, en alusión al parecido que tienen con caparazones de tortuga. Tenían antaño como función, proteger el costado izquierdo de la cabeza, de cortes en la oreja o mejilla, y enredar los sablazos enemigos, sobreentendiéndose que el costado derecho quedaba a cubierto por el brazo que manejaba el sable para parar golpes, hacer resbalar otros y descargar furiosamente el filo propio contra el enemigo. Los cordones mencionados dan la vuelta al morrión, suspendiéndose a los costados de dos remaches confeccionados en bronce estampado con forma de cabeza de león, de la que sobresale un gancho para sostenerlos.
Hoy en día, el cuerpo del morrión es más bajo que antaño y de una atractiva y altiva forma tronco cónica, confeccionado en un fuerte cartón impregnado de goma laca para impermeabilizarlo. Antiguamente los había rectos, altos y verticales, muy usados por diversos cuerpos ingleses, recibiendo en este caso, el nombre de “stove pipe” (tubos de chimenea). También eran más altos los penachos o pompones, para impresionar la visión desde lejos de las apretadas filas, dando la idea de enfrentarse a hombres altos, fuertes y fornidos. Contribuía a ello el uso de altos cuellos que llevaban bajo el paño, refuerzos de cuero y pañuelos de cuello, que ayudaban a protegerlo de los sablazos en esta parte del cuerpo. La misma función, tenían las charreteras, además de la de identificar los diversos grados de la escala jerárquica. Volviendo al morrión, diremos que de la parte inferior de ambos costados desciende por las mejillas y pasa por debajo del mentón el barbijo, confeccionado en charol negro, guarnecido con escamas de bronce denominadas “carrilleras”, sirviendo para proteger la cara de los tajos. La parte inferior del cuerpo tronco cónico del morrión está forrado de charol negro. Al frente se destaca el antiguo escudo de las Provincias Unidas, bordeado de laureles y banderas, debajo del cual, se encuentra una decorativa media luna, en cuyo centro se destaca en relieve, el emblema característico del Regimiento, consistente en una granada flamígera. Por encima del escudo, lleva una gran escarapela nacional de mostacilla para los oficiales jefes y de chapa estampada y pintada para el resto del personal.
Todo un conjunto de símbolos, que más allá de la notoria vistosidad que tienen, encierran la actual rememoración que hoy hacemos de las pasadas glorias de esta histórica unidad.Pero cabe preguntarse cómo se hacen estos llamativos cubrecabezas, que más allá de representar e identificar de inmediato a la unidad aún para el más lejano desconocedor de estos aspectos, nos habla en cada detalle, de sus componentes y significados, así como de valores que se perpetúan y de un pasado glorioso que se desea mantener incólume.Averiguando, nos enteramos que el mismo Regimiento los fabrica y también repara, en un escondido y pequeño taller, en el que también se estampan en bronce todos los distintivos, accesorios y detalles metálicos de los atalajes, cabezadas y material de caballada de los escuadrones montados. A la cabeza de quienes afanosamente se ocupan de fabricar y mantener los detalles de uniformes y equipo de esta histórica unidad, se encuentra el Agente Civil Héctor Palomba, quien trabaja allí desde hace más de 24 años, habiendo aprendido el oficio de su padre, Oscar, quien trabajara durante más de cuarenta años, primero en el Comando de Intendencia y luego en el mismo Regimiento. Lo secundan en esta labor, cinco verdaderos artesanos, dedicados cada uno a varias especialidades de la producción del taller: Pedro Toñanes, los hermanos Jesús y Alberto Argañaraz, Aldo Cabrera y Jorge De Luca. Todos se ocupan laboriosamente de estos trabajos artesanales en el quehacer cotidiano, esmerándose con cariño y orgullo en dar lo mejor de sus largas trayectorias y experiencias, para mantener en alto los símbolos de un Regimiento cargado de gloria y que es parte de la Patria misma.Cada uno es consciente de que la dedicación, empeño y voluntad que cotidianamente ponen en su trabajo, reluce en las prendas de los hombres y en el enjaezado de los montados, pero sobre todo, porque provocan un redoble especial de los latidos del corazón, cuando de lejos se comienzan a escuchar los bronces y timbales de la Fanfarria “Alto Perú”, anunciando con expectante emoción, la proximidad de avance del glorioso Regimiento. Silenciosamente, este pequeño grupo de artesanos, todos veteranos conocedores de sus oficios, saben que contribuyen a alimentar la mística de la Milicia , el espíritu de cuerpo de la histórica unidad y a través de todo ello, a recordar y homenajear agradecidos, a quienes nos legaran la Libertad e Independencia
Fuente: Archivo Diario Soldados Digital, 21/07/08.










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