miércoles, 26 de junio de 2013

ANIVERSARIO DEL COMBATE DE QUILMES

Al amanecer del día 26 el coronel Arze – con el cargo de SubInspector - comprobó que el enemigo, “en número de dos mil hombres y seis cañones de a 8”, se hallaba “a la orilla opuesta de un bañado o pantano, que todos los prácticos del país aseguraban impracticable su tránsito”.
A pesar de esta relativa seguridad, de la dominante posición que sus tropas ocupaban y del aumento de su pequeña fuerza con los ciento cincuenta hombres del coronel de la Quintana, Arze estimó necesario hacer acudir en su apoyo la reserva que, según la comunicación del virrey recibida en la noche, se encontraba en el Puente de Gálvez esperando sus órdenes.

A tal fin envió la siguiente orden al coronel de Elía:
“Inmediatamente póngase V. S. en marcha a incorporarse conmigo, en donde me encuentre, por el camino carril de los Quilmes, con el Tren volante, y pasando aviso al Capitán Dn. Florencio Terrada para que haga lo mismo, pues tenemos los enemigos a la vista y es conforme a lo dispuesto por el Exmo. Señor Virrey.”

Recibida esa orden a las ocho y media de la mañana, el coronel de Elía se apresuró a darle cumplimiento, mandando aviso al capitán Terrada – que se encontraba en la quinta Marull, al sur del riachuelo - de que se le incorporase con su compañía y comunicando al virrey la orden recibida y su correspondiente ejecución.
La reserva que a las órdenes del coronel de Elía iba a marchar de Puente de Gálvez a los Quilmes, se componía de las siguientes tropas:

160 hombres del Regimiento de Voluntarios de Caballería de Buenos Aires

100 hombres de la Compañía montada del Batallón de Voluntarios de Infantería.
División de Tren volante (capitán Vereterra); Dos cañones y un obús.

Formado el destacamento, el coronel de Elía se puso en marcha hacia la Reducción (Quilmes), al paso, pues consideraciones de diverso orden impedían una marcha más rápida. “Los caminos estaban algo pesados por la fuerte lluvia de la noche del 25, que se hacen más sensibles en los terrenos de bañados por donde transitamos”. Además, era necesario considerar que hacía treinta horas que los caballos estaban ensillados y sin comer; y en el deseo de apresurar la marcha, no era aconsejable llegar al lugar del combate con los caballos completamente agotados. Por último, parece que aquel aire de marcha había sido determinado en la orden general de la plaza, dictada el día anterior a mediodía, posiblemente en atención al estado general del ganado y a la falta de caballadas de reserva
El orden de marcha del destacamento del coronel de Elía era el siguiente: A vanguardia una patrulla exploradora de 25 hombres, al mando del alférez Juan Ignacio Terrada, con la misión de “descubrir bañados y caminos, así como para dar parte de cualquier ocurrencia que hubiese, a fin de que la artillería no sufriese demora ni tropiezo algunos en la marcha”. A una distancia prudencial iban las piezas del capitán Vereterra, seguidas por el Regimiento de Voluntarios de Caballería. Cerraba la marcha la compañía del capitán Juan Florencio Terrada.
En este orden el destacamento llegó sin mayores tropiezos a las inmediaciones de la Reducción en momentos en que el combate se había iniciado

“Eran las once de la mañana del 26 y aun había podido moverme de mi posición primera, pudiendo el enemigo desde la suya haber contado uno por uno los hombres que yo tenía”. Así comienza el mayor general Beresford su sintético relato del encuentro, con las fuerzas del coronel Arze y que consigna en su informe del 2 de julio al general Baird.

Agrega a continuación el jefe de la columna inglesa: “Él – refiriéndose al enemigo – se hallaba colocado a lo largo del frente de una loma en que se encuentra el pueblo de Reducción, que cubría su flanco derecho, consistiendo su fuerza principalmente en caballería (he sido después informado de que eran dos mil), con ocho piezas de Tren volante. La naturaleza del terreno era tal, que me hallé en la necesidad de avanzar directamente a su frente y de extender mi línea tanto como podía igual a la suya. Formé todas las tropas en una línea, excepto la infantería de Santa Elena, que constaba de ciento cincuenta hombres, los cuales formaron a 130 yardas a retaguardia con dos piezas de tren, con orden de hacer rente a la derecha o a la izquierda, y al mismo tiempo a nuestros costados si fuesen amenazados por su caballería. Yo tenía dos cañones de a 6 en cada costado y dos obuses en el centro de la primera línea. En este orden avancé contra el enemigo...”

No es posible formarse una idea cierta y exacta de cómo debió librarse el combate entre las tropas de Beresford y las del coronel Arze. En su obra, Beverina trata de esbozar una descripción aproximada, utilizando fragmentariamente los datos de diferentes testigos presénciales, como el cap. Gillespie del Regto. 71° y el de Pedro Antonio Cerviño que formaba parte de la columna del coronel Elía. A este respecto comenta Beverina: Las relaciones de estos dos actores principales y las de algunos testigos presénciales (Gillespie, Cerviño), omiten detalles imprescindibles, o los que consigan ofrecen discordancia.

Desde el momento de su llegada en la tarde anterior al pequeño pueblo de Reducción, el coronel Arze había ocupado con sus tropas una altura dominante, situada a cuatro kilómetros de la playa en la cual desembarcado el enemigo.
En la mañana del 26 la fuerza del coronel Arze “estaba formada en el extremo de un verde y profundo bañado y sobre una llanura elegida, que semejante al banco empinado de un río se elevaba rápidamente muchas yardas sobre nuestro nivel. Nada más adecuado para una posición defensiva”
El coronel Arce consciente que dadas la inferioridad y la menor eficacia táctica de sus tropas y, asimismo, las características del terreno a su frente – inadecuado para la acción de la caballería -, resolvió esperar el ataque del enemigo en la posición en que se hallaba, confiando en desordenar sus filas durante el avance a través del bañado mediante el fuego de artillería, para atacarlo después si las circunstancias resultaban favorables. La formación que dio a sus tropas fue en dos líneas, ocupando la primera los blandengues, en dos filas y desplegados en batalla; a treinta pasos a retaguardia y también en dos filas, los milicianos, cuyo costado izquierdo sobresalía del de los blandengues. En el costado derecho de la primera línea fueron emplazadas tres piezas
Saliendo de la playa en donde habían desembarcado y pasado la noche, “nuestras tropas – escribe Gillespie – formaron en dos columnas, y después de un movimiento de frente de ochocientas yardas – 730 metros -, desplegaron en línea de batalla. El Regimiento 71 llevaba la derecha; el Batallón de Infantería de Marina, un poco a retaguardia de aquél, la izquierda; y el Cuerpo de Santa Elena, doscientos pasos atrás, formaba la reserva”.
Grandes dificultades tuvieron que vencer los ingleses para atravesar el bañado de 2 km de extensión; los cañones, que eran arrastrados a mano por la marinería, debieron ser abandonados por haberse atascado. Además, la artillería enemiga abrió el fuego con alguna eficacia, especialmente en sus primeros disparos. Por último, una columna - Elía - de caballería española, proveniente de Buenos Aires, amenazaba su flanco derecho
A pesar de estos contratiempos, en particular, de la inutilización de su artillería, Beresford no detuvo su avance. A las 11,00 hs. el Regimiento 71(teniente coronel Pack) al sonido de sus gaitas, recibió la orden de avanzar sobre la altura de la Reducción para desalojar de allí enemigo; el Batallón de Infantería de Marina (capitán King) seguiría a su retaguardia, ya para sostenerlo directamente, ya para prolongar cualquiera de las alas; la infantería de Santa Elena (teniente coronel Lane) a 100 metros a retaguardia, con una conversión a la derecha, cubriría este flanco contra la columna que venía llegando desde Buenos Aires

“Habiendo llegado el Regimiento 71 al centro de las eminencias en muy buen orden, seguido por el Batallón de Marina, el enemigo no quiso esperar que se acercase más, sino que se retiró del frente de la altura, ganada la cual por nuestras tropas y comenzado el fuego de los fusiles, aquél huyó con precipitación, dejándonos cuatro piezas de tren y un tambor”

Para saber como había llegado la columna del coronel Elía, utilizaremos las memorias de Pedro A. Cerviño. Cuando la columna se aproximaba a la Reducción, se observó el avance del enemigo a través del bañado y el fuego de artillería que el subinspector Arce había ordenado abrir sobre los británicos; “lo que visto por nuestro Coronel – narra Cerviño – mandó acelerar el paso del Tren y de la tropa, y como a proporción que ésta se aproximaba notaba la formación enemiga, que presentaba a nuestra columna todo el costado derecho de la suya, hizo alto y mandó por un portaestandarte prevenir al Sub Inspector que si le parecía que con su gente en batalla y con el auxilio de los tres cañones del Tren los atacase por el que le presentaban, para distraerle o llamar su atención a dos puntos. Mientras logró su respuesta, se hicieron reconocer las armas, que consistían en espadas y pistolas, de éstas las más estaban sin piedra por el desorden y precipitación con que se les hizo su entrega, y las demás o todas las que carecían de este defecto, tenían el de que las balas de los cuatro cartuchos por individuo no venían de modo alguno al cañón de la pistola”
La respuesta del coronel Arze fue decepcionante, la columna de Elía simplemente debía prolongar la izquierda de las tropas desplegadas en batalla
Mientras daba cumplimiento a esta orden y las tropas de refuerzo formadas en batalla y con sable en mano trataban de alinearse con las anteriores, el coronel Arze ordenó el toque de retirada. Beresford había ordenado atacar a la bayoneta, orden que fue cumplida con gritos atronadores por parte de los hombres del 71º. Ante el ímpetu del avance de los escoceses, los blandengues hicieron entonces una conversión sobre su izquierda y, para substraerse al fuego del enemigo, atropellaron a las tropas del coronel Elía, introduciendo la confusión y el pánico en toda la línea española. Los milicianos no tardaron en seguir el ejemplo, dándose a la fuga en el mayor desorden y dejando en poder del enemigo cinco piezas de artillería
Con grandes dificultades pudieron los jefes reunir la mayor parte de su gente en la altura situada a unos tres kilómetros del campo de la acción, donde, al no verse perseguidos, se detuvieron para reorganizarse

“Contenidas, aunque a la larga distancia, las dos terceras partes de mi tropa, di inmediatamente parte al Virrey de lo ocurrido por medio de un Ayudante, que repetí a poco rato con otro con circunstanciada noticia del número de los prófugos; y manteniéndome a la vista de los enemigos, recibí en contestación la orden de retirarme a Barracas, separando su puente, y en donde debería esperar sucesivas prevenciones”

Dueño del terreno abandonado por el enemigo, el general Beresford detuvo allí a las tropas durante dos horas, tanto para darles un descanso, como para permitir que la artillería pudiese ser sacada del pantano Esto último se logró por la pronta intervención del capitán Donelly, de la fragata Narcissus, quien de propia iniciativa desembarcara con algunos marineros para rescatarlas. Reorganizada su columna, el general Beresford se puso en marcha en dirección al puente de Gálvez (que según datos obtenidos distaba ocho millas), procurando apresurar su llegada al Riachuelo con el fin de impedir que el enemigo pudiese destruir el puente. Y de esa manera, tener el camino abierto hacia la capital del Virreinato, Buenos Aires

Fuentes: Archivo General de la República Argentina; segunda serie; tomo XII, p 25) / www . granaderos.com.ar / Calise, Manuel Juan. La Reconquista y Defensa de Buenos Aires, 1806-1870. Editores Peuser, Buenos Aires, 1947 / Gillespie, Alexander. Buenos Aires y el interior (Gleanings and Remarks Collected During many Months of Residence at Buenos Ayres and Within the Upper Country). Hyspamérica, Buenos Aires, 1986.
http://www.fotolog.com/ejercitonacional

http://www.facebook.com/EJERCITO.NACIONAL.ARG

ANIVERSARIO DEL COMBATE DE QUILMES

Al amanecer del día 26 el coronel Arze – con el cargo de SubInspector - comprobó que el enemigo, “en número de dos mil hombres y seis cañones de a 8”, se hallaba “a la orilla opuesta de un bañado o pantano, que todos los prácticos del país aseguraban impracticable su tránsito”.
A pesar de esta relativa seguridad, de la dominante posición que sus tropas ocupaban y del aumento de su pequeña fuerza con los ciento cincuenta hombres del coronel de la Quintana, Arze estimó necesario hacer acudir en su apoyo la reserva que, según la comunicación del virrey recibida en la noche, se encontraba en el Puente de Gálvez esperando sus órdenes.

A tal fin envió la siguiente orden al coronel de Elía:
“Inmediatamente póngase V. S. en marcha a incorporarse conmigo, en donde me encuentre, por el camino carril de los Quilmes, con el Tren volante, y pasando aviso al Capitán Dn. Florencio Terrada para que haga lo mismo, pues tenemos los enemigos a la vista y es conforme a lo dispuesto por el Exmo. Señor Virrey.”

Recibida esa orden a las ocho y media de la mañana, el coronel de Elía se apresuró a darle cumplimiento, mandando aviso al capitán Terrada – que se encontraba en la quinta Marull, al sur del riachuelo - de que se le incorporase con su compañía y comunicando al virrey la orden recibida y su correspondiente ejecución.
La reserva que a las órdenes del coronel de Elía iba a marchar de Puente de Gálvez a los Quilmes, se componía de las siguientes tropas:

160 hombres del Regimiento de Voluntarios de Caballería de Buenos Aires

100 hombres de la Compañía montada del Batallón de Voluntarios de Infantería.
División de Tren volante (capitán Vereterra); Dos cañones y un obús.

Formado el destacamento, el coronel de Elía se puso en marcha hacia la Reducción (Quilmes), al paso, pues consideraciones de diverso orden impedían una marcha más rápida. “Los caminos estaban algo pesados por la fuerte lluvia de la noche del 25, que se hacen más sensibles en los terrenos de bañados por donde transitamos”. Además, era necesario considerar que hacía treinta horas que los caballos estaban ensillados y sin comer; y en el deseo de apresurar la marcha, no era aconsejable llegar al lugar del combate con los caballos completamente agotados. Por último, parece que aquel aire de marcha había sido determinado en la orden general de la plaza, dictada el día anterior a mediodía, posiblemente en atención al estado general del ganado y a la falta de caballadas de reserva
El orden de marcha del destacamento del coronel de Elía era el siguiente: A vanguardia una patrulla exploradora de 25 hombres, al mando del alférez Juan Ignacio Terrada, con la misión de “descubrir bañados y caminos, así como para dar parte de cualquier ocurrencia que hubiese, a fin de que la artillería no sufriese demora ni tropiezo algunos en la marcha”. A una distancia prudencial iban las piezas del capitán Vereterra, seguidas por el Regimiento de Voluntarios de Caballería. Cerraba la marcha la compañía del capitán Juan Florencio Terrada.
En este orden el destacamento llegó sin mayores tropiezos a las inmediaciones de la Reducción en momentos en que el combate se había iniciado

“Eran las once de la mañana del 26 y aun había podido moverme de mi posición primera, pudiendo el enemigo desde la suya haber contado uno por uno los hombres que yo tenía”. Así comienza el mayor general Beresford su sintético relato del encuentro, con las fuerzas del coronel Arze y que consigna en su informe del 2 de julio al general Baird.

Agrega a continuación el jefe de la columna inglesa: “Él – refiriéndose al enemigo – se hallaba colocado a lo largo del frente de una loma en que se encuentra el pueblo de Reducción, que cubría su flanco derecho, consistiendo su fuerza principalmente en caballería (he sido después informado de que eran dos mil), con ocho piezas de Tren volante. La naturaleza del terreno era tal, que me hallé en la necesidad de avanzar directamente a su frente y de extender mi línea tanto como podía igual a la suya. Formé todas las tropas en una línea, excepto la infantería de Santa Elena, que constaba de ciento cincuenta hombres, los cuales formaron a 130 yardas a retaguardia con dos piezas de tren, con orden de hacer rente a la derecha o a la izquierda, y al mismo tiempo a nuestros costados si fuesen amenazados por su caballería. Yo tenía dos cañones de a 6 en cada costado y dos obuses en el centro de la primera línea. En este orden avancé contra el enemigo...”

No es posible formarse una idea cierta y exacta de cómo debió librarse el combate entre las tropas de Beresford y las del coronel Arze. En su obra, Beverina trata de esbozar una descripción aproximada, utilizando fragmentariamente los datos de diferentes testigos presénciales, como el cap. Gillespie del Regto. 71° y el de Pedro Antonio Cerviño que formaba parte de la columna del coronel Elía. A este respecto comenta Beverina: Las relaciones de estos dos actores principales y las de algunos testigos presénciales (Gillespie, Cerviño), omiten detalles imprescindibles, o los que consigan ofrecen discordancia.

Desde el momento de su llegada en la tarde anterior al pequeño pueblo de Reducción, el coronel Arze había ocupado con sus tropas una altura dominante, situada a cuatro kilómetros de la playa en la cual desembarcado el enemigo.
En la mañana del 26 la fuerza del coronel Arze “estaba formada en el extremo de un verde y profundo bañado y sobre una llanura elegida, que semejante al banco empinado de un río se elevaba rápidamente muchas yardas sobre nuestro nivel. Nada más adecuado para una posición defensiva”
El coronel Arce consciente que dadas la inferioridad y la menor eficacia táctica de sus tropas y, asimismo, las características del terreno a su frente – inadecuado para la acción de la caballería -, resolvió esperar el ataque del enemigo en la posición en que se hallaba, confiando en desordenar sus filas durante el avance a través del bañado mediante el fuego de artillería, para atacarlo después si las circunstancias resultaban favorables. La formación que dio a sus tropas fue en dos líneas, ocupando la primera los blandengues, en dos filas y desplegados en batalla; a treinta pasos a retaguardia y también en dos filas, los milicianos, cuyo costado izquierdo sobresalía del de los blandengues. En el costado derecho de la primera línea fueron emplazadas tres piezas
Saliendo de la playa en donde habían desembarcado y pasado la noche, “nuestras tropas – escribe Gillespie – formaron en dos columnas, y después de un movimiento de frente de ochocientas yardas – 730 metros -, desplegaron en línea de batalla. El Regimiento 71 llevaba la derecha; el Batallón de Infantería de Marina, un poco a retaguardia de aquél, la izquierda; y el Cuerpo de Santa Elena, doscientos pasos atrás, formaba la reserva”.
Grandes dificultades tuvieron que vencer los ingleses para atravesar el bañado de 2 km de extensión; los cañones, que eran arrastrados a mano por la marinería, debieron ser abandonados por haberse atascado. Además, la artillería enemiga abrió el fuego con alguna eficacia, especialmente en sus primeros disparos. Por último, una columna - Elía - de caballería española, proveniente de Buenos Aires, amenazaba su flanco derecho
A pesar de estos contratiempos, en particular, de la inutilización de su artillería, Beresford no detuvo su avance. A las 11,00 hs. el Regimiento 71(teniente coronel Pack) al sonido de sus gaitas, recibió la orden de avanzar sobre la altura de la Reducción para desalojar de allí enemigo; el Batallón de Infantería de Marina (capitán King) seguiría a su retaguardia, ya para sostenerlo directamente, ya para prolongar cualquiera de las alas; la infantería de Santa Elena (teniente coronel Lane) a 100 metros a retaguardia, con una conversión a la derecha, cubriría este flanco contra la columna que venía llegando desde Buenos Aires

“Habiendo llegado el Regimiento 71 al centro de las eminencias en muy buen orden, seguido por el Batallón de Marina, el enemigo no quiso esperar que se acercase más, sino que se retiró del frente de la altura, ganada la cual por nuestras tropas y comenzado el fuego de los fusiles, aquél huyó con precipitación, dejándonos cuatro piezas de tren y un tambor”

Para saber como había llegado la columna del coronel Elía, utilizaremos las memorias de Pedro A. Cerviño. Cuando la columna se aproximaba a la Reducción, se observó el avance del enemigo a través del bañado y el fuego de artillería que el subinspector Arce había ordenado abrir sobre los británicos; “lo que visto por nuestro Coronel – narra Cerviño – mandó acelerar el paso del Tren y de la tropa, y como a proporción que ésta se aproximaba notaba la formación enemiga, que presentaba a nuestra columna todo el costado derecho de la suya, hizo alto y mandó por un portaestandarte prevenir al Sub Inspector que si le parecía que con su gente en batalla y con el auxilio de los tres cañones del Tren los atacase por el que le presentaban, para distraerle o llamar su atención a dos puntos. Mientras logró su respuesta, se hicieron reconocer las armas, que consistían en espadas y pistolas, de éstas las más estaban sin piedra por el desorden y precipitación con que se les hizo su entrega, y las demás o todas las que carecían de este defecto, tenían el de que las balas de los cuatro cartuchos por individuo no venían de modo alguno al cañón de la pistola”
La respuesta del coronel Arze fue decepcionante, la columna de Elía simplemente debía prolongar la izquierda de las tropas desplegadas en batalla
Mientras daba cumplimiento a esta orden y las tropas de refuerzo formadas en batalla y con sable en mano trataban de alinearse con las anteriores, el coronel Arze ordenó el toque de retirada. Beresford había ordenado atacar a la bayoneta, orden que fue cumplida con gritos atronadores por parte de los hombres del 71º. Ante el ímpetu del avance de los escoceses, los blandengues hicieron entonces una conversión sobre su izquierda y, para substraerse al fuego del enemigo, atropellaron a las tropas del coronel Elía, introduciendo la confusión y el pánico en toda la línea española. Los milicianos no tardaron en seguir el ejemplo, dándose a la fuga en el mayor desorden y dejando en poder del enemigo cinco piezas de artillería
Con grandes dificultades pudieron los jefes reunir la mayor parte de su gente en la altura situada a unos tres kilómetros del campo de la acción, donde, al no verse perseguidos, se detuvieron para reorganizarse

“Contenidas, aunque a la larga distancia, las dos terceras partes de mi tropa, di inmediatamente parte al Virrey de lo ocurrido por medio de un Ayudante, que repetí a poco rato con otro con circunstanciada noticia del número de los prófugos; y manteniéndome a la vista de los enemigos, recibí en contestación la orden de retirarme a Barracas, separando su puente, y en donde debería esperar sucesivas prevenciones”

Dueño del terreno abandonado por el enemigo, el general Beresford detuvo allí a las tropas durante dos horas, tanto para darles un descanso, como para permitir que la artillería pudiese ser sacada del pantano Esto último se logró por la pronta intervención del capitán Donelly, de la fragata Narcissus, quien de propia iniciativa desembarcara con algunos marineros para rescatarlas. Reorganizada su columna, el general Beresford se puso en marcha en dirección al puente de Gálvez (que según datos obtenidos distaba ocho millas), procurando apresurar su llegada al Riachuelo con el fin de impedir que el enemigo pudiese destruir el puente. Y de esa manera, tener el camino abierto hacia la capital del Virreinato, Buenos Aires

Fuentes: Archivo General de la República Argentina; segunda serie; tomo XII, p 25) / www . granaderos.com.ar / Calise, Manuel Juan. La Reconquista y Defensa de Buenos Aires, 1806-1870. Editores Peuser, Buenos Aires, 1947 / Gillespie, Alexander. Buenos Aires y el interior (Gleanings and Remarks Collected During many Months of Residence at Buenos Ayres and Within the Upper Country). Hyspamérica, Buenos Aires, 1986.
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martes, 25 de junio de 2013

ANIVERSARIO DEL DESEMBARCO BRITÁNICO EN QUILMES

En la mañana del 25 de Junio de 1806, frente a Buenos Aires, siendo las 11 de la mañana los ingleses, después de recorrer la costa en busca del mejor lugar, empiezan el desembarco en Quilmes. Son veinte botes que van y vienen con soldados uniformados de rojo, cañones, caballos, arreos, pólvora, que depositan trabajosamente en la playa bajo una llovizna fría; un bañado los separa de la barranca. Desde allí un sargento de artillería española con cinco hombres y una de las piezas encargadas de las señales dispara el cañonazo de alarma, conforme a lo convenido, y permanece firme. Tal vez los ingleses creen que hay más tropas ocultas en los espinillos, pues se quedan en la playa, calados y ateridos. Hasta el anochecer dura el desembarco de los 1.635 hombres, con sus implementos.
Arze llega a mediodía a Quilmes con 400 milicianos elegidos entre los más dispuestos y mejor montados, a los que ha agregado cien blandengues, dos cañoncitos de a 4 y un obús de a 6. Toma posición en las barrancas junto al sargento del cañón y no hace nada, nada, en toda la tarde. Mirar, nada más. Los milicianos y blandengues desean cargarse al grupo de ateridos ingleses, que se va engrosando cada vez más, pero el subinspector sólo quiere obrar sobre seguro. Manda pedir refuerzos; y mientras vienen, seguirá esperando.
Llega la noticia del desembarco a Buenos Aires. Sobremonte manda tocar generala a las dos y media de la tarde, y la multitud vuelve a congregarse en la plaza; los milicianos reclaman armas, pero el virrey no se atreve a armar a las milicias, dirá más tarde el cabildo en su informe. Se limita a distribuirlas, desarmadas, en compañías al mando de algunos oficiales veteranos. Sólo más tarde les dará una carabina con cuatro tiros a los de caballería.
"Se tocó la alarma general" dirá Belgrano en su Autobiografía "y conducido del honor volé a la Fortaleza, punto de reunión: allí no había orden ni concierto en cosa alguna como debía suceder en grupos de hombres ignorantes de toda disciplina y sin subordinación alguna. Allí se formaron las compañías y yo fui agregado a una de ellas, avergonzado de ignorar hasta los rudimentos más triviales de la milicia".
Sobremonte ordena que la caballería vaya al puente de Gálvez (hoy puente Pueyrredón) donde atraviesa el Riachuelo el camino del sur: son 129 hombres de a caballo, la mitad mal armados. El resto de las milicias debe concentrarse en sus cuarteles, a la espera de armas y órdenes. El virrey revista los 129 del puente, a quienes agrega un tren volante de artillería; luego vuelve a la Fortaleza a disponer se saquen los caudales para el interior, conforme a lo previsto, con una escolta de cien blandengues. Como ha cumplido su deber, se va otra vez a dormir.
Fuente: www. lagazeta.com.ar
 
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lunes, 24 de junio de 2013

EL PATRIOTISMO DE UN SOLDADO



Encontrabanse el que después fuera General, y entonces Mayor Ignacio Garmendia, en la memorable tarde del asalto de Curupaity, en las cercanías del campamento argentino, cuando vió pasar a Sarmiento, el hijo del gran luchador, conducido, herido, por cuatro soldados, y seguidamente a Francisco Paz, vástago del vicepresidente de la República Coronel Marcos Paz, que tuvo que sobreponerse al luto de su hogar para hacer frente al duelo público.
Tras éstos y otros caidos ilústres, vio pasar a un amigo Martín Viñales, destilando sangre por una hemorragia inextinguible, que se escapaba de tres heridas mortales.
Estuperfacto, dolorosamente sorpendido, Garmendia, sin saber lo que hacía ni lo que se hablaba, se acercó a la camilla en que agonizaba su amigo, y le preguntó, casi inconsciente:
- ¿Estas herido?
- No es nada – contestó el moribundo con encortada voz, pero sereno, - no es nada, un brazo menos. La patria merecía mucho mas; y sus ojos, entristecidos, se fijaron piadosamente sobre el inanimado cuerpo del intrépido Alejandro Diaz, retirado yerto del campo de batalla por alguno de sus fieles camaradas.
Fuente: Compilación de Anécdotas Militares, Subteniente Juan Carlos Cordoni, Bs. As. 1936.

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domingo, 23 de junio de 2013

ANIVERSARIO DE LA TOMA DE LA CIUDAD DE MONTEVIDEO

El día 23 de junio de 1814 se produce la toma de la ciudad de Montevideo por el General Carlos María de Alvear. Además de obtener un muy importante arsenal en tierra firma, captura 99 buques mercantes y de guerra y 8 banderas, entre ellas las de los regimientos de infantería Lorca, América, Provincia, Albuera y Madrid, además de miles de prisioneros. Con la ocupación de la ciudad cayó el último baluarte español en el Río de la Plata.
El Ejército Argentino a órdenes del general Rondeau sitió Montevideo desde octubre de 1812, pero dos años más tarde seguía resistiendo el asedio por el continuo flujo de aprovisionamientos que recibían por el puerto.
La estrategia naval fue cortar con es suministro. Entonces, el almirante Brown zarpó con de nueve naves armadas con 147 cañones decidido a enfrentar a los españoles, que zarparon de Montevideo el 14 de mayo a bordo de 11 buques con 155 cañones, para hacer frente a las naves argentinas. 
El plan de Brown fue simular que se retiraba mar afuera para que los realistas fueran en su persecución, luego cambiar de rumbo para interponerse entre la fuerza española y Montevideo y por último presentar batalla.
Las acciones se sucedieron entre los días 15 y 17. Este último día, la fragata "Hércules", buque insignia del almirante, penetró en aguas de Montevideo persiguiendo a los buques enemigos. Dos de ellos buscaron refugio al amparo de la Fortaleza del Cerro y otras tres naves se ubicaron bajo los muros de la ciudad.
La fuerza naval española abandonó la lucha y Brown impuso desde entonces un cerrado bloqueo a aquel puerto que derivó en la rendición de la plaza de Montevideo, el 23 de junio de 1814, a manos del Ejército Argentino a órdenes del general Carlos María de Alvear.
Buenos Aires conoció la buena nueva por intermedio del teniente Lázaro Roncayo, oficial de la sumaca "Itatí" que Brown comisionó para enviar el parte. 
El pueblo manifestó su profundo júbilo llevando al marino de la escuadra vencedora en andas hasta el fuerte.
Tras la victoria de Montevideo y una vez consolidada la independencia en 1816, la Armada Argentina comenzó a desarrollar su misión.

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sábado, 22 de junio de 2013

ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL GENERAL RUDECINDO ALVARADO

Nacido en Salta, recibió su bautismo de fuego en el combate de Huaqui. Como guerrero de la independencia, participó de combates y batallas durante toda su extensión. Alcanzó los grados de Mariscal de Campo de Chile, Gran Mariscal del Perú y Brigadier General argentino. En la Batalla de Maipú rindió al Regimiento Real Burgos, de muy exitosa actuación en la Guerra de la Península. Fue gobernador de la fortaleza del Callao durante la revuelta de los prisioneros realistas y hecho prisionero y liberado después de la victoria decisiva de Ayacucho. En 1831, fue gobernador de Salta.

Nacido en Salta el 1 de marzo de 1792. Hijo de un comerciante español, Don Francisco de Alvarado y Doña Luisa Pastora Toledo y Pimentel de Alba, se educó en su ciudad natal. Estudió derecho en la Universidad de Córdoba, debió abandonar demasiado pronto por la muerte de su padre que lo puso al frente del hogar debiendo convertirse en comerciante en defensa de la integridad familiar pero a la muerte de su padre se dedicó al comercio. Con ese motivo viajaba continuamente a Buenos Aires procurando afianzar el comercio heredado, razón por la que se encontró allí en la semana de mayo de 1810.

Estaba en Buenos Aires cuando se produjo la Revolución de Mayo. Se unió al Ejército del Norte, pero no hizo la primera campaña al Alto Perú.

En 1812 participó en la batalla de Tucumán y, al año siguiente, en la de Salta, en ambas ocasiones a las órdenes del general Manuel Belgrano. Formó parte de la escolta de Juan Martín de Pueyrredón. Con José Rondeau se batió en Sipe Sipe. En agosto de 1816, junto a San Martín atravesó los Andes.

En 1818 se distinguió en Chacabuco; mandando el ala izquierda del Ejército que aseguró la independencia chilena, obligó al famoso regimiento de Burgos a rendirse por vez primera en Maipú. Su sereno coraje ante el desastre de Cancha Rayada salvó a gran parte del ejército. Creó la campaña al sur de Chile, para luego retornar a Mendoza para descansar sus tropas y obtener nuevos reclutas. Intrépidamente recruzó los Andes hacia Chile. Organizo un ejército para la futura empresa de San Martín en el Perú, en prevención de que sus tropas se contagiaran de los motines de Cuyo.

En 1820 pasó a ser comandante del famoso regimiento de granaderos a caballo. En el Perú operó junto a Tomás Guido representando a San Martín en las reuniones previas a las negociaciones de Punchauca.

Fue jefe del Estado Mayor de San Martín cuando Lima fue ocupada. Permaneció al frente del ejército unido tras la renuncia y partida de San Martín del Perú.

En octubre de 1822 emprendió la previamente planeada expedición de los puertos intermedios peruanos, con desastrosos resultados; sin embargo, tanto el gobierno peruano como Bolívar, lo excusaron. Nombrado gobernador del Callao, hubo de hacer frente a una rebelión de la guarnición, que lo retuvo prisionero hasta después de la batalla de Ayacucho (1824).

Fue remitido a los españoles, se fugó, junto con otros prisioneros patriotas, al conocer las noticias sobre la victoria de Sucre en Ayacucho, para levantar a los bolivianos contra los realistas que quedaban. A su retorno a Lima, ya ganada la independencia, Alvarado recibió de Bolívar los más altos honores, incluyendo el grado de gran mariscal del Perú. Vuelto a la Argentina, Alvarado obtuvo distinciones y cargos, pero pronto comenzó su oposición a Rosas y a los caudillos locales.

En 1831 Quiroga lo obligó a exiliarse mientras era gobernador de Salta. En 1848 regresó, a su provincia natal con permiso especial de Rosas. Después de Caseros reanudó su vida pública. En 1854 fue nombrado ministro de la Guerra en el gobierno de Justo José de Urquiza (1853-1860), conforme a la nueva Constitución de 1853.

Renunció para reasumir la gobernación de su provincia. Hasta sus últimos días. Murió en Salta el 22 de junio de 1872.


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viernes, 21 de junio de 2013

ANIVERSARIO DE LA BATALLA DE HUAQUI

Luego del triunfo de Suipacha, del 7 de noviembre de 1810, las fuerzas de Buenos Aires habían cumplido el objetivo estratégico de ocupar ciertamente el Alto Perú. Pero, el interrogante que se planteaba ahora era saber qué hacer con este triunfo. Castelli, a diferencia de Moreno, no creía que la Patria terminara en el Desaguadero. José María Rosa nos transmite las angustiosas palabras de Castelli al respecto:

“…que la gloria emprendedora de la capital se sentará en el virreinato de Lima para confundir el orgullo de sus habitantes… estimo muy importante y necesario que nuestras armas se adelanten al Desaguadero… no conviene dejar enfriar el calor de nuestra gente… Estamos muy cerca, y nada falta para realizarlo sino la resolución de V. E. …”.

Pero Castelli debe atenerse a las “Instrucciones” ordenadas desde Buenos Aires. El “terror” cobra las vidas de Córdova, Nieto y Paula Sanz. Asimismo, el ejército es muy bien recibido en Potosí, Charcas y en La Paz. Finalmente se dirige a Laja, junto al Desaguadero. Ahí debe contentarse con observar pasivamente cómo Goyeneche prepara las fuerzas peruanas. El grave error estratégico estaba sellado… Sin embargo hemos de destacar que otro error cometido por la Junta porteña es haber nombrado jefe militar operativo al Dr. Juan José Castelli. Dice Bassi:

“Los patriotas continuaron en el campamento de Huaqui, como en el de la Laja, descuidando la instrucción y disciplina de las tropas y llevando una vida irregular bajo el amparo de Castelli. En medio de este desorden, agentes del enemigo entraban con facilidad en el campamento, llevando al comando español toda clase de informaciones respecto a lo que hacían y proyectaban los patriotas”.

Según parece Castelli pasó por alto groseramente los comentarios de Santo Tomás de Aquino, quien en su “Summa Teológica”, Parte II, Sección II, cuestión, advertía sobre la ocultación de los planes de guerra.
Más aún, entre los patriotas se habían formado dos bandos: uno de ellos respondía a Castelli y Balcarce y el otro a Viamonte, quien a su vez contaba con el apoyo del gobierno.
El 16 de Mayo de 1811, se había firmado el “armisticio del Desaguadero”, un notorio fiasco pues sólo consiguió darle el tiempo suficiente a Goyeneche para preparar la contraofensiva. Sumados los siguientes elementos nada desdeñables: el ejército patriota indisciplinado y con el comando dividido en facciones. El ejército realista, en cambio, contaba con unidad de comando y era férreamente disciplinado, faena a la que se había dedicado con ahínco Goyeneche en esos meses de aparente inactividad. El germen de la derrota ya estaba sembrado según Bassi.
La mañana del día 19, los revolucionarios habían localizado sus fuerzas en Huaqui, Caza y Machaca y echado un puente sobre el río Desaguadero haciendo pasar una columna de 1.200 hombres con la excusa de evitar que continuasen las acciones de saqueo llevadas adelante por fuerzas realistas que cruzaban el río Desaguadero en busca de víveres, debido a que el paso no se hallaba guarnecido. Sin embargo, con este plan pretendían distraer las fuerzas de Goyeneche por el frente y flanco derecho mientras rodeaban a los realistas por la espalda mediante la comunicación establecida con este nuevo puente.
En esta situación de violación del armisticio por los patriotas y franco peligro para todas sus tropas al verse rodeado por todos los flancos, el general Goyeneche determinó el ataque directo con todo su ejército. A las 3 de la mañana del 20 de junio ordenó a los coroneles Juan Ramírez (con los batallones de los beneméritos), Pablo Astete, tenientes coroneles Luis Astete y Mariano Lechuga (con 350 efectivos de caballería y cuatro cañones) que atacaran Caza, que es una quebrada sobre el camino de Machaca con comunicación a Huaqui, mientras él se dirigía a la toma de Huaqui con los coroneles Francisco Picoaga y Fermín Piérola al mando de 300 efectivos de caballería, 40 miembros de su guardia y 6 piezas de artillería.
Al amanecer las alturas de los cerros que las tropas españolas debían conquistar estaban tomadas por gran número de independentistas, caballería y fusileros que hacían fuego sobre los españoles con acompañamiento de granadas y hondas. Sin embargo el ejército realista les puso en fuga en pocas horas.
Cuando las tropas independentistas tuvieron noticia de la aproximación de Goyeneche a Huaqui, salieron de dicha población Castelli, Balcarce y Montes de Oca al mando de 15 piezas de artillería y 2.000 hombres tomando una posición sobre el camino a Huaqui casi inexpugnable entre la laguna y los montes superiores.
Goyeneche ordenó el avance introduciéndose bajo fuego enemigo sin contestar con un fusilazo mientras el batallón del coronel Picoaga rompía el fuego, contestado por los independentistas con enorme energía. Como las tropas independentistas, al reconocer al general Goyeneche, dirigían su fuego contra él, ordenó a uno de sus edecanes que transmitiera la orden de atacar al flanco derecho de su ejército, mantuvo cubierto el camino con el batallón de Piérola y destacó tres compañías para que avanzasen dispersas por el frente mientras él, con el resto de tropa en columna atacaba por la izquierda.
La caballería argentina trató de detener el empuje pero fue arrollada y huyó, junto a todo el ejército rebelde, hacia Huaqui. Goyeneche dio orden de perseguirlos y consiguió tomar el pueblo. El coronel Ramírez comunicó poco después la victoria en Caza.
La batalla terminó en la desbandada de las tropas argentinas, con el saldo para éstas de más de mil hombres perdidos y abandono de numeroso parque y de artillería. En precipitada retirada, se refugiaron en Potosí y luego en la ciudad de Jujuy. Dice Sierra respecto a la huida:

“El desbande del ejército patriota se efectuó en el mayor desorden en todas direcciones y cometiendo toda clase de depredaciones. Castelli, Balcarce y Monteagudo pasaron la noche del veinte en Laja, de donde siguieron a Sicasica, a donde no pudieron entrar por estar alzada. Refiere Bolaños que cuando llegó a ese pueblo, a las doce de la noche, encontró en la plaza a unos quinientos hombres de tropa, que embriagados descerrajaban las puertas e insultando de todos modos al vecindario. (…). El ejército patriota se desbandó completamente. Los soldados oriundos de Salta, Santiago del Estero, Tucumán y Córdoba abandonaron las columnas llevados por el pánico de la persecución, viéndose alejados de sus lugares nativos en provincias que les eran extrañas (…). Hecho triste la retirada. En su huida los soldados cometieron robos, asesinatos, incendios, siendo atacados por los naturales”.

Días después, Castelli achacaría el desastre a la infantería de La Paz, que se desarticuló casi de inmediato, dejando a Viamonte desguarnecido, entre otras excusas. Goyeneche iría por los caudales de Potosí, pero la rápida acción de Juan Martín de Pueyrredón los salvo, remitiéndolos a Salta.
Las bajas patriotas fueron más de mil hombres perdidos y abandono de numeroso parque y de artillería
Según Goyeneche: Después de tres horas de combate -casi al anochecer- los revolucionarios se dispersaron aprovechando las escabrosidades del terreno. Una fuente realista afirma que los altoperuanos en su retirada dejaron “seiscientos muertos en el campo, haciéndoles Goyeneche setenta prisioneros y cogiéndole ocho cañones (…) y una bandera”.
Por su parte, los realistas tuvieron quince muertos, siete prisioneros y un oficial contuso según lo que afirma Goyeneche. A nuestro juicio, parece que las cifras asignadas a revolucionarios y realistas, son exageradas -las primeras en más y las segundas menos- ya que, más de tres horas de combate donde se llegó al arma blanca no pueden dar una diferencia de bajas tan dispar, nada menos que quince contra seiscientos, vale decir una proporción de uno a cuarenta.

Algunas consideraciones
¿Por qué la magnitud de esta derrota? A priori, volvemos sobre lo citado más arriba, vale decir, la carencia de una unidad de comando efectiva que mantuviera organizado al ejército al unísono cual orquesta sinfónica. ¿Disidencias entre los mandos intermedios? ¿Tropas multitudinarias pero indisciplinadas? ¿Inactividad de Viamonte? ¿La ausencia del comandante en jefe en el campo de batalla? Para el académico de la Historia César García Belsunce fue principalmente la indisciplina de la soldadesca: “a tal punto que el ejército se evaporó después de la batalla”

Análisis político de la batalla
El historiador de larga duración, como diría la Escuela de los Annales, puede ver claramente la magnitud del desastre y el daño político causado ante el colapso de esta primera expedición al Alto Perú. La pérdida definitiva de estas antiguas provincias del Virreinato del Río de la Plata era casi inevitable. Bassi es más atrevido aún y manifiesta tranquilamente que la posterior privación de la Banda Oriental está vinculada con Huaqui en el norte. La revolución quedaba con un frente de batalla en situación inerme, pues los realistas bien podrían haber descendido hacia Salta y Tucumán y de ahí a Córdoba y quizás hasta Buenos Aires. Dada la exigüidad de los efectivos de la Revolución y ante la necesidad de disponer de fuerzas que fueran la base de la resistencia en orden de salvarla, Buenos Aires dispone el retiro del ejército sitiador de Montevideo. El frente político interno se desplomó y la Junta debió por sí misma cambiar de forma de gobierno en la forma de un triunvirato. Nacía el Primer Triunvirato, más, la Junta se mantiene como órgano moderador bajo el nombre de “Junta conservadora”. El camino del norte quedaba bloqueado definitivamente para las fuerzas revolucionarias. Sucesivas campañas militares tendrían éxitos engañosos que terminarían inexorablemente en derrotas, como verbigracia, Vilcapugio, Ayohuma o Sipe Sipe. Sólo la mente brillante estratégica del Libertador San Martín comprendería que el camino emancipador conducía hacia otro lado. Moralmente, la Revolución se hallaba en un momento de hondo dramatismo. El norte perdido, la expedición al Paraguay fracasada y las operaciones contra Montevideo suspendidas. Sumado a estos factores estructurales, debemos mencionar las conductas deplorables desde el comandante en jefe, Castelli y de sus subalternos hasta la tropa. Este y Balcarce casi son asesinados después de Huaqui en Oruro, calificados de impíos y herejes. Económicamente la campaña fue también un cataclismo, pues amén de los pertrechos perdidos (no pocos por cierto), debemos añadir los considerables tesoros que cayeron en manos de los “godos”, salvo algunos pocos rescatados por Pueyrredón.


Análisis militar
A diferencia del ejército español, se advertía una dualidad de comando, pues no era Balcarce quien se hallaba en la cúspide de mando, sino Castelli, quien no se desprende del mando militar en ningún momento, pese a que “no dio orden alguna durante la batalla”, hecho lo cual es inadmisible. Sin embargo, de facto, tuvo Balcarce que impartir las órdenes más acuciantes para el movimiento de tropa. Reparamos, ergo, en una especie de colegialidad impensable y aberrante en la cadena de mando que debe existir en la lógica militar, “(…) el ejército patriota no fue dirigido con unidad de concepción; los comandos de división procedieron sin concierto entre si y sin que la acción del único jefe militar se dejara sentir debida y oportunamente”. Fue inaceptable que tanto Castelli como Balcarce no tomaran medida disciplinaria alguna en referencia a la vida licenciosa del ejército. Una vez más subrayamos esto, pues sólo las divisiones de Viamonte y Díaz Vélez podrían ser consideradas aptas para combatir. El resto era una masa informe y tosca apenas armada con chuzas o lanzas. Aunque parezca casi absurdo, en el plan patriota, el objetivo principal no era el ejército enemigo, sino las alturas de Vila-Vila, un mero objetivo táctico geográfico que solamente reportaba una posición más ventajosa y que en razón del armisticio fue dejada en manos de los españoles por la ineptitud de Castelli. Dado el tiempo otorgado a Goyeneche, ¿Se estaba en condiciones de conquistar el Perú con apenas 2500 hombres frente a un enemigo más numeroso, adiestrado, disciplinado, ordenado? Ocupar Vila-Vila sería un objetivo táctico, que vislumbraría corregir el error cometido. Expulsando al enemigo de Vila-Vila, se evitaría que éste atacara por sorpresa a Huaqui. El plan de Castelli, sólo se hubiera coronado con éxito con un factor: la sorpresa. Pero ésta fue esquiva, al ocupar el enemigo las alturas de mentas. Ni bien se movieron las divisiones Viamonte y Díaz Vélez los realistas las advirtieron. También el “dispositivo de avance” fue improcedente, pues el ejército revolucionario se encontraba fragmentado, lo que permitió a los realistas “batirlos por partes”, además de no ocupar la quebrada que intercomunicaría a las columnas patriotas, causando ello la división irremisible de éstas. En lo concerniente a la “exploración”, podemos decir que fue ineficaz en ambos bandos. Ninguno de los ejércitos enviaron partidas de reconocimientos que son imprescindibles para proyectar cualquier ataque. Del lado godo, pese al éxito rotundo logrado, se comete el grave error de no buscar la persecución a fondo y aniquilamiento del adversario.

Para finalizar dejaremos a Bassi cerrar este breve escrito:
“El resultado de la batalla de Huaqui, no es sino la consecuencia a que siempre ha de estar expuesto un ejército poco disciplinado, mal instruido y sin una dirección única, capaz y decidida”.

Los historiadores civiles posteriores han coincidido plenamente con estas apreciaciones vertidas.

Fuentes:  Vai, Jorge; Maratea, Vladimiro y Turone, Oscar A. – Primera expedición libertadora al Alto Perú – Escuela Superior de Guerra – Buenos Aires (2010).

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