martes, 14 de diciembre de 2010

EL MATE


Un oficial del Ejército Nacional vistiendo la levita, el quepí y los pantalones reglamentarios, posa junto a su asistente. Este, cebándole mate, viste un informal atuendo compuesto por una chaqueta de color claro, pañuelo al cuello, quepí del Ejercito Nacional, chiripá criollo, calzoncillos largos y botas de potro sin puntera.
Fuente: "Soldados 1848-1927" de la Fundación Soldados.


lunes, 13 de diciembre de 2010

ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL GENERAL MANUEL DE ESCALADA


El 13 de diciembre de 1871 fallece en Buenos Aires el General Manuel de Escalada. Ingresó al ejército como Alférez de la 1ª. Compañía del 1er. Escuadrón del Regimiento de Granaderos a Caballo, en septiembre de 1812. Participó en el combate de San Lorenzo, del 3 de febrero de 1813. Integró el Ejército del Norte, asistiendo a los combates de Puesto del Marqués, Venta y Media y Sipe-Sipe. Como parte del Ejército de los Andes combatió en Chacabuco, siendo parte de las cargas de caballería que definieron la victoria sobre el ejército español. Después de la batalla fue el encargado de llevar a Buenos Aires el Parte que el General de San Martín dirigió al Director Supremo de las Provincias Unidas, diciendo: "En 24 días hemos cruzado las más altas cordilleras del globo y hemos batido al enemigo". Había nacido en Buenos Aires el 17 de junio de 1795.


“Organizado el Ejercito de los Andes, traspuso la cordillera y desembocando en las faldas y llanuras, tuvo la gloria de intervenir en la victoria de Chacabuco. Terminada la batalla, le cupo el honor de llevar a Buenos Aires el parte con la noticia del triunfo. La orden fue cumplida en un tiempo comparable al del famoso episodio histórico de la noticia de la victoria de Maratón. Partió de la Cuesta de Chacabuco la misma noche del 12 de febrero de 1813 y era el 14 de febrero a las tres de la tarde, que a gran galope, lleno de polvo, radiante de entusiasmo y desplegando una bandera prisionera española, apareció exclamando “¡Victoria!” en la plaza de Mendoza, el Sargento Mayor Escalada portador de la noticia del inmortal triunfo de Chacabuco.
Había franqueado en menos de 48 horas, la distancia de 90 leguas que hay desde la cumbre hasta Mendoza. El viaje restante hasta Buenos Aires lo realizó con la misma celeridad, y llegó a la capital a las tres de la tarde del 26 de febrero: había recorrido 310 leguas, 2329 kilómetros desde el lugar de la batalla en 11 días. “Al recibirse la noticia de la victoria, fue un día de locura para el pueblo”, escribía Pueyrredón a San Martín. Esta ruda prueba fue mas que suficiente para probar el temple del bravo y joven oficial de Granaderos, quien regresó a Chile en cuanto terminó su cometido después del indispensable descanso por tan dura fatiga. Manuel de Escalada, arquetipo de lealtad y subordinación, ejemplo de entusiasmo y convicción, fue el transmisor de las felices y vitales informaciones del Ejército Libertador. Hoy es recordado por la moderna Arma de Comunicaciones como uno de sus arquetipos y como ejemplo de imitación.”
Fuente: Ejército y los albores de la Patria de la fundación Puerto de Palos. Bs. As. 2005.-



domingo, 12 de diciembre de 2010

SE INAUGURA EL MONUMENTO AL EJÉRCITO DE LOS ANDES, EN EL CERRO DE LA GLORIA.


El Monumento al Ejército de Los Andes, es una obra artística del escultor uruguayo Juan Manuel Ferrari, se encuentra emplazado en el Cerro de la Gloria, Parque General San Martín, en la ciudad de Mendoza, República Argentina.
El Monumento se originó como iniciativa del Gobierno Nacional para celebrar el centenario de la Independencia Argentina, para ello se contrata al escultor uruguayo Juan Manuel Ferrari, quién colaboró con un equipo de artistas argentinos integrado por Juan Carlos Oliva Navarro, Víctor Garino, Víctor Calistri, Víctor Guarini y Víctor Cerini, además del ingeniero José García encargado de la fundición del metal de la estatua ecuestre de José de San Martín.
En 1911 Ferrari elige el Cerro del Pilar como en ese entonces se denominaba al actual Cerro de la Gloria para la ubicación de la obra, ese mismo año se coloca la piedra fundamental, base que sostiene al conjunto de esculturas, relieves y frisos.

Descripción
Sobre una base de piedra, se erige la estatua ecuestre del General José de San Martín, a ambos costados de esta se encuentran representados mediante relieve el cuerpo de granaderos a caballo; en los laterales y en la parte posterior se ubican tres frisos que relatan los sucesos más notorios de la formación del ejército, al costado Este se ubica la figura de Fray Luis Beltrán, destacado por su maestranza; en el costado Sur se observan las figuras del pueblo: las damas donando sus joyas y pertenencias de valor y los más humildes colaborando con elementos varios; en el costado Oeste se cuenta la partida del batallón hacia Chile, y se resalta la figura del tropero Sosa.
En la parte superior, se simboliza a la Libertad con cadenas rotas en sus manos, a su alrededor se levantan un grupo de granaderos a caballo al ataque, un poco más abajo se aprecia un cóndor planeando vuelo. En la pared Este se encuentra insertado el escudo argentino, mientras que en la Oeste se encuentran los escudos chileno y peruano; países que el militar argentino liberaría respectivamente.
El escudo Argentino tiene parte de sus laureles incompletos, esto simboliza que San Martin no completo su campaña, que era formar una sola nacion con todo el continente Sudamericano. San Martin tuvo que abandonar su campaña en Peru por su salud.


http://www.fotolog.com/ejercitonacional

viernes, 10 de diciembre de 2010

EL UNIFORME DE LOS CADETES DEL COLEGIO MILITAR DE LA NACIÓN


El uniforme no es solamente “un vestido peculiar y distintivo que usan los militares por concesión o por ley”. No siempre fue un traje, sólo bastaba en ocasiones, un penacho, un símbolo o un emblema, para que se “uniformara” a un grupo de hombres. El objeto era distinguir, identificar, individualizar un cuerpo. Pero algunos de ellos se convirtieron en verdaderos íconos de los ejércitos a los que pertenecían. Éste es el caso del uniforme de los Cadetes del Colegio Militar de la Nación.
Vestir un uniforme es algo muy especial, y más cuando se lo hace a una edad en la que todo se idealiza y adquiere un matiz romántico y lírico. En ese uniforme se encarna la vocación de servir desinteresadamente, al igual que un antiguo caballero a una causa noble, a la Patria. La investidura, entonces, supone una predisposición intelectual y espiritual. Intelectual porque se debe tomar conciencia del significado de estos paños y qué cosas se deben defender como valores inmutables y permanentes. Espiritual porque se necesita estar en gracia de Dios, libre de espíritu y tranquilidad de conciencia.
Este uniforme ha variado en su forma pero no en su fondo, representando valores que han sido defendidos por hombres de la talla de Saavedra, quien fue uno de los forjadores de la Patria; Belgrano, que dio los colores a la bandera; San Martín, que dio la gloria a nuestras armas; Las Heras, que fue ejemplo de subordinación y valentía; de los generales Riccheri, Savio y Mosconi, contemporáneos forjadores de un Ejército Argentino más pujante; y también de los jóvenes oficiales que, a poco de egresados, derramaron generosamente su sangre, en pos de sus ideales de una Patria mejor, como Berdina, Massaferro y Barceló. Otros, como Larrabure, son ejemplo de abnegación y entrega suprema ante un enemigo cobarde y artero. Por último, otros jóvenes como Estévez, mostraron en el campo de combate de una guerra convencional, en el intento supremo de recuperar nuestras Islas Malvinas, la grandeza sin tacha del soldado argentino.

EL SIGNIFICADO DEL UNIFORME
Más de un siglo ha transcurrido desde el uso de aquel viejo uniforme compuesto de “blusa de paño azul oscuro con reverso de terciopelo, chaleco y pantalón del mismo paño con franja punzó, botines a la Crimea y kepi”, y muchos años más han pasado desde las solemnes entregas de armas e investiduras de aquellos guerreros que encontraban en la milicia su modo de santificación.
El paso del tiempo no pudo variar la esencia de los hombres de armas que permanecen fijas, inmóviles, idénticas, más allá de los cambios, de los gustos y las modas circunstanciales. Antaño, el distintivo exterior del soldado fue su uniforme. Pero ese no era (ni es) más que la exteriorización de una uniformidad interior que esos bravos llevaban, unían y reunían. Así llegaban a ser un sólo sentimiento, un solo corazón, una sola voluntad, una sola idea y uno solo frente al enemigo.
Los uniformes son la manifestación de una comunión espiritual verdadera y, aunque en su confección no haya habido una intención deliberada, los uniformados siempre han buscado un significado en esas prendas que, con devoción, usan. Una respetable tradición se ha transmitido a través del uniforme de nuestros cadetes. Predomina en él el azul, cual horizonte que recuerda la búsqueda constante de los permanentes, el llamado a trascender y a lo trascendente y la invitación a lo divino.
Los vivos rojos simbolizan la abnegación y su modo supremo, el sacrificio. Representa la sangre derramada por la multitud de muertos por la Patria y nuestra disposición perenne de ofrendar la vida entendiendo la muerte como un acto más del servicio, pero así mismo, el acto más sublime del servicio. Es además, sinónimo de valor, victoria y alteza.
El color blanco en la gorra, en los guantes, en la cabeza y en las manos, representa la pureza de pensamientos y la nobleza de los ideales en el primer caso y la integridad de proceder en el segundo caso. Es también la firmeza, la vigilancia, la integridad y la obediencia. Los botones son dorados; siete adelante y cuatro atrás. Los primeros simbolizan los sacramentos donde el cadete debe buscar la fuerza, el alimento, la salud y la vida. Los de atrás, configuran las virtudes cardinales que debemos adquirir y practicar para un mejor servir en la milicia: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Ese color dorado es símbolo de la dignidad, lealtad y constancia en nuestro obrar.
El cinturón muestra al cadete ceñido, envuelto doblemente por Dios en el cumplimiento de sus mandamientos y por la Patria en la obediencia y subordinación para su defensa. Los símbolos patrios, escarapela y escudo nacional, presiden desde lo alto todo el uniforme. Ocupan por privilegio el centro de la gorra.
El distintivo del Colegio Militar de la Nación, usado desde los primeros días de su fundación, consta de un castillo rodeado de dos gajos de laureles. El castillo significa la fortaleza, el valor, el dominio del temor y la tristeza, la entereza y la presencia de ánimo. Los laureles representan la gloria obtenida con heroísmo y nobleza siendo, además, signo visible del cumplimiento de la misión. El sable es una réplica del que usara el General San Martín durante sus campañas en América, símbolo del mando para el uso de la fuerza en el ejemplo de las virtudes sanmartinianas. En este tipo de armas, la empuñadura y la hoja simbolizan la prudencia. El pomo, la fortaleza y la cruz, la templanza.

EL ESCUDO
Torreón que conforma el emblema del Colegio Militar de la Nación. Fue elegido como el símbolo de la fortaleza, no sólo física sino también moral, que debe caracterizar al militar argentino. Enmarcando el torreón, los laureles, símbolo del honor y de la gloria. Honor que nace en las virtudes sanmartinianas, ejemplo preclaro de nuestra historia. Gloria, que llegó a través de su pasado y que compromete su pensamiento y acción en el tiempo.

Fuente: Mayor Sergio O. H. Toyos para Diario Soldados Digital.

http://www.fotolog.com/ejercitonacional


jueves, 9 de diciembre de 2010

ANIVERSARIO DE LA BATALLA DE AYACUCHO.


El Ejército Independiente obtuvo una victoria decisiva para la independencia americana en los campos de Ayacucho contra las fuerzas realistas. Esta última batalla de la Guerra de la Independencia fue la culminación de una acción continua durante 14 años a través de medio continente.
La Batalla de Ayacucho, fue el último enfrentamiento dentro de las grandes campañas terrestres de la guerra de independencia hispanoamericana (1809-1826) que había comenzado con la Revolución de Chuquisaca en 1809 en el Alto Perú y que culminó con la ocupación de las fortalezas del Callao dos años más tarde en 1826. La batalla se desarrolló en la Pampa de la Quinoa en el departamento de Ayacucho, Perú, el 9 de diciembre de 1824. La victoria de los independentistas, selló de facto la independencia del Perú con una capitulación militar que se transformaría años más tarde en tratado diplomático firmado en París el 14 agosto de 1879.
En 1820 España entraba en la debacle política con la sujeción del rey Fernando VII y la reinstauración de la Constitución liberal por la sublevación del General Rafael de Riego apoyado en los veinte mil soldados destinados a auxiliar a los realistas de América. Esto acabó para siempre con las expediciones de refuerzos de España que desde entonces no se aprestaron para ningún lugar de América, y motivó que los dos grandes virreinatos del Perú y de México que hasta el momento habían contenido el avance de la revolución hispanoamericana tomasen caminos opuestos. Mientras en México los monárquicos absolutistas afianzados tras destruir a los insurgentes, proclamaron su separación negociada de la España Liberal mediante el Plan de Iguala, los Tratados de Córdoba y el pacto trigarante. En el Perú por el contrario, el Virrey Pezuela estaba desacreditado por la derrota en Chile y debilitado por la expedición a Lima de José de San Martín. El Virrey absolutista fue derrocado finalmente por el golpe militar del general José de la Serna que proclamó entonces su adhesión a la Constitución Liberal.Los independentistas sostenían una prometedora campaña para derrotar a la Serna y los militares contrarios a la independencia que le apoyaban. Pero los realistas bajo una sólida subordinación militar destruyeron sucesivos ejércitos independientes. Primero en las campañas de Ica dirigidos por Domingo Tristán y Agustín Gamarra, y después en Torata y Moquegua por Rudecindo Alvarado. El inesperado año 1823 terminaba con otra campaña abierta sobre Puno con la batalla de Zepita y que culminaba con la aniquilación del ejército patriota comandado por Andrés de Santa Cruz y Agustín Gamarra. El Virrey la Serna recuperaba Arequipa tras batir a los colombianos el 10 de octubre de 1823. Todavía más, la guarnición argentina del Callao se pasaba a los realistas que acudieron en su ayuda desde la Sierra.Finalmente lo que restaba de optimismo se apagaba por las denuncias de traición contra los presidentes peruanos José de la Riva Agüero y José Bernardo de Tagle. José de la Riva Agüero deportó diputados del Congreso del Perú y organizó un congreso paralelo en Trujillo y luego de ser declarado reo de alta traición por el Congreso del Perú fue desterrado a Chile. En cambio José Bernardo de Tagle buscaba la firmar la paz sin batallas con el Virrey La Serna por lo cual fue a entrevistarse con los realistas. Este acto que fue considerado por Bolívar como traición. José Bernardo de Tagle dispuso todas las fuerzas a su mando apoyen a Bolívar para hacer frente al enemigo. Bolívar buscaba capturarlo para fusilarlo. José Bernardo de Tagle fue refugiado por los realistas en la asediada fortaleza del Callao. Bolívar escribía solicitando refuerzos de Colombia.
Pero sorpresivamente el año 1824 comienza con la rebelión de Olañeta en el Alto Perú tras conocerse la caída del gobierno Constitucional en España. El monarca absoluto Fernando VII había recuperado el trono de España y las Indias apoyado por 132.000 soldados del ejército de la Santa Alianza que invadía España. Y el 1 de octubre de 1823 el rey decretaba la abolición de todo lo aprobado durante los tres años de gobierno constitucional; sin distinguir lo hecho para las américas. Rafael del Riego moría ahorcado el 7 de noviembre de 1823 y los propulsores del movimiento liberal fueron ajusticiados, marginados o exiliados de España. El alcance de ésta purga sobre los constitucionales de Virreynato del Perú era infalible.
Tras conocer la rebeldía del general absolutista español Pedro Antonio Olañeta contra los constitucionales, La Serna cambio sus planes de bajar a la costa para batir a Bolívar. El Virrey del Perú por el contrario desviaba sus fuerzas y cruzaba el río Desaguadero el 22 de enero 1824 para dirigirlo a Potosí y someter los ejércitos de su antiguo subordinado. Las Memorias para la historia de las armas españolas en el Perú del oficial peninsular Andrés García Camba (1846) detallan el trastorno que los sucesos del Alto Perú produjo en los cálculos defensivos del virrey, José de la Serna e Hinojosa. En una prolongada campaña con las batallas de Tarabuquillo, Sala, Cotagaita y finalmente en la Lava el día 17 de Agosto de 1824 las fuerzas realistas del Virreynato del Perú (monárquicos constitucionales) y de las provincias del Alto Perú (monárquicos absolutistas) se destruían mutuamente y lo peor, Jerónimo Valdés era llamado urgentemente por el Virrey la Serna para contener el avance de Bolivar tras la batalla de Junín.
Bolívar en comunicación con Olañeta aprovecha el desmontaje del aparato defensivo realista para "movernos en todo el mes de mayo contra Jauja" y así sorprende a José de Canterac aislado en Junín el 6 de agosto de 1824. Dio comienzo entonces una incesante persecución con la consecuente pérdida de 3.000 realistas que seguidamente engrosaban las filas independientes.
Finalmente el 7 de octubre de 1824 con sus tropas a las puertas del Cuzco Bolívar entregó al general Sucre el mando del nuevo frente de batalla que recorría el curso del Río Apurimac y se retiró a Lima para tomar de la capital más empréstitos para sostener la guerra en el Perú y recibir una división colombiana de 4000 hombres despachada por Páez que no llegaría sino después de Ayacucho.
En la Imagen: Batalla de Ayacucho. Pintado por Antonio Herrera Toro hacia 1890, según boceto de Martín Tovar y Tovar.

http://www.fotolog.com/ejercitonacional

miércoles, 8 de diciembre de 2010

DIA DE LA VIRGEN


A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María, "llena de Gracia" por Dios, había sido redimida desde su concepción. El 8 de diciembre de 1854, el Papa Pío IX definió como dogma de fe el gran privilegio de la Virgen de ser preservada por Dios de toda mancha de pecado original desde el primer instante de su concepción por su singular gracia y en atención a los méritos de Jesucristo.
Fuente: http://www.ejercito.mil.ar/

http//www.fotolog.com/ejercitonacional

martes, 7 de diciembre de 2010

ANIVERSARIO DE LA BATALLA DE LIHUÉ CALEL


El comandante Dónovan, en carta al inspector general de armas, Puán, 5 de julio de 1878, informa que, según telegrama del coronel Villegas, del 29 de junio, Namuncurá piensa invadir. Añade que el cacique lo invita a una entrevista en Pichicurá, ocho leguas a vanguardia. Hace reflexionar el último párrafo: “La miseria espantosa que reina entre los indios los obliga a someterse, y si hoy no lo hacen es por temor”.

En mensaje al Congreso Nacional, el 14 de agosto, Nicolás Avellaneda se refiere a las tribus como notablemente disminuidas a causa de los últimos contrastes y derrotas con motivo de la expedición realizada y del avance de la línea de fronteras hasta Carhué. Más adelante dice que Namuncurá se encuentra con cien guerreros, la flor de su tribu y de su familia, en Maracó Grande, veinte leguas aproximadamente al sudoeste de Chilihué, hacia el Colorado.

El ministro de Guerra recoge los informes siguientes: el comandante Conrado E. Villegas escribe desde Trenque Lauquen, el 14 de setiembre, que los prisioneros tomados en una batida hecha por el mayor Ruiz contra Pincén dicen ser de Namuncurá y ranqueles y que los manda el cacique Urriqueo, subordinado a este último; en un parte fechado en Monte el 16 de octubre el teniente coronel Marcelino Freire comunica que Garrón de Piedra y sus parientes han abandonado todo, que huye hacia Chilihué y que no se le persigue porque le lleva tres días de ventaja, por camino de médanos y “muy pesado”; según carta del comandante Rudecindo Roca, firmada en Villa Mercedes el mismo día, “una comisión de indios, parientes todos del cacique general Namuncurá, se ha presentado a esta comandancia proponiendo en nombre de este cacique la paz con los indios del Sud”; y finalmente el teniente coronel Teodoro García, en parte enviado desde Puán el 18, habla de “tribus en completa dispersión y a largas distancias un toldo que otro entre montes”, y sitúa a Namuncurá en Traro Lauquen, dos días de galope de Tumucó Grande.

El general Roca comunica al teniente coronel Freire haber recibido un parte del comandante Vintter según el cual se le presentó a este último, Juan José Catriel con 150 lanzas, acompañado de Cañincuil, con el anuncio de que Namuncurá, Epumer y Baigorrita están en Salinas preparándose para invadir. En otra carta a mismo Freire, desde Buenos Aires, el 11 de noviembre, deja entrever su deseo de que se ataquen las tolderías “antes que aprieten los calores”. Más adelante dice: “Quiero que esta expedición, que será la última grande hasta que pase el verano, alcance lo más lejos posible”. Y en un telegrama despachado cinco días después insta al comandante García a que juntamente con Levalle y Freire tenga una conferencia en Carhué y acuerden un plan de operaciones para caer al mismo tiempo sobre el enemigo y someterlo. En otro telegrama de igual fecha pide que le “comuniquen lo que acuerden y los derroteros que cada uno debe llevar para el mejor éxito”. A Levalle le telegrafía el 20: “Necesitamos dar una lección a Namuncurá y perseguirlo lo más lejos posible”. El 21 telegrafía a Freire, aprobando lo resuelto y confiando “en que si ni cae Namuncurá, lo que no es difícil, podrán tomar una gran parte de su tribu”.

El general Luis M. Campos, en una circular a los jefes de Carhué, Guaminí y Puán, fechada en Buenos Aires el 22, dice que por telegrama del comandante Vintter se sabe que Juan José Catriel con toda su tribu, más de quinientas personas, se viene a presentar a Fuerte Argentino, siendo hostilizado en la marcha por Namuncurá. “Catriel avisa a Vintter que Namuncurá, Baigorrita y Epumer se encuentran actualmente cerca de Salinas Grandes con todos sus indios reunidos”.

El coronel Levalle comunica al inspector y comandante general de armas en una carta fechada en Carhué el 28 de noviembre que por declaración del sargento Campos, del batallón 7, que ha estado prisionero en los toldos, se sabía “que Namuncurá se iba a mudar a la laguna Algañaraz (10 leguas de la de los Caranchos), que el citado cacique tuvo una gran reunión y que ha reconcentrado los indios y que ha oído decir que tienen mucho temor de ser rodeados por las fuerzas nacionales”. Hace presente la necesidad imperiosa de atacar.

Cuando las divisiones de Carhué y Guaminí se encontraban ya próximas a las tolderías, Levalle “recibió un mensaje del cacique anunciándole que lo esperara, que vendría a batirlo. El coronel tomó sus disposiciones e hizo acampar a las fuerzas en un terreno escogido, que nos daba dos ventajas; se pasó el día y el cacique con sus guerreros se presentarnos a batirnos, de donde se dedujo que era un ardid del indio para ganar tiempo y huir”.

Se acampó en Traro Lauquen, en el mismo lugar donde habían estado los toldos de Garrón de Piedra. El 17 de diciembre por la tarde, en vista de los datos obtenidos, ensilló a la sordina toda la tropa, y sigilosamente se puso en marcha en dirección a Lihué Calel, con caballos de tiro, los sables trabados y con la orden de no fumar durante la noche.

Dice el teniente coronel Vivot: “Nos racionaron con un trozo de carne asada de potro; yo no le hacía mal gusto; el hambre me hacía acostumbrar a esta nueva alimentación. Emprendimos, pues, la marcha en una tarde calurosa para recorrer un trayecto de veintidós leguas sin agua, y que nosotros llamábamos travesía. Se marchó toda la noche y el día siguiente, con cortos intervalos de descanso. En el día empezó a hacérsenos insoportable la sed, y más nos atormentaba bajo los rayos de un sol de fuego. Buscamos medios de aliviarnos de este tormento, que se hacía cada vez más insoportable, introduciéndonos en la boca seca, balas u objetos metálicos para provocar la salivación y hallar algún alivio; pero era inútil, no aplacábamos la sed. Citábase de algunos soldados que bebieron los orines de los caballos. En la tarde, la caballada de reserva olfateó el agua y se lanzó a la carrera, sin que los soldados caballerizos pudieran contenerla, hasta llegar a un charco que había en el medio del camino, donde se habían guarecido un número considerable de sapos. La caballada bebió, ensució y pisoteó el charco, hasta transformarlo en lodazal. Cuando llegó el regimiento allí hizo un descanso, varios soldados se arrojaron al barro, tomaban con las manos una porción de ese lodo inmundo y se lo llevaban a la boca. Algunos extraían de sus bolsillos un pañuelo sucio, lo llenaban de barro y luego absorbían el agua. Yo, desesperado, hice algo parecido”.

La noche siguiente tenía la inmutable serenidad de las regiones del sur. Un silencio patético reinaba en la columna, sólo turbado por los rítmicos golpes de los cascos sobre el suelo. Antes de amanecer habíase alcanzado un punto situado a unos 15 kilómetros del objetivo (El Cerro). Se ordenó ensillar los caballos de reserva y se prosiguió el avance. El plan del comando era ejecutar un rápido movimiento envolvente, por escuadrones y regimientos, de manera que no escapase ningún indio. Como punto de convergencia se señaló la cumbre de Lihué Calel.

Veinte leguas antes de llegar a los toldos, el coronel Levalle, teniendo en cuenta el mal estado de la caballada, formó una columna que, con un efectivo de 190 hombres y una pieza Krupp, marcharía a retaguardia con la orden de recoger todos los caballos rezagados por cansancio y poniendo a su frente al jefe de “detall” de la división Carhué, teniente Bernardino País, quien cumplió muy bien su cometido.

La marcha de flanco, ejecutada con las tres divisiones unidas, tenía por objeto: primero, no ser sentidos al avanzar por un camino desconocido y de travesía; segundo, que el ataque se realizase tomando la división Puán el camino de la izquierda, la división Carhué el del centro, y la Guaminí el de la derecha.

Lo segundo no pudo cumplirse, porque los tres caminos convergían hacia un solo punto, a la altura de Chiloé, un bajo de 15 a 20 leguas de largo, donde estaban situados los toldos, que tenía por un lado una cadena de médanos elevados y por orto el monte.

El adversario estaba apercibido, ya que sus centinelas habían sentido la aproximación y dado el alarma. Así, pues, Namuncurá, con su mujer principal y sus hijos, tuvo tiempo de emprender la fuga ocho horas antes, en dirección al Sudoeste, organizados en grupos montados, casi sin que lo advirtieran las tribus dependientes.

El ataque se ejecutó en forma convergente y con simultaneidad cronométrica. Los estampidos del Remington eran ahogados por los estridentes alaridos de los fanáticos guerreros indígenas. La intensidad de la lucha precipitó el desenlace, y la victoria sonrió a las armas cristianas. En esta acción los indígenas tuvieron 50 muertos: 1 cacique, 3 capitanejos y 46 indios de lanza y 270 de chusma prisioneros; y todo el ganado que tenían las tribus de la Sierra de Lihué Calel, que se componía de 1.000 vacunos, 80 caballos y 800 animales entre ovejas y cabras.

Fuentes: Clifton Goldney, Adalberto A. – El cacique Namuncurá, el último soberano de la pampa – Buenos Aires (1963) / www. revisionistas.com.ar / Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado / Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1939).

http://www.fotolog.com/ejercitonacional