martes, 8 de mayo de 2012

EL UNIFORME DE LOS CADETES DEL COLEGIO MILITAR DE LA NACIÓN.

El uniforme no es solamente “un vestido peculiar y distintivo que usan los militares por concesión o por ley”. No siempre fue un traje, sólo bastaba en ocasiones, un penacho, un símbolo o un emblema, para que se “uniformara” a un grupo de hombres. El objeto era distinguir, identificar, individualizar un cuerpo. Pero algunos de ellos se convirtieron en verdaderos íconos de los ejércitos a los que pertenecían. Éste es el caso del uniforme de los Cadetes del Colegio Militar de la Nación.
Vestir un uniforme es algo muy especial, y más cuando se lo hace a una edad en la que todo se idealiza y adquiere un matiz romántico y lírico. En ese uniforme se encarna la vocación de servir desinteresadamente, al igual que un antiguo caballero a una causa noble, a la Patria.
La investidura, entonces, supone una predisposición intelectual y espiritual. Intelectual porque se debe tomar conciencia del significado de estos paños y qué cosas se deben defender como valores inmutables y permanentes. Espiritual porque se necesita estar en gracia de Dios, libre de espíritu y tranquilidad de conciencia.
Este uniforme ha variado en su forma pero no en su fondo, representando valores que han sido defendidos por hombres de la talla de Saavedra, quien fue uno de los forjadores de la Patria; Belgrano, que dio los colores a la bandera; San Martín, que dio la gloria a nuestras armas; Las Heras, que fue ejemplo de subordinación y valentía; de los generales Riccheri, Savio y Mosconi, contemporáneos forjadores de un Ejército Argentino más pujante; y también de los jóvenes oficiales que, a poco de egresados, derramaron generosamente su sangre, en pos de sus ideales de una Patria mejor, como Berdina, Massaferro y Barceló. Otros, como Larrabure, son ejemplo de abnegación y entrega suprema ante un enemigo cobarde y artero. Por último, otros jóvenes como Estévez, mostraron en el campo de combate de una guerra convencional, en el intento supremo de recuperar nuestras Islas Malvinas, la grandeza sin tacha del soldado argentino.

EL SIGNIFICADO DEL UNIFORME
Más de un siglo ha transcurrido desde el uso de aquel viejo uniforme compuesto de “blusa de paño azul oscuro con reverso de terciopelo, chaleco y pantalón del mismo paño con franja punzó, botines a la Crimea y kepi”, y muchos años más han pasado desde las solemnes entregas de armas e investiduras de aquellos guerreros que encontraban en la milicia su modo de santificación.
El paso del tiempo no pudo variar la esencia de los hombres de armas que permanecen fijas, inmóviles, idénticas, más allá de los cambios, de los gustos y las modas circunstanciales. Antaño, el distintivo exterior del soldado fue su uniforme. Pero ese no era (ni es) más que la exteriorización de una uniformidad interior que esos bravos llevaban, unían y reunían. Así llegaban a ser un sólo sentimiento, un solo corazón, una sola voluntad, una sola idea y uno solo frente al enemigo.
Los uniformes son la manifestación de una comunión espiritual verdadera y, aunque en su confección no haya habido una intención deliberada, los uniformados siempre han buscado un significado en esas prendas que, con devoción, usan. Una respetable tradición se ha transmitido a través del uniforme de nuestros cadetes. Predomina en él el azul, cual horizonte que recuerda la búsqueda constante de los permanentes, el llamado a trascender y a lo trascendente y la invitación a lo divino.
Los vivos rojos simbolizan la abnegación y su modo supremo, el sacrificio. Representa la sangre derramada por la multitud de muertos por la Patria y nuestra disposición perenne de ofrendar la vida entendiendo la muerte como un acto más del servicio, pero así mismo, el acto más sublime del servicio. Es además, sinónimo de valor, victoria y alteza.
El color blanco en la gorra, en los guantes, en la cabeza y en las manos, representa la pureza de pensamientos y la nobleza de los ideales en el primer caso y la integridad de proceder en el segundo caso. Es también la firmeza, la vigilancia, la integridad y la obediencia.
Los botones son dorados; siete adelante y cuatro atrás. Los primeros simbolizan los sacramentos donde el cadete debe buscar la fuerza, el alimento, la salud y la vida. Los de atrás, configuran las virtudes cardinales que debemos adquirir y practicar para un mejor servir en la milicia: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Ese color dorado es símbolo de la dignidad, lealtad y constancia en nuestro obrar.
El cinturón muestra al cadete ceñido, envuelto doblemente por Dios en el cumplimiento de sus mandamientos y por la Patria en la obediencia y subordinación para su defensa.
Los símbolos patrios, escarapela y escudo nacional, presiden desde lo alto todo el uniforme. Ocupan por privilegio el centro de la gorra.
El distintivo del Colegio Militar de la Nación, usado desde los primeros días de su fundación, consta de un castillo rodeado de dos gajos de laureles. El castillo significa la fortaleza, el valor, el dominio del temor y la tristeza, la entereza y la presencia de ánimo. Los laureles representan la gloria obtenida con heroísmo y nobleza siendo, además, signo visible del cumplimiento de la misión.
El sable es una réplica del que usara el General San Martín durante sus campañas en América, símbolo del mando para el uso de la fuerza en el ejemplo de las virtudes sanmartinianas. En este tipo de armas, la empuñadura y la hoja simbolizan la prudencia. El pomo, la fortaleza y la cruz, la templanza.
Fuente: Mayor Sergio O. H. Toyos, Soldados Digital, año 2010.


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lunes, 7 de mayo de 2012

ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL TENIENTE CORONEL MANUEL PRADO


Fue nuestro primer historiador. Lo descubrió otro gran investigador e historiador de Trenque Lauquen, don José Francisco Mayo. En sus trabajos de investigación sobre los orígenes de nuestra ciudad, don “Pepe” Mayo señalaba: “La humanidad guardó el recuerdo de la legendaria ciudad de Troya (Siglo XII a. de C.) por un libro: “La Ilíada”, en el que el poeta griego Homero narra un episodio militar en torno a ella acaecido y gracias a cuyo texto le fue posible hallarla a antropólogos e investigadores”.
Es posible, de este modo que un día Trenque Lauquen viva también en la memoria de los hombres del año 4986 (d. de C.) gracias a otro libro: “La Guerra al Malón” del Comandante Manuel Prado, que narra las venturas y desventuras de un niño soldado en el Campamento de Frontera de 1876.
Su autor (don Manuel Prado), que terminó su carrera militar como Teniente Coronel; fue presentado por su padre a las autoridades militares y con ese acto se abren esas pocas páginas, unas más del centenar, que encierran la vida no sólo del Campamento de Frontera Norte Trenque Lauquen de aquellos días, sino también el heroísmo luminoso de esa gesta y las sombras que siguieron a las Campañas al Desierto.
La trama del relato es simple, con escenas cotidianas protagonizadas por un Soldado frente al “desierto” que quedaron grabadas en el recuerdo de un adolescente, envuelto en un torbellino de episodios de los que sólo sobreviven los fuertes, y cuya narración no se hace aquí para no privar al lector del deleite de descubrirlos con la amena lectura de su texto, que no debiera ser ignorado por ningún trenquelauquenche.
Don José Francisco Mayo, señalaba una propuesta: “si las finanzas municipales lo permitieran editar para entregarlo, en el Registro Civil, junto con la partida de nacimiento”.
Había nacido “Manuelito” Prado en Buenos Aires el 8 de julio de 1863. Fue llevado por su padre al Colegio Militar, el 23 de noviembre de 1874, cuando tenía sólo once años. ¡Once años y ya expedicionario al Desierto!. Nos han quedado sus notas, en el citado Colegio, por las que sabemos era bueno en Lectura, Aritmética y Dictado; regular en Caligrafía, pero se ignora su desempeño en las otras materias de estudio.
A los 14 años, el 25 de julio de 1877, presentó su solicitud para incorporarse al Regimiento 3º de Caballería de Línea, siendo dado de alta como Aspirante O. S. ese mismo mes; de acuerdo a lo que señala su foja de servicio.
El protagonista en su obra cuenta: “…cuando ingresé en el Ejército, allá por 1877…”; y, de ese acto arranca la vida del muchacho que por dos años vive en estas calles de Trenque Lauquen a la que conoció como Campamento y Comandancia de Frontera.
En 1879 formó parte del Regimiento 3º de Caballería, durante la marcha al Río Negro, cuyas jornadas recuerda en otro libro: “La conquista de la Pampa”. En esta obra lo vemos actuar en Choele Choel y Salinas Grandes. Su foja de servicio señala que actuó en la Revolución de 1880 en Puente Maldonado, Belgrano y más tarde en Goya, Corrientes.
La expedición de los “Andes al Sur de la Patagonia” lo cuenta entre quienes se aventuraron por las cumbres sureñas y figura en Ñorquín con el grado de Alférez y fue dado de baja en 1883. Al año siguiente, noviembre de 1884, es incorporado en el Regimiento 1º de Caballería de Línea, intervino en la zona de General Acha (La Pampa) durante varios años.
Ascendió sucesivamente a Teniente 2º en 1885 y a Teniente 1º en 1888, grado con que se incorpora al Estado Mayor, a la Junta Superior de Guerra (1893) y a la Intendencia de Guerra (1897).
Fueron requeridos sus servicios, posteriormente, para actuar con el Regimiento 1º de Línea en La Rioja; y tuvo otra intervención con la División de los Andes (1897) con motivo de movimientos internos del país.
Manuel Prado estuvo 10 años, 1 mes y 2 días en campaña; 10 años, 8 meses y 24 días en guarnición; que totalizan, de acuerdo al cómputo legal, 31 años, 6 meses y 20 días de servicios.
La actuación como expedicionario al desierto le fue reconocida por el Gobierno el 7 de mayo de 1917, en mérito a su desempeño hasta junio de 1880, con el Regimiento 3º en el Río Negro.
Su fallecimiento, el 7 de mayo de 1932, cerró una vida que parcialmente transcurrió entre nosotros y de la que ha quedado como luminosa estela este libro de memorias, “La Guerra al Malón”, clásico de la literatura militar Argentina.

Fuentes: Archivo Museo Campañas al Desierto – Municipalidad de Trenque Lauquen / www. revisionistas.com.ar /Cabeza Miró, Patricia - “Un Titán del Desierto”, Recopilación trabajos de José F. Mayo- Año 2003, Derechos de Autor Expte. Nº 552553. Ed. H. C. D. Pcia de Buenos Aires.

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domingo, 6 de mayo de 2012

ANIVERSARIO DE LA BATALLA DE GAVILAN


El día 5 de mayo de 1817 se produce la Batalla de Gavilán. Las fuerzas independentistas que operaban en Chile al mando del entonces Coronel Juan Gregorio de Las Heras, son atacadas por fuerzas realistas al mando del General Ordóñez. Los españoles fueron derrotados, dejando en el campo la mayor parte de su artillería y gran número de bajas.


El Combate del Cerro Gavilán fue una batalla librada en Chile, llevada a cabo entre realistas españoles y patriotas chilenos, en los suburbios de Concepción el 5 de mayo de 1817.
Por los patriotas lideraban el General Bernardo O’Higgins y Juan Gregorio de Las Heras, en tanto que en los realistas el Comandante era José Ordoñez.
El General Las Heras había tomado posiciones en este pequeño cerro y sabiendo que Ordoñez había pedido refuerzos para atacarlo, solicitó ayuda al General O’Higgins.
Ordoñez, por su parte, para evitar que Las Heras fuera reforzado, intentó un ataque suicida saltando las posiciones patriotas.
El día 5 de mayo atacó, pero este combate se resolvió en una derrota de Ordoñez, quien se vio obligado a retirarse a Talcahuano, dejando en el campo la mayor parte de su artillería y gran número de bajas.
Los refuerzos de Bernardo O’Higgins en número de 800 hombres fueron despachados hacia Concepción el 10 de abril de ese año.

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viernes, 4 de mayo de 2012

EL AMOR A LOS SÍMBOLOS PATRIOS, UN TEMA PARA MEDITAR EN CUANTO AL ESPÍRITU MILITAR.

Todas las exteriorizaciones castrenses que hemos mencionado serían meras formalidades reglamentadas o acostumbradas si no tuvieran un sustento básico al que referirse: La Patria. Esta en su más profundo significado, las genera, las vitaliza y nos moviliza a través de sus símbolos, invitándonos a amarla, a respetarla y a defenderla.
Los distintivos, símbolos, enseñas o identificaciones, han sido siempre la forma de individualizar y señalar un cuerpo, de entre otros, a un agrupamiento humano de cualquier índole, una forma de pensamiento, una organización internacional, una corriente política, un pueblo, un país, un estado, una NACION...
Se hace la diferenciación particularmente entre estos cuatro últimos términos, casi siempre empleados como sinónimos, pero que analizados a la luz de la historia y de la ciencia política, revelan sus diferencias:
Podemos decir que un pueblo es el agrupamiento humano primario, que se da, por lo general, por causas que hacen al hecho de compartir intereses y necesidades comunes, entre otras: la lengua, la raza, la religión, el comercio, las posibilidades de alimentarse y proveer seguridad, etc. Un país está constituido por aquel pueblo que habiendo crecido y tomado una organización más avanzada, comparte ideales comunes, es decir, sus integrantes se necesitan mutuamente y han ido formando una trama social, que es característica y vital en ese agrupamiento.
Se llega al estado, cuando la madurez de este pueblo que venimos observando, vuelve necesario un cuerpo de leyes que mantengan un orden lógico y común a todos sus integrantes, para ajustar las normas, que en su proceso de crecimiento, ha ido adoptando.
La NACION, en cambio, aparece cuando aquel pueblo, crecido, maduro, estable y con objetivos comunes que cada individuo hace suyos, llega a identificarse con una proyección particular en el futuro, construye activamente el presente y se apoya en las experiencias que le brinda su pasado, sean estas buenas o malas. Este concepto ya puede identificarse con el de PATRIA.
En muchos casos, ese pasado encierra momentos de sufrimiento, de conflictos y desencuentros, los que pueden darse por la influencia de otros pueblos de similar, menor o mayor edad y madurez, capacidad económica, social, política o militar, que pueden hacer peligrar el presente o el futuro o que hayan afectado al pasado. También otra causa puede ser la falta de entendimiento entre sus integrantes. Pero justamente, la dureza de cualquiera de esos momentos, provee a la amalgama social, de un mayor temple y experiencia.
Es en este estadio de su evolución histórica, que este pueblo, ya con identidad propia, busca adoptar símbolos para mostrarse con orgullo al mundo. Estos normalmente, permiten interpretar a través de colores, leyendas o figuras y, en sentido figurado o alegórico, el sentimiento de ese pueblo, sus tradiciones, sus objetivos, su historia…
Saliendo de este marco de definiciones, tratemos de enfocarnos como argentinos, como el pueblo que habita en este país y que luego de un proceso evolutivo histórico relativamente breve, ha llegado a constituirse en un estado – nación. Nos hemos identificado con una bandera, un escudo y una canción patria.
En teoría, les rendimos homenaje a sus creadores, creemos honrarlos y manifestarles nuestro respeto, con diversas actitudes que se nos inculcan desde los primeros años de vida en el hogar, y la escuela. Pero, ¿qué pasa, cuando con tristeza vemos el uso de esos símbolos, en forma irreverente, irrespetuosa, inadecuada...?
Frecuentemente, vemos nuestra bandera nacional, sucia, rota y algunas veces, prácticamente irreconocible en sus colores, al frente de edificios oficiales, sin que siquiera – en ocasiones -, se la arríe en los momentos en que corresponde, sin mencionar la falta de unción que tal acto (el izado o arriado), debiera tener.
La vemos también usada a modo de capas por parte de los espectadores de eventos deportivos o políticos o pintada con leyendas de tal o cual tendencia.
También se la ve en ciertas propagandas, y en diversas manifestaciones que hacen a las costumbres del pueblo, pero el sentimiento de patriotismo, en estos casos, resulta tosco, burdo, barato...
Podrían agregarse espectáculos deportivos o políticos en los que incluso se hacen ondear banderas que tienen mezclados los colores nacionales, con los de uno u otro equipo o partido. También las irreverentes formas en las que se escucha el himno nacional, bajo el pretexto de que “todo es cultura”, en las mismas ocasiones y aún en las escuelas, lugares (teóricamente) en los que debe justamente inculcarse el respeto y amor por los símbolos que nos identifican.
Por último, tristemente vemos cuán pocas banderas se ven en balcones y ventanas para las fechas patrias, sin mencionar que éstas, para obtener “feriados largos”, en los últimos años, han visto alterado el día real de sus “festejos”, desvirtuándose éstos y con ellos, el significado de aquellas.
Ya prácticamente han pasado al olvido las celebraciones centrales de cada fecha, cuando reunido el pueblo y las fuerzas vivas, se festejaba, cuando correspondía, el día patrio, con actos en las escuelas, plazas públicas, desfiles y diversas manifestaciones cívicas de júbilo, tal como suele verse en otros países.
Estas son sólo algunas de las manifestaciones que pueden relatarse, y ciertamente, se omiten las que deberían ser objeto de actos de desagravio, que no son pocas. Existe una completa legislación que incluye la definición de Símbolos Patrios: su descripción detallada, formas de empleo, homenajes que deben tributársele y aspectos que deben ser tenidos en cuenta para todo efecto, pero en la práctica, como tantas otras leyes, no es observada en todo el rigor de su letra y hasta ignorada, aún por muchos organismos oficiales.
Veamos en cambio, otros actos de respeto, amor y hasta de entrega ilimitada por los símbolos patrios y por ende a lo que representan, que suelen observarse pero lamentablemente, por muy pocos argentinos:
En el Regimiento de Infantería Mecanizada 7 “Coronel Conde”, en sus cuarteles de la localidad de Arana, cercana a La Plata, expuesta en su esmeradamente cuidada y presentada Sala Histórica, se puede ver la Bandera de Guerra que fuera usada por la unidad desde el año 1961 hasta 1985. El elemento, participó de la gesta de Malvinas, llevando consigo, obviamente, su pabellón, que se deshilacharía batido por las ráfagas del viento malvinero.
El día 11 de junio de 1982, ante el previsible revés de nuestras tropas y la incertidumbre que existía, un grupo de oficiales y suboficiales, conjurados en nobilísimo gesto, la enterraron cuidadosamente en un lugar solamente conocido por ellos, para evitar que cayera en manos enemigas.
Al día siguiente, clarificada un tanto la situación, fue desenterrada y desarmada en sus partes componentes, distribuyéndose estas como sigue: El entonces Teniente Jorge Guido Bono, envolvió en su cuerpo el paño. La corbata, despojada de sus condecoraciones, fue escondida dentro del abrigo del Teniente Miguel Cargnel. Las distinciones descosidas, se distribuyeron y ocultaron de la siguiente forma: la Cruz Peruana la llevó el Mayor Carrizo Salvadores cosida en el interior del cinturón; la Cinta de Curapaligüe, la escondió el Teniente Colom en una de sus botas de combate.
La Cinta de Callao, la ocultó en el interior de un dedo de su guante de abrigo el Subteniente Alfredo Luque; la cinta de Río Negro fue disimulada dentro del forro de abrigo de su parka por el Suboficial Principal Juan Reyes, y la Cinta de la Toma de Lima fue escondida entre las dos partes constitutivas del casco de acero por parte del Suboficial Principal Humberto Spiletti. En cuanto a los Escudos de Honor Históricos de Caranpangue, Chacabuco y Maipú, fueron distribuidos y ocultados convenientemente por el Teniente 1ro Jorge Calvo, el Subteniente Jesús Martín y el Capitán Julio López Astore. Por último, de la bandolera y la cuja se hizo cargo el Capitán Daneri.
Estos cuadros regresaron en forma separada al continente, logrando reunirse en el cuartel del Regimiento de Infantería Mecanizada 3, en La Tablada, que a la sazón funcionó como lugar de reunión y atención del personal repatriado recién el 14 de julio. En aquel momento se reunieron también las partes componentes de la Bandera Nacional de Guerra del glorioso 7 de Infantería…
Actos como este, no ordenados, sino brotados del pecho de estos soldados, demuestran los sentimientos de aquellos que más allá de tener entre sus ritos el juramento a ese símbolo, de defenderlo hasta perder la vida, lo respetan y aman, porque representa a la Patria misma, a su suelo, a su gente, a su estilo de vida, a sus tradiciones, su pasado, su presente y su futuro…
La lectura de este episodio, redactado en un prolijo cuadro ubicado al pie del cofre que contiene a esta bandera, emociona vivamente y hace reflexionar acerca del silencioso y casi ignorado gesto de este grupo de personas. Ellos aún expuestos a circunstancias límite, no dudaron en adoptar esta medida, que sin duda ha quedado vivamente grabada en sus memorias y en la del Regimiento.
Pero se sabe muy bien que este episodio no fue ni único ni aislado. Hubo otros semejantes en casi todos los elementos participantes del conflicto y de los cuales, muy poco se conoce.
Es para meditarlo. Y es para preguntarse también si el episodio que protagonizara esta bandera, ese símbolo que se guarda ahora como una reliquia para venerar en el sagrario de su cofre en la Sala Histórica de la Unidad , no debiera ser dado a conocer públicamente, extendiendo el espíritu de la medida a una legislación a aplicar en todo el territorio nacional, que realmente eduque sobre el amor y vele por el respeto a los símbolos nacionales…
Roguemos siempre para que la sola mirada a nuestra enseña, renueve el espíritu patriótico de una Nación que no desea serlo sólo de nombre... y a nosotros, hombres de armas, nos recuerde permanentemente aquel juramento a la bandera que hiciéramos cuando, muy jóvenes y llenos de idealismo nos incorporáramos a nuestro querido Ejército, de defenderla hasta perder la vida.
En la imagen: Bandera del Regimiento de Infantería Mecanizada 7 “Coronel Conde” en Malvinas.

Fuente: Mayor Sergio O. H. Toyos, Soldados Digital, año 2009.


 

jueves, 3 de mayo de 2012

ANIVERSARIO DEL HUNDIMIENTO DEL CRUCERO A.R.A. GENERAL BELGRANO


El hundimiento del A.R.A. General Belgrano se produjo el día 2 de mayo de 1982 a las 17:00 horas producido fuera del área de exclusión en Latitud 55°24´S y Longitud 61°32´W.

Pocos minutos antes de las 16:00 el submarino nuclear HMS Conqueror recibió la orden de hundir al Belgrano. A las 16:02, mientras los artilleros que se encontraban de guardia probaban algunos mecanismos y la torre II buscaba posibles blancos en el horizonte, el buque se sacudió violentamente fruto de una poderosa explosión, seguida del cese inmediato de energía e iluminación que paralizó a los 1093 tripulantes. Este fue el primero de los 3 torpedos MK-8 lanzados por el Conqueror desde una distancia de 5 km aproximadamente (aunque solo los 2 primeros dieron en el blanco, el tercero golpeó en el casco del Bouchard sin explotar). El capitán del submarino declaró después que la elección del arma usada fue dictada por la antigüedad del mismo crucero: un torpedo de la Segunda Guerra Mundial hundiría a un crucero del mismo período. El primer torpedo mató a 274 tripulantes.
Unos momentos más tarde una segunda explosión se produjo a la altura de proa de la nave. Este segundo impacto provocó el desprendimiento de 12 metros de la proa del barco. Inmediatamente comenzó la inclinación a babor, cesó la fuerza motriz y se apagaron las luces, la generación eléctrica de emergencia también quedó inutilizada. Hacia las 16:05, se dio la orden de zafarrancho de siniestro, pudiendo constatarse que únicamente las líneas con la Central de Control de Averías estaban totalmente disponibles. Ésta se encontraba en la cubierta 05. Los puestos de combate de Control de Averías distribuidos en todo el buque estaban en una situación muy crítica, habían sido gravemente afectados por las explosiones y los daños causados eran demasiados y muy importantes como para controlarlos con los medios disponibles en ese momento. Se inició la apertura de las puertas estancas que daban a la cubierta principal para permitir agilizar la evacuación de las zonas inferiores, tarea extremadamente complicada debido a que la red de parlantes había quedado fuera de servicio.
En la cubierta principal se localizaba la Central de Comunicaciones, el responsable de la misma ordenó el procedimiento necesario para esas situaciones, incluyendo el embolsado de las claves secretas en bolsas lastradas. Estas bolsas fueron arrojadas luego al mar. El personal de la Central colaboró activamente en todo lo que fuese necesario.
Una cubierta más abajo se encontraba el cuarto de radio y, cercano al camarote del comandante, se encontraba el CIC (Centro de Información y Combate del buque). Los daños en esta sala fueron variados y provocaron algunas heridas al personal por caída de tuberías y parte de los tableros de información. Pese a la oscuridad y otros inconvenientes, todo el personal salió y logró llegar a la cubierta principal. Los compartimientos de máquinas C-1 y C-2 fueron afectados por el primer torpedo Britànico. El impacto fue justo en la cuaderna 106 del mamparo popel del compartimiento, la explosión no dejó supervivientes en ese sector.
La sala C-1 tuvo un repentino corte de energía, pues los generadores principales 1 y 2 habían cesado ya de operar. El comedor de la tripulación, ubicado sobre el compartimiento C-2, fue el área más afectada y donde más efecto tuvo sobre la tripulación, debido al humo las linternas individuales no lograban alumbrar más allá de 30 centímetros.
Los tambores de combustible del helicóptero fueron arrojados al mar, para que no explotaran. La Central de Tiro pudo ser evacuada rápidamente gracias al inmediato funcionamiento de las linternas y a que el zafarrancho de siniestro se había dado justo en el momento en que los problemas comenzaron a agravarse. En las Torres 4 y 5 de popa, el humo que salía era muy denso, puesto que el torpedo había impactado en las proximidades de la cámara de proyectiles de la torre 4 y su correspondiente santabárbara. Las unidades de Control de Averías definieron al sector como área de destrucción total.
La enfermería se situaba en la tercera cubierta. Cuando las explosiones se produjeron, el encargado de guardia organizó el desalojo en medio de la oscuridad reinante. Poco después llegó el médico cirujano que comenzó a prestar ayuda a los heridos y quemados. Un enfermero comenzó a recibir personal que llegaba desde popa, bañados en petróleo y con quemaduras, proveyéndolos sábanas y cubrecamas. El trabajo de primeros auxilios era intenso, además de los heridos y quemados, se debió atender a los hombres con principio de asfixia debido al humo. El personal de sanidad corría por las cubiertas bajas, revisando los camarotes para que no hubiera personal malherido que pudiera quedar abandonado. En el momento que concluyeron en que no había internados en la enfermería y que los camarotes estaban vacíos, se procedió a recoger mantas y se dirigieron hacia cubierta.
Durante esos minutos, el personal comenzó a dirigirse a las estaciones de abandono asignadas. El buque tenía 72 balsas salvavidas, de las cuales 62 eran las necesarias y el resto eran de reserva. Las órdenes llegaban a través de simples megáfonos de mano y se retransmitían gritando lo más alto posible. Abundaban los heridos, quienes llegaban cargados a hombro por sus compañeros. El jefe de sanidad, una vez supervisada la evacuación de los internados en la enfermería, se dirigió también a cubierta y junto a otro oficial de sanidad, aplicó morfina a los casos más graves.
Hacia las 16:10 la inclinación aumentó 1° por minuto, por lo que el barco ya tenia 10° a babor. El casco comenzó a hundirse con mayor incidencia de popa, debido a la gran entrada de agua al hangar y a la sala de máquinas. Como prevención, se comenzaron a arrojar las balsas al agua, que se abrieron automáticamente al caer. Quedaron flotando al costado sujetas por las amarras. Pocos minutos más tarde se estabilizó la inclinación y creó la esperanza de que el buque se mantendría más tiempo a flote. Por la rapidez de los sucesos, algunos tripulantes llegaron a cubierta muy desabrigados y se les comenzó a auxiliar con lo que se tuvo a mano, se improvisaron una especie de ponchos a partir de las mantas de lana de las camas. Varios intentaron el descenso a las cubiertas inferiores para ayudar a sus compañeros, y algunos perdieron su vida en ese intento.
A las 16:23 el comandante Héctor Elias Bonzo dio la orden de abandonar la nave. Comenzó así la maniobra de abandono. La marejada que había, dificultó la visión y comunicación entre las balsas, por lo cual algunas quedaron sobrecargadas con 30 personas y otras subocupadas con no más de 3. A las 16:50 la escora de 60° preanunciaba el hundimiento, y en 10 minutos el crucero fue engullido por las aguas aproximadamente en el punto 55°24′0″S 61°32′0″O del Océano Atlántico.

Fuentes: Gavson, Arthur (1984). El hundimiento del Belgrano. Buenos Aires: Emecé Editores. / Bonzo, Héctor (1992). 1093 Tripulantes del Crucero ARA General Belgrano. Buenos Aires: IPN Editores. / Tondini, Bruno (2007). Malvinas. Historia, aspectos jurídicos y económicos. La Plata: Elortiba / Mayorga, Horacio (1998). No vencidos. Buenos Aires: Planeta.

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miércoles, 2 de mayo de 2012

ANIVERSARIO DE LA BATALLA DE ESTERO BELLACO


El día 2 de mayo de 1866 se produce la Batalla de Estero Bellaco, Guerra del Paraguay. Fuerzas aliadas vencen a un ejército paraguayo, que al mando del dictador López atacó con gran ímpetu a la vanguardia mandada por el general uruguayo Venancio Flores. En una lucha sangrienta los paraguayos perdieron la mitad de sus cinco mil hombres originales.
El 16 de abril de 1866 pasaron el río tropas brasileñas al mando del mariscal Osorio y se establecieron en el Fuerte de Itapirú. Luego, el mismo día, cruzó el general Flores al frente del primer cuerpo del ejército de Argentina y de una división de infantería uruguaya. Al día siguiente lo hicieron las tropas de Paunero.
El general Flores, posicionado en Estero Bellaco, fue atacado el 2 de mayo por una fuerza paraguaya de 6.000 hombres con cuatro piezas de artillería. Los paraguayos cayeron sobre Flores con tanta rapidez y sorpresa que prácticamente arrollaron a las tropas argentinas, en completa confusión hasta que estas fueron auxiliadas por doce batallones de reserva.
El 2 de mayo de 1866, el Mariscal López ordenó un reconocimiento ofensivo al sur del Estero Bellaco, para imponerse de la ubicación del oponente.
Las fuerzas aliadas entraron en campo paraguayo, sin figurarse el peligro y los sinsabores que les esperaban. El ejército adversario retrocedía sin hacer resistencia. Todo vaticinaba un éxito próximo y seguro. Siguiendo las huellas de las tropas de López, avanzaron por el camino real de Humaitá, hasta llegar, sin dificultad, al Estero Bellaco del Sur, en cuyas proximidades acampó la vanguardia, compuesta de cuatro batallones uruguayos, cuatro batallones brasileños, cuatro piezas de artillería, algunos regimientos de caballería riograndense y doscientos jinetes de la escolta particular del general Flores. En total, siete mil hombres de las tres armas.
La posición de las fuerzas de Flores era, como sigue, en aquel momento:

Los cuatro batallones brasileños citados estaban acampados detrás de una suave cuchilla. El batallón 7º, que era el más avanzado, protegía las cuatro piezas del regimiento 1º de artillería. A ochocientos metros a retaguardia estaban el 21 y 38 cuerpos de “Voluntarios da Patria”. Los batallones uruguayos Veinticuatro de Abril, Florida, Independencia y Libertad ocupaban la izquierda de las tropas imperiales.
A las doce del día, cuando los aliados se entregaban a devorar el rancho, hicieron irrupción los paraguayos por los tres pasos del Estero, arrollando los puestos avanzados de la vanguardia. El empuje de la caballería paraguaya sembró en un primer momento el desconcierto entre las fuerzas brasileñas y orientales, más, rehechos los batallones y regimientos y recibidos oportunos refuerzos, fue rechazada junto con los cuerpos de infantería comprometidos en la operación.
En efecto, cuando la vanguardia del ejército aliado había sido completamente derrotada, el coronel José Díaz, comandante de las tropas paraguayas, quiso ir más allá todavía. En vez de ordenar en el acto la retirada, toda vez que el objetivo de la operación ya había sido cumplido, se empeñó en una imprudente persecución, sin pensar que se alejaba de su base, para estrellarse contra el grueso del ejército aliado. Y hubo de soportar, con tropas fatigadas, la presión terrible de todo el poder del oponente en movimiento.
Al otro lado del Estero, Díaz hizo fracasar un movimiento envolvente de las tropas brasileñas, intentado por el Paso Sidra, rechazándolos dos veces a la bayoneta, obligándolos a huir.

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martes, 1 de mayo de 2012

BAUTISMO DE FUEGO DE LA ARTILLERÍA DE DEFENSA AEREA

Durante la guerra de Malvinas, el 1 de mayo de 1982, en ocasión de producirse el primer ataque británico sobre las posiciones argentinas, un nuevo sistema de armas de nuestra artillería, la Artillería de Defensa Aérea, tuvo su bautismo de fuego, en cuyo transcurso fueron derribados dos aviones Sea Harrier. A lo largo del conflicto, se sufrieron las bajas de un oficial, dos suboficiales y siete soldados.

Testimonio del Mayor Fernando Ignacio Huergo. 
Grupo de Artillería de Defensa Aérea 601.

“La artillería de defensa antiaérea tuvo su bautismo de fuego el 1º de mayo de 1982. En lo personal, la satisfacción de sentirme plenamente soldado. Comparé, en aquel momento, la acción de entrar en combate por primera vez, si se me permite y salvando las distancias con la de un médico cirujano en su primera operación: toda su vida preparándose para el gran momento de probarse a sí mismo. Y ese momento había llegado.
De ahí en más, la continua superioridad aérea del enemigo nos exigió durante todos los días y sus noches, con los aditamentos de la lluvia, los fuertes vientos, la nieve de junio y la humedad constante del mar. Los objetivos militares que defendíamos los artilleros antiaéreos fueron atacados por los aviones británicos una y otra vez durante los 45 días de combate real.
El tiempo nos fue dando experiencia, seguridad en la operación de las armas antiaéreas, estabilidad emocional ante las contingencias adversas de la guerra y el reconocimiento de nuestros propios camaradas del Ejército, de la Fuerza Aérea y de la Armada Argentina, por la tarea que estábamos desarrollando. Los días de batalla se sucedían y los objetivos militares defendidos seguían en pie como al principio. El empeño de la aviación enemiga por destruir los objetivos defendidos fue notable. Desde el cambio abrupto de sus formas de ataque aéreo, la variación de la configuración del armamento empleando bombas de todo tipo, cohetes, y hasta los mismos cañones utilizados exclusivamente para el combate aire-aire. Combinaron aviones de sus propios portaaviones (Sea Harrier) con aviones de la Real Fuerza Aérea (Harrier), ambos de características técnicas similares. Luego, lo predecible, los lanzadores de misiles, cañones y radares antiaéreos propios se constituyeron en objetivos militares para la aviación británica. Este hecho constituyó la evidencia más concreta, estábamos los artilleros antiaéreos combatiendo en forma eficiente.”
Fuente: Ejercito Argentino y Libro “Así peleamos Malvinas”

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